Isabel la Católica levantó un imperio a pulso

Detrás de Hispanoamérica está el rostro de una mujer que amasó el poder que pocos personajes en el mundo han logrado tener.



crojas@elcomercio.com   Carlos Rojas. Editor (O) 10 Octubre 2015

Seguramente habrá más de un español agobiado por los vientos secesionistas que soplan en varias regiones que este 12 de octubre -su día nacional- recordará a Isabel la Católica, como la mujer que unió a la Península Ibérica para forjar en ella un imperio y regar la huella de la hispanidad por medio mundo.

A medida que pasan los años y que las distintas generaciones buscan nuevas formas de priorizar la historia, el legado de esta mujer pierde lustre.

Quinientos veinte y tres años no pasan en vano y, en su devenir, el mundo ha parido personajes fundamentales de toda índole. Grandes científicos o quienes murieron por dar libertad a sus pueblos. Tiranos de mentes retorcidas o aquellos estoicos que hicieron de su resistencia silenciosa un ejemplo de dignidad y grandeza.

Y en el selecto grupo de los grandes está la Isabel de Castilla, así desde el otro lado del charco los hispanoamericanos regateemos sus victorias, pues cada 12 de octubre reprochamos a la Madre Patria todas nuestras taras.
Pero si a Isabel la estudiáramos desde una perspectiva más política que histórica y sin el prejuicio de los pueblos sometidos, encontraríamos a una mujer fascinante.

Olfato, carisma y entereza. Estas tres virtudes, más algunos golpes de buena suerte, permitieron a la Reina de Castilla aglutinar tanto poder, que ninguno de los personajes contemporáneos podría imaginarlo hoy en sus manos. Ni siquiera Barack Obama.

Su trono tampoco fue fruto de una ordenada sucesión. Cada peldaño le demandaba un hábil movimiento en el cual las alianzas que tejía y las personas por las que apostaba le garantizaron lo que bien hoy podría llamarse una impecable carrera política.

A diferencia de su padre, el rey Juan II de Castilla, y de su hermano, Enrique IV, Isabel sí tuvo madera de monarca. Es así que ante la apatía que estos proyectaron en sus respectivos reinados, a Isabel no le fue difícil ganarse, por un lado, el aprecio de la gente.

Su fe católica la practicó con devoción y misticismo. Aquello le permitió construir una imagen de mujer sencilla, ajena a lo fastuoso. Tras la muerte de su padre en 1454, Isabel debió velar por madre y hermano menor, cuando el nuevo rey Enrique forzó para ellos una suerte de exilio donde sintió no solo carencias económicas, sino que lidió con los problemas mentales de su madre. Fueron años en los que se adentró en la lectura del evangelio y de las obras clásicas griegas.

Es necesario reconocer que sin los infortunios que rodearon a sus hermanos, Isabel no hubiera tenido la posibilidad de entrar en la historia.
La dificultades de Enrique IV para garantizar su descendencia y la repentina muerte del pequeño Alfonso XII allanaron ese camino.
Isabel llegó a ser reina de Castilla en 1474 cuando ya estaba casada con Fernando de Aragón. Su unión, acordada por sus padres muchos años antes, simboliza lo que hoy muchos catalanes evitan priorizar: la unión de esos reinos fue la semilla de la España imperial.
Y los flamantes reyes asumieron ese encargo con determinación. Hombre y mujer, en el frente de batalla, protegieron a Aragón de las invasiones que venían desde los Pirineos. Vencieron al Reino de Portugal, que buscaba quitar a Isabel la corona de Castilla para entregársela a Juana la Beltraneja, la hija que muchos creían que Enrique IV no había engendrado.

Isabel y Fernando expulsaron a los moros en la Guerra de Granada y así se terminó con  el último bastión musulmán  que, por siglos, convivió en la Península Ibérica. La conquista cristiana corre por cuenta de estos reyes que multiplicaron el poder de una Iglesia que, desde Roma, jugó siempre a punta de acuerdos papales a favor de los intereses de Isabel  desde que se inició su deseo de convertirse en reina.
Isabel prometió a Dios hacer de su religión la más poderosa del mundo...  vaya que lo logró.

A la tarea evangelizadora de  Isabel, que incluyó la expulsión de los judíos, habría que añadir su favores para que la temida Santa Inquisición tomara, en 1478, tantas dimensiones y cometiera los crímenes más perversos en el nombre de Dios.

Las convicciones de Isabel y su afán por construir en grande la hicieron confiar, según explica Delfina Gálvez en la biografía que sobre su personaje redactara en el 2010, en la expedición de Cristóbal Colón. Total, su sueño, cuestionado por los políticos y los científicos de entonces, movía a un hombre, de la misma forma que a ella le motivó ese anhelo de construir el reino terrenal para Dios.

La recompensa superó cualquier expectativa y la empresa que se construyó para conquistar las Indias pasó por la firma de un tratado con Portugal (el de Tordesillas, en 1494) necesario para repartirse los dominios sobre el Atlántico, así como la determinación por evangelizar todo lo que Cristóbal Colón encontraba a su paso. Fue por todo esto que el  papa Alejandro VI  concedió  a Isabel y Fernando  en 1496 el título de Reyes Católicos.

Pero tener medio mundo a sus pies, casi sin sospecharlo y por ende sin controlarlo, la imposición de la cruz en ese nuevo mundo desbordó la crueldad.La opresión y la conquista, no solo marcaron lo más cruel del invasor, sino que estigmatizaron el legado de una mujer que hoy se vuelve imprescindible para esa sociedad española que no quiere perder su unidad.

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