La venta de la bandera: el precio de una traición

Los detalles de la transacción, los montos y las personas que participaron en este hecho que escandalizó al país a finales del siglo XIX.



María Helena Barrera-Agarwal 12 Julio 2014

Siempre se ha especulado sobre el negociado de la venta de la Bandera desde un punto de vista monetario: ¿Cuánto pagó Japón? ¿Qué sobreprecio existió? ¿Cuánto dinero se distribuyó bajo la mesa para facilitar la transacción? El descubrimiento de nuevos documentos sobre ese episodio de nuestra historia permite dar una mejor respuesta a esas interrogantes.

A finales de septiembre de 1894, el Gobierno de Chile ofrece al Imperio del Japón uno de sus cruceros, el Esmeralda, por medio del comerciante estadounidense Charles Ranlett Flint. Japón se encuentra en guerra con la China; Chile ha declarado su neutralidad y, en consecuencia, no puede proceder legítimamente a esa transacción.

Para superar tal obstáculo, el Gobierno japonés propone que la venta se efectúe por intermedio de una compañía privada. La misma adquiriría el navío para luego revenderlo a la Armada imperial. El Gobierno chileno, sin embargo, desea guardar las apariencias de un modo más elaborado. Requiere, en consecuencia, la intervención adicional de un tercer país, como intermediario en una compraventa ficticia.

Los diplomáticos japoneses dudan que alguna nación se preste a participar en un asunto tan irregular. Pronto, sin embargo, reciben noticia de que el Ecuador está dispuesto a cumplir ese papel. Su intervención es posible gracias a la influencia directa de Flint, quien, desde 1876, es amigo de José María Plácido Caamaño. Gracias a su aquiescencia, la compraventa del Esmeralda se efectúa en dos transacciones paralelas, una secreta y la otra pública.

Participantes
Participantes
El comerciante estadounidense Charles Ranlett Flint medió en el acuerdo (izq). En el centro, José María Plácido Caamaño era gobernador del Guayas en ese episodio. A la derecha está el cubano estadounidense Fidel George Pierra Urgellés fue un hombre c

La transacción pública consta en nuestros libros de historia: Chile vende el Esmeralda al Ecuador, por escritura fechada a 30 de noviembre, en Valparaíso. Previa y paradójicamente, por contrato firmado en Nueva York, el 23 de noviembre de 1894, el Ecuador se ha comprometido a vender al Japón el crucero que aún no es de su propiedad.

La transacción secreta implica dos contratos sucesivos. En el primero –cuyo texto no se ha conservado– Chile vende el Esmeralda a Flint & Co. En el segundo, Flint & Co. lo transfiere al Japón. Ese documento, firmado en Nueva York el 15 de noviembre de 1894 –cuya existencia se revela por vez primera en el presente artículo– establece los términos reales de la venta del Esmeralda.

Japón paga por el crucero £275.000. El sobreprecio es considerable: 11 años antes, Chile ha pagado por el crucero, directamente de astillero, apenas £180.000. Japón se compromete además a correr con los costos de seguro marítimo y de traslado del buque desde Chile. Informalmente, compensará también a quienes colaboren con la venta con una comisión del cinco por ciento sobre el precio –£13.750. El costo total del Esmeralda asciende, por tanto, a £288.750. A esas sumas se añade un rubro descrito como “gastos para asegurar la transferencia y la bandera” facilitadas por el Ecuador, aproximadamente £6.500.

Los términos del contrato ficticio con el Ecuador son distintos. El precio total y único se fija en £220.000, que deben entregarse a Chile en Londres. Ninguna otra suma es mencionada. En tal virtud, el resto del dinero pagado por Japón, (£55.000) no ingresará jamás al erario chileno: se depositará, junto con la comisión de £13.750, en manos de Flint & Co., en Nueva York.

Certificado del pago
Certificado del pago
Pago hecho a Pierra y a Solórzano descubierto por María Helena Barrera-Agarwal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No existe evidencia que determine qué porcentaje de ese monto fue enviado por Flint a sus cómplices chilenos. Lo sucedido con el dinero destinado a sus cómplices ecuatorianos es más simple de determinar.

Caamaño ha actuado bajo pedido de Flint y bajo promesa de recibir una gratuidad por sus gestiones. Un agente enviado por Flint desde Nueva York –el cubano estadounidense Fidel George Pierra Urgellés, también factótum de la Argolla– lo ha asistido en sus labores. Al concluir con éxito la venta del Esmeralda, Pierra retorna a Nueva York. Cobra allí 22.500 dólares (£4.629,82), por “gastos de la trasferencia ecuatoriana”; parte de ese dinero ha sido entregado por adelantado a su esposa, en Brooklyn.

Puede asumirse que Pierra conservó la totalidad de esa suma, sin molestarse en transferir el monto que Caamaño esperaba. Una conducta distinta habría sido poco característica: Pierra ha obtenido de Flint una compensación por las 45 toneladas de combustible que Caamaño ha asegurado, gratuitamente, para el Esmeralda. Por añadidura, Pierra ha intentado extorsionar a los diplomáticos japoneses, solicitándoles £5.000 adicionales por su trabajo en Ecuador, luego de haber recibido la compensación acordada.

El único burócrata ecuatoriano que obtendrá dinero contante y sonante por la venta de la Bandera es el cónsul del país en Nueva York, Modesto Solórzano. Al momento de formalizar el ficticio contrato de compraventa del Esmeralda en esa ciudad, Solórzano se arrellana en su silla y se niega terminantemente a estampar su firma sin recibir, en ese instante y en efectivo, la suma de 1.250 dólares (£257,20). Se asegura así la ilícita ganancia que eludirá a Caamaño, su burlado cómplice.

 

 

QUITEÑÓMETRO

El arte es la libertad de la urbe

Oswaldo Viteri es un reconocido pintor ambateño. Estudió desde los 12 años en Quito. Este artista ha ganado el Premio Mariano Aguilera, con el cuadro El hombre, la casa y la Luna. Como parte de su trayectoria está la ‘Exposición de Arte Latinoamericano’, en Londres. Viteri plantea su visión y preocupación por el mundo contemporáneo. Este 17 de julio se abrirá una muestra suya, ‘Experiencias’, en el Centro Cultural Metropolitano.

Lo que más me gusta

El Centro Histórico, especialmente la Iglesia de La Compañía, la Iglesia de San Francisco, La Ronda y el Museo Casa del Alabado. Admirar las casas tradicionales, con sus balcones, sus clásicos geranios, sus techos de tejas que le dan un colorido especial a la ciudad. En la noche es un espectáculo de luces hermoso, es un deleite pasearse por las calles del sector, se siente una profunda inspiración y provoca al romanticismo. Yo nací en Ambato, pero me siento muy orgulloso de vivir en Quito desde los 12 años; ha sido una ciudad muy generosa conmigo, me ha abierto sus brazos, su gente ha sido muy amable.

Lo que no me gusta

Cómo ha ido aumentando la contaminación ambiental. Aunque este tema es a escala mundial, tenemos que cuidar de que este nivel tanto de ruido como de esmog, no aumente en nuestro país. Si uno ve hacia el horizonte en las mañanas cuando está despejado, sea hacia el sur o hacia el norte, tomando en cuenta que Quito es un callejón interandino, se puede ver una nube negra. Además he visto fábricas dentro del límite urbano que contaminan. No me gusta que hayan suspendido las corridas de toros con muerte. La Plaza de Toros Monumental de Quito fue un sitio tradicional por largos años y atraía muchísimos turistas.

Lo que cambiaría

Nuestras calles son muy angostas y al colocar las ciclovías donde se encuentran al momento, a mi parecer, han entorpecido más la circulación vehicular. Claro que debería haber vías para los ciclistas y sería ideal que usemos ese transporte. Cambiaría algunos sitios abandonados que sirven para ocultar a delincuentes, por lugares recreativos para niños y jóvenes, con salas de pintura. Me gustaría tener la oportunidad de enseñar y transmitir el arte de la pintura. El arte es símbolo de libertad, porque el arte sin libertad no es arte y la vida sin libertad no es vida.  Es la expresión del espíritu, de la sensibilidad y de la inteligencia.

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