Vivir contenido descalifica la vida

Eduardo Larrea es un médico aficionado a las letras, que se toma el tiempo de conversar con sus pacientes. Es, además, alguien que no se compra el discurso de ‘lo sano’ y cree que ser feliz es muy saludable.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 31 Octubre 2015

Esta es una conversación contraindicada para los biempensantes. Porque Eduardo Larrea, un médico atípico -de los que puede dedicar tiempo a escuchar a un paciente, por ejemplo-, no dirá lo que se espera que un médico diga. Con su estupendo talante, Eduardo no se toma en serio esta obsesión por lo sano que al parecer gobierna el mundo y que esta semana vio reflejados todos sus terrores en la imagen de una lonja de tocino.

Si ya sabemos que vivir mata, ¿por qué nos es tan difícil asumir esa realidad?

Es una cosa difícil de aceptar a pesar de que la tenemos absolutamente reconocida como la única verdad inexorable. Lo que pasa es que funcionamos con el pensamiento a varios niveles… En el paeloencéfalo, que es la parte más antigua del encéfalo, nosotros tenemos un instinto primigenio que es el instinto de supervivencia. Si a eso le añades filosóficamente la autoconciencia de la existencia y la aceptación de que el yo tiene un final se establece una neurosis por una lucha entre el instinto de supervivencia y la conciencia del yo que no queremos que desaparezca.

¿Entonces esta negación está fuera de nuestro control?

Es una lucha un poco desigual, porque es entre el consciente y el inconsciente.

Esta neurosis, ¿se alivia si tenemos la idea de que estamos sanos? ¿Vivimos la ilusión de la no muerte cuando gozamos de buena salud? Claro. Tengo un buen ejemplo para eso. Tú sabes que cuando la persona ha estado en una fiesta y ha ingerido licor en exceso y está pasando las canutas con el chuchaqui, con una sensación de muerte inminente, se arrepiente y jura que nunca más va a beber, cosa que es mentira… Sin embargo, en esa circunstancia se siente culpable porque sabe que es responsable de la situación. Asimismo, una persona que hace gimnasia, que se cuida, que se hace los exámenes que le mandan a hacerse…

Que no come tocino.

Eso, que no come tocino (sonríe), que no come ‘cosas finas’, que no come espumillas de Turubamba, de esas que vienen en la lavacara enlozada, está cuidando el templo, es decir el cuerpo, y siente que está haciendo bien los deberes.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí habiendo consumido durante siglos carne?

Si es que la naturaleza encontraría tan nociva la carne, simple y llanamente nos hubiera vuelto herbívoros con cuatro panzas para poder destruir la celulosa y aprovechar la proteína de la hierba y de los vegetales. Es decir, seríamos unas vacas. Son alharacas que se hacen, como se hizo con el helicobácter pílori cuando lo asociaban directamente con el cáncer y vivimos aterrorizados con el cáncer, con el infarto… y buscando dietas disparatadas.

¿Recuerda cuándo y cómo comenzó esta obsesión por lo ‘saludable’?

Más o menos desde el siglo XVIII o XIX comienza a promoverse una vida sana, se promueve el ejercicio; ya se admira a la persona que tiene mejor presentación. Y esta cuestión de la apariencia es una manifestación física de que somos personas genéticamente buenas para procrear; ese es el trasfondo. Es entonces cuando se comienza a hacer culto de la salud y toda esa búsqueda.

¿Cómo se vivía esa fijación con estar sanos antes de las redes sociales?

No había obsesión. Se vivía de forma más simple, pero es que la vida era más saludable también. Porque era menos apurada, porque teníamos menos ansiedad por el consumo, porque era menos complicada, por lo menos para un grupo de personas. Había otro grupo que estaba totalmente marginado, viviendo una vida infrahumana. Si no fuera por monseñor Leonidas Proaño los indígenas de Chimborazo todavía estarían arrodillándose en la carretera para pedir limosna, morados, con una hipoxia perpetua.

¿A quiénes beneficia esta relación que tiene la sociedad actual con ‘lo sano’? 

Siempre hay varios grupos interesados. Por ejemplo, no es infrecuente o raro escuchar que es pésimo tomar aspartame; te decían que su uso te idiotizaba. Y venía otro edulcorante que lo reemplazaba, y luego otro y así. Según mis cuentas, por lo que yo he tomado de aspartame o de colas ‘light’ debería ser una parkinsoniano, un esclerótico múltiple o algo así.

¿El mercado es el que, de una u otra manera, se termina beneficiando?

El mercado, sí.

¿De qué nos sirve estar sanos si vivimos la mayor parte del tiempo conteniendo el deseo?

Eso produce angustia, neurosis y frustración. Eso ya descalifica la vida.

Y además eso no es estar sano, ¿no? Ya no, porque el concepto de salud sacado en 1963 por la Organización Mundial de la Salud es que un individuo tenga bienestar físico, psicológico y también social.

¿Cómo sería una sociedad regida por la tiranía de lo saludable?

Sería un mundo de obsesionados, neuróticos, vacíos y frívolos, posiblemente. O por lo menos, muy angustiados y poco felices.

Horrible.

Es que es horrible. Vivimos de paranoia en paranoia.

¿Cuál es su recomendación para procesar la información que sale cada tres días anunciando que algo es cancerígeno?

Todo es cancerígeno, dicen. Las colas, los colorantes, y ver un pájaro que vuele en el cielo por lo menos es de mala suerte.

¿Cuál sería la receta para curarse de esta paranoia? Vivir dentro de la realidad. Aprender a comprender. Pensar más. El rato que uno se informe más vivirá mejor.

¿Vale la pena vivir una vida descafeinada?

Para aquellos a los que no les guste el café. Pero si no, no se engañen y no tomen café descafeinado.

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