El acta del 10 de agosto de 1809 es la primera constitución ecuatoriana

El 10 de Agosto de 1809 se aprobó la primera Constitución del país. Años después se la llamó Acta de la Independencia.



Carlos Landázuri Camacho* (O) 09 Agosto 2014

El título de este artículo podrá sorprender a muchos, pero esa es la verdad exacta. Lo prueban los siguientes argumentos.

La Revolución Quiteña del 10 de Agosto de 1809 produjo una Constitución, como lo supieron todos los quiteños de la época. El 17 de agosto, en la Catedral de Quito, se ratificó públicamente el cambio de Gobierno, mediante un solemne acto político-religioso, en que las nuevas autoridades y el público juraron, entre otras cosas, lo siguiente: “… y juramos, finalmente, hacer todo el bien posible a la Nación y a la Patria… y por la Constitución”.

Esa Constitución era la que después fue llamada Acta de la Independencia. Lo sabemos porque se conserva un oficio de Juan Larrea, ministro de Hacienda de la nueva Junta Suprema de Gobierno, a los oficiales reales, para que pagaran los sueldos de las nuevas autoridades. En él trascribe ese documento al que llama el “acta constitucional del pueblo”. Hay otros documentos que corroboran lo mismo.

El nombre de Acta de la Independencia se aplica a ese documento solo a partir de mediados del siglo XX, cuando la OEA resolvió publicar las Actas de la Independencia de América y el Ecuador decidió que la del 10 de Agosto de 1809 era su Acta de Independencia”.

Un análisis del texto del acta constitucional del pueblo evidencia que no se trata de una proclama o una declaración, sino de una Constitución. Establece un nuevo Gobierno, con separación de funciones, idea revolucionaria en aquel entonces: la Junta Suprema (Ejecutivo), un Senado de Justicia (Judicial) y los diputados del pueblo” (embrionaria Función Legislativa). Ese documento también establece el territorio de Quito (mucho más grande que el de la antigua Audiencia), crea un Ejército (al que llama la “falange” de Quito), etcétera. No es posible desconocer que el Acta del 10 de Agosto de 1809 es una Constitución.

Para aceptar plenamente la propuesta de que el Acta del 10 de Agosto de 1809 es la primera Constitución ecuatoriana, cabe precisar un problema más bien semántico.

Es sabido que el Estado ecuatoriano comienza a existir solamente en 1830, después de la disolución de la Gran Colombia, por lo cual la primera Constitución realmente ecuatoriana sería la dictada en Riobamba en ese año, y no podría existir una anterior
que lo sea. Eso es así, en un sentido estricto y formal. Sin embargo, aquí se parte de la idea, también evidente, de que en 1808-1809 la Revolución Quiteña da inicio al largo y complejo proceso que 21 años después culmina en la creación de la República del Ecuador.

En ese sentido, tanto la que desde ahora deberíamos llamar la Constitución de 1809, como el Pacto solemne de sociedad y unión entre las provincias que forman el Estado de Quito (1812), el Reglamento que promulgó el Gobierno Revolucionario de Guayaquil en 1820 y el Plan de Gobierno dictado en Cuenca en ese mismo año, son los pasos iniciales del constitucionalismo ecuatoriano. También lo serían, de ­alguna manera, la Ley fundamental de la República de Colombia (Angostura, 1819) y la Constitución colombiana de Cúcuta (1821), si bien las asambleas que las produjeron no contaron con diputados ecuatorianos ni tomaron en cuenta las aspiraciones constitucio­nales del actual Ecuador.

Establecido ya el indudable carácter constitucional del Acta del 10 de Agosto de 1809, cabe destacar que se trata no solamente de la primera Constitución ecuatoriana, sino una de las primeras del mundo hispánico. Al parecer, solo le habría antecedido la “Constitución de Bayona”, promulgada en esa ciudad francesa por José Bonaparte, colocado en el trono de España por su hermano Napoleón, y elaborada sin una verdadera representación de la nación española. En cambio, antecede con casi tres años a la célebre Constitución de
Cádiz, de 1812, y también es anterior a todas las otras constituciones iberoamericanas que conocemos.

Las guerras de la Independencia o, mejor, el advenimiento de la Modernidad y su triunfante racionalismo, causaron en América una verdadera fiebre constitucional, pues era necesario abandonar los sistemas de Gobierno basados en la tradición, como la monarquía de derecho divino, tan propensos a abusos de todo tipo.

En su lugar parecía necesario adoptar sistemas basados en la razón, que se expresa en leyes, cuya base son las constituciones, mediante las cuales se crearon sea monarquías constitucionales o repúblicas democráticas.

Pero la realidad se resiste a ser plenamente racional y los pueblos hispánicos no aceptaron fácilmente esa transformación. En el Ecuador, como en la mayoría de repúblicas hispanoamericanas, frente al enorme prestigio de que había gozado la monarquía tradicional, los regímenes constitucionales no impresionaron demasiado favorablemente al pueblo, que podía apoyar a uno u otro caudillo, sin comprometerse verdaderamente con el sistema democrático que las constituciones representaban.

Y las constituciones, que se redactaban a un ritmo aproximado de una cada década, y que muchas veces apenas servían para justificar el último golpe de Estado, terminaron por devaluarse.

* Historiador y docente de la U. Andina. Autor, entre otros textos, de  un ensayo sobre los orígenes de la independencia ecuatoriana.

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