La blasfemia que necesitamos

¿La libertad de expresión puede llegar a perjudicar las creencias ajenas? El ataque al semanario Charlie Hebdo enciende un debate viejo.



Martín Pallares. Editor (O) 10 Enero 2015

En julio de 1766 en Abbeville, en el norte de Francia, un joven noble llamado Lefevbre de la Barre fue sentenciado a muerte por blasfemia. Los cargos en su contra fueron varios: que había defecado sobre un crucifijo, burlado de imágenes religiosas y de haberse negado a quitarse su sombrero al pasar frente a una iglesia.

Luego de que su lengua y cabeza fueran cortadas se incineraron sus restos y  entre las cenizas se encontró adherido a su cuerpo un volumen del ‘Diccionario Filosófico’ de Voltaire, célebre pensador defensor del derecho a blasfemar y burlarse de los temas sagrados.

Cuando Voltaire se enteró de la sucedido, cuenta la historia, se sintió profundamente dolido. “La superstición”, dijo desde su refugio en Suiza “pone al mundo entero en llamas”.

Voltaire ya había defendido a la blasfemia como un derecho que nace de la racionalidad del individuo y como un vehículo hacia la modernidad.
En ‘Cándido’, su obra más popular y célebre, Voltaire no deja títere con cabeza: ridiculiza a gobiernos, ejércitos y guerras, filósofos y filosofías.

Dos siglos y medio más tarde, en la misma Francia, el editor de un semanario humorístico conocido por su irreverencia e incluso mal gusto, invocaría el nombre de Voltaire para defender su derecho a la blasfemia.  Philippe Val, el editor de Charlie Hebdo, había publicado un libro defendiendo el derecho de los caricaturistas de burlarse de los tabúes religiosos. El título era sin duda decidor. ‘Reviens, Voltaire, ils sont devenus fous’ (Regresa, Voltaire, se han vuelto locos).

No eran los cristianos, sin embargo, a los que Val llamaba locos. Eran islámicos que los habían amenazado de muerte por haberse burlado del profeta Mahoma a pesar de que las burlas incluían a Jesucristo y al papa Benedicto.

El derecho a la blasfemia ha sido un tema que ha estado presente en el debate sobre la libertad de expresión desde hace cientos de años.

Uno de los episodios  contemporáneos más sonados fue el del escritor británico de ascendencia india, Salman Rushdie. Su novela ‘Los versos satánicos’, publicada en 1989, le valió una condena de muerte de parte del líder religioso iraní Ayatolah Jomeini que estaba dirigida a todos quienes participaron del libro.

Reacciones violentas
Reacciones violentas
Integristas prendiendo fuego a una imagen de Salman Rushdie a finales de los 80. Foto: AFP

El derecho a la blasfemia ejercido por Rushdie disparó una serie de actos de autocensura, sobre todo en Inglaterra, debido al temor a ser “castigados” por los defensores de la honra del Profeta. Como reseña Andrew Anthony, en un artículo publicado en The Observer
a  20 años del incidente de Rushdie, la autocensura se disparó al principio por el miedo que causaban las retaliaciones del extremismo y luego por las simpatías que el islamismo despertó en ciertos sectores.

El atentado del miércoles en contra de los caricaturistas de Charlie Hebdo nuevamente ha puesto el tema en discusión. ¿Hasta dónde tiene el ser humano derecho a burlarse de las creencias de otras personas? La pregunta, en sus más variados matices, ha marcado el debate en los grandes medios internacionales.

Quizá el que dio el puntapié inicial fue el columnista Tony Barber, en el Financial Times, quien sostuvo, a las pocas horas del atentado, que si bien el hecho había sido una barbaridad sin atenuantes, también era cierto que Charlie Hebdo estaba exacerbando un sentimiento racista antiislámico,  que lo único que hacía era producir más violencia.

Enseguida salió Johathan Chait en una columna publicada en el The New York Magazine. Chait lanzó la tesis de que el derecho a la blasfemia no debe ser únicamente un principio al que se respete sino que debe ser activamente ejercido. “El derecho a blasfemar en contra de la religión es uno de los más elementales ejercicios del liberalismo político. Uno no puede defender el derecho sin defender su práctica”, decía Chait.

La tesis de Chait ha sido contestada por toda una corriente que se ha expresado en estos últimos días. Básicamente la crítica apunta a que el derecho a la blasfemia no puede incluir el derecho a ofender a otras personas. “Una sociedad libre también puede ser cortés”, decía un columnista del Washington Post mientras la escritora María Bustillos, en Gawker, abiertamente calificaba a Charlie Hebdo de ser racista y calificaba al ataque como una reacción a la xenofobia.

Para algunos, el derecho a la blasfemia no debe tener límites. Para otros, ese derecho no puede incluir el discurso de odio ni la falta de respeto a las creencias ajenas.

El ensayista en temas de religión y de pensamiento contemporáneo Ross Douthat ha lanzado una tesis sin duda polémica en The New York Times. Para Douthat, el derecho a la blasfemia es esencial en un orden liberal pero el ejercicio de ese derecho puede ser polarizante, “innecesariamente cruel o simplemente estúpido”. La blasfemia de Charlie Hebdo, para él, contribuye poco a la discusión pública y más bien crea odios y resentimientos.

Pero en este caso, estamos frente a un caso especial, dice. “Si un grupo de personas quiere matarte por decir algo, entonces es ciertamente algo que debe ser dicho porque de otra forma el violento tiene el poder de veto sobre la civilización liberal y cuando ese escenario se produce ya no es una civilización liberal más”.

Para Douthat, una sociedad sin ofensas es lo mejor, “pero cuando las ofensas son respondidas por el crimen, es cuando necesitamos más de ellas; no menos, porque a los criminales no se les puede permitir un solo momento pensar que su estrategia puede tener éxito”.

El debate sigue y el gran Voltaire está más presente que nunca en él.

 

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