El desafío de retratar niños en una época de restricciones

La Ley Orgánica de Comunicación impone una restricción a la difusión de material que contenga imágenes de niños y adolescentes. Sin embargo, ellos son protagonistas de la historia contemporánea.



Diego Ortiz 01 Junio 2014

Un ejercicio simple: tomar una cámara y fotografiar 50 lugares de Quito. Parques, calles, plazas, centros de entretenimiento... lugares que forman parte de la cotidianidad de la ciudad. El resultado: 42 fotos en las que, sin ser protagonistas, los niños aparecen caminando, jugando, sonriendo o solamente sobreviviendo.

La Ley Orgánica de Comunicación del Ecuador establece nuevas medidas en el campo del fotoperiodismo. Entre estas se encuentra la prohibición de difundir material fotográfico de niños y adolescentes que se encuentren en situaciones de riesgo (algo que ya se planteaba en el Código de la Niñez y Adolescencia). Y más allá de constituir una medida para salvaguardar la integridad de esta población, esto plantea una problemática  en materia de construcción de la memoria histórica.

El último decenio fue testigo de fenómenos naturales como los tsunamis de Tailandia y Japón o el terremoto de Haití;  además, ha sido el espacio  para guerras como la de Siria. En ninguno de los casos se ha podido prescindir de fotografías de niños. Su enorme presencia en la actualidad (según Unicef hay alrededor de 2 100 millones, que representa el 36% de la población mundial) los convierte en  protagonistas de cualquier evento catastrófico. Frente a esto, la Ley Orgánica de Comunicación plantea algo casi imposible para el fotoperiodista. La normativa restringe, coarta la mirada de la realidad. Crea una generación sin rostro en los medios.

Desde sus orígenes, la fotografía ha consistido en aquel medio para (re) presentar y (re) pensar el tiempo. Ya en una reflexión sobre Vilém Flusser, filósofo especializado en estética de la imagen, el académico Tomás González  recuerda aquel carácter mágico de una fotografía. No solo es un medio para inmortalizar un momento y proyectarlo en la posteridad. En sus dos dimensiones están cifradas claves para entender la dinámica social.

Para ejemplificarlo, basta traer a la memoria la imagen de guerra que en junio de 1972 capturó Huynh Cong ‘Nick’ Ut. Aquí la protagonista es Phan Thi Kim Phúc, una niña de 9 años. Mientras grita “quema”, ella corre desnuda por un camino controlado por militares. En el ambiente, un olor a  napalm (gasolina gelatinosa) alertaba que su poblado había sido atacado unos minutos atrás. 

Pese a las restricciones editoriales de la época (en su momento, la agencia AP tenía políticas en contra de la desnudez), la fotografía fue difundida mundialmente. Con su aparición, el debate sobre la guerra de Vietnam alertó a las naciones del mundo a frenar con este horror. Una niña, una tragedia y una fotografía dieron revés a uno de los hechos más violentos que se vivió durante la segunda mitad del siglo XX.

Situaciones como esta se han repetido a lo largo de la historia de la fotografía: los niños en los campos de concentración nazi, los bebés muertos a causa de las bombas de Nagasaki e Hiroshima, o los pequeños huérfanos tras el gran terremoto de Pelileo de 1949.

Unos días atrás, en el mero ejercicio del oficio periodístico, un fotógrafo novato comentaba cuán dificultoso resulta eliminar a los niños de un cuadro. Para él, las restricciones que impone la Ley Orgánica de Comunicación no solo son un impedimento en un trabajo que depende de la naturalidad de una escena. De a poco, la actualidad fotodocumentada en los medios de comunicación se torna, en cierta medida, falsa. Ahora, quien está detrás de la cámara tiene como premisa no capturar el rostro de un infante, lo que conlleva a crear una imagen del mundo ‘parcializada’, donde los únicos motores sociales parecerían ser los adultos. El niño desaparece, y con esto toda una generación estará, en unos años, fuera del foco de los investigadores. 

Como nostálgica y fatalista puede tomarse una visión en la que prima la presencia de los niños en los periódicos o en la prensa audiovisual. De hecho, muchos afirman que con la aparición de las redes sociales se ha superado la primacía de los medios en la transmisión de la información. Pero es la volatilidad de los contenidos digitales, modificables y ‘eliminables’ en cualquier momento, lo que pone en duda su real veracidad en el momento de realizar una investigación. La idea del registro único, de la publicación que es difundida bajo los parámetros de la verificación y la revisión, dota relevancia a trabajos que escapan de la velocidad del Facebook o del Twitter, donde no importa qué se publica sino cuán rápido se lo hace.

Al revisar las imágenes ganadoras de las últimas cinco ediciones del World Press Photo, el reconocido concurso de fotoperiodismo, los rostros de los niños son los primeros en ser  premiados. ¿Existe morbo cuando se quiere entender a la contemporaneidad a través de las caras de niños muertos y sostenidos en los brazos de sus padres? Talvez sí, pero no se puede rechazar la idea de que este tipo de fotografías tiene mayor repercusión en la memoria colectiva. 

Tan rara como nefasta en la psique de las personas resulta la enfermedad denominada prosopagnosia. Esta impide al paciente el reconocimiento de su propio rostro y el de los otros. Andrea Naranjo sufre de esta enfermedad, y a sus 20 años le es imposible recordarse en su niñez. Constantemente se interroga sobre sus facciones, tratando de encontrar algo que la haga única. Al conversar con ella sobre cómo se maneja en la actualidad la imagen de los niños en los medios, teme que su enfermedad se propague inconscientemente entre las nuevas generaciones. Al escapar del lente de una cámara, se replica el olvido.

 

La revisión histórica es un puente para atar el pasado con el presente. Posiblemente, en el futuro no se hablará de los rostros infantiles que construyen nuestra contemporaneidad.

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