La esclavitud colonial en la cuenca del Chota

La mano de obra indígena era escasa y los jesuitas compraron esclavos en el puerto de Cartagena para emplearlos en sus haciendas cañeras



Amílcar Tapia Tamayo* (O) 31 Octubre 2015

Uno de los temas históricos ecuatorianos que no ha sido tratado con profundidad es el de la esclavitud, particularmente en la cuenca del Chota, Coangue o Cambi, como era llamado el actual río Mira, que nace en las estribaciones de los páramos de Pimampiro; sirve de límite entre las provincias de Carchi e Imbabura, para luego dirigirse a territorio colombiano y desembocar en el Pacífico a través del cabo Manglares, cerca de la bahía de Tumaco.

Quizá la explicación más aceptable es el hecho de que las fuentes de consulta no son tan asequibles para los investigadores en razón de la prudencia con la que sus depositarios la han manejado, particularmente la Compañía de Jesús, en cuyos archivos se guardan valiosos testimonios de los esclavos de procedencia africana que tuvieron en sus haciendas localizadas en la cuenca del Mira. Y no les falta razón, toda vez que los investigadores, en su gran mayoría, llegan a conclusiones extremas al señalar que los esclavos eran tratados con inaudita crueldad, llegando a conclusiones ligeras que revelan su escasa información.

Una vez que los jesuitas se establecieron en Ibarra, comenzaron a comprar tierras y adquirieron los siguientes fundos: Pisquer, Santiago, La Concepción - la más grande de todas-, Santa Lucía, Chamanal, Caldera, Cuajara, entre otras.

En razón de que la mano de obra indígena era muy escasa, debido al despotismo y mal trato de encomenderos y doctrineros, que obligó a los indios a huir de manos de sus opresores (Chávez, 1945: p. 65), los jesuitas se vieron obligados a comprar esclavos en el puerto de Cartagena para emplearlos en tareas agrícolas de sus haciendas cañeras, tareas que no solamente realizaron los religiosos sino todos los grandes hacendados de la región.

Cada esclavo sano y fuerte costaba un promedio de 370 patacones; para tener una idea de esa cantidad, se debe decir que una res costaba entre cuatro y cinco patacones. Una propiedad de 1 000 hectáreas (medida actual) no pasaba de 3 000 patacones; el atuendo de una mujer rica llegaba a 500 patacones, los cuales representaban el salario de 35 indios conciertos durante un año, o la paga de un peón de toda la vida.

En 1700, en la ciudad de Cartagena de Indias, el procurador de la Compañía de Jesús de Quito, P. Juan Ruis Bonifacio, recibe del Capitán Gaspar de Andrade, “Thesorero y Administrador General de la Compañía Real de Guinea, Zitia en la ciudad de Lisboa Corte del Reino de Portugal… treinte y siete cabesas de esclavos, veynte y dos negros, doze negras y dos muleques…marcados en el mollero del brazo en el navío olandés llamado Conde de UVYK…conque con estos tengo rezibidos ziento y veynte y seis cabesas..” (Escritura del documento original, archivo Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit, BAEP).

Los jesuitas llegaron a tener en sus haciendas 1 324 afrodescendientes como esclavos.

En un informe fechado en 28 de agosto de 1698, el Procurador del Colegio de Quito conoció que “ la jornada del día comienza a las cinco de la mañana con la visita del alcalde o responsable del galpón. A las seis, al toque de campana, los esclavos comienzan con su trabajo en los cañaverales. El mayordomo o caporal de pampa, entrega las herramientas lampas, azadas y arados. A las nueve comen el sango que las negras esclavas preparan en grandes pailas y se compone de harina de maíz y manteca. A las doce vuelven a comer el sango y una ración de fréjoles, dependiendo del día, ya que la provisión de alimentos de las otras haciendas era abundante y variada y por ello había la oportunidad de variar la comida a fin de tener contentos a los esclavos. En otras se les ofrece papas, camote o yuca, tubérculo muy abundante en el lugar y que lo siembran los mismos esclavos. A la una vuelven al trabajo hasta las seis. Algunos negros, por concesión especial del padre superior, tienen sus propias chacras en donde cultivan otras plantas con las que complementan su alimentación. Generalmente tienen fréjol, yuca, camote y achiera. A las seis al toque de campana se llama a la oración. Regresan del cañaveral y entregan las herramientas. De seis y treinta hasta las ocho vuelven a comer sango, otros granos y un trozo de carne. Los lunes y sábados es obligación asistir a la capilla para asistir al catecismo, rezar oraciones y el rosario. A las nueve regresan a sus galpones y duermen hasta las cinco de la mañana”. (Archivo BAEP)

En las haciendas jesuitas localizadas en este valle, las tareas que desempeñaban las mujeres eran múltiples. La jaitá o mujer encargada del cuidado de las mujeres, distribuía el trabajo por días en donde un grupo de ellas, generalmente jóvenes, debían lavar grandes cantidades de ropa tanto de sus esposos e hijos como de los administradores de las haciendas. Para limpiar la ropa de los religiosos, existían mujeres que tenían esa responsabilidad. Los otros días se dedicaban a coser y reparar la ropa de los otros esclavos y sus amos.

El material que existe en los archivos de la BAEP sobre estos esclavos en el Chota es muy valioso, y ya es tiempo de que estudiosos nacionales otorguen mayor importancia a tan interesante asunto. Forma parte del origen del actual pueblo afroecuatoriano que habita en las riberas del río Mira, y del cual no se ha definido con claridad su pasado.  

*Doctor en antropología, autor de varios libros sobre historia nacional, profesor universitario.

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Una habitante de la zona se dirige al río para lavar ropa (1994).
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