¿Cómo es la soledad en tiempos de total conexión?

La soledad como instante de comunicación con uno mismo parece cercana a la extinción de frente a la tecnología y la virtualidad, las mismas herramientas que multiplican el aislamiento del individuo.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor 12 Julio 2014

En su versión 2.0, la soledad es un estado de contradicción. Aislados en un individualismo tecnológico, pero conectados virtualmente con millones de sus pares, los integrantes de las generaciones actuales han crecido sin percatarse de lo que es un instante de soledad.

El individuo solitario no lo es en su perfil de redes sociales, no lo es frente al televisor, no lo es con su ‘smartphone’... Las formas actuales de usar la tecnología involucran un esfuerzo del individuo por evitar la posibilidad de la soledad, aún siendo un solitario: Theodore Twombly enamorado de un sistema operativo (argumento de ‘Her’, filme de Spike Jonze).

Umberto Eco -en una entrevista para El País de España- lo ponía en estas palabras: “Internet es una cosa y su contraria. Podría remediar la soledad de muchos, pero resulta que la ha multiplicado; Internet ha permitido a muchos trabajar desde casa, y eso ha aumentado su aislamiento. Y genera sus propios remedios para eliminar ese aislamiento, Twitter, Facebook, que acaban incrementándola porque relaciona con figuras muchas veces fantasmagóricas, porque uno cree estar en contacto con una bellísima muchacha que en realidad resulta ser un mariscal de la Guardia Civil (risas)”.

Desde la época clásica se ha postulado que el ser humano es social por naturaleza, siglos después se dijo que ningún hombre es una isla; sin embargo, la soledad ha tenido su valor como dimensión esencial. Ha sido el instante para la experiencia mística, el encuentro romántico con la naturaleza, el contacto meditativo con el Yo interior o un autodescubrimiento heroico. Por ello, el santo y el poeta se erigieron como modelos culturales del solitario en diferentes pasajes de la historia; claro, eso fue antes de que se postulase la muerte de Dios, la superación de la metafísica y la crisis del humanismo.

Ahora, el Yo de estos tiempos se define mediante el reconocimiento que le proporciona su representación virtual y su capacidad de conectividad; el hecho de ser visible para los otros es lo único que lo torna real. Mas, ese vivir en simulacro de relación con los demás anula la inclinación hacia la introspección... El modelo psicológico de estos días es el de la mente interconectada socialmente y su expresión es la locuacidad, opuesta a la reflexión meditada.

“Un constante flujo de contacto mediado, virtual, imaginario o simulado nos mantiene conectados con el enjambre electrónico: aunque el contacto, o por lo menos el contacto persona a persona, resulta cada vez menos importante. Parece que la meta ahora es simplemente ser conocido, convertirse en una especie de celebridad en miniatura. ¿Cuántos amigos tengo en Facebook? ¿Cuantas personas leen mi blog? ¿Cuántas entradas aparecen en Google con mi nombre? La visibilidad asegura nuestra autoestima y se vuelve un sustituto del contacto real. No hace mucho, era fácil sentirse solo. Ahora es imposible estarlo”, escribe el profesor William Deresiewicz, en ‘El fin de la soledad’ (artículo traducido para El Malpensante. Febrero, 2010).

Sin embargo, en nuestra contemporaneidad, pública y promiscua, en  tiempos de hiperconexión, la soledad podría darse con el voluntario despojo de dispositivos y redes -como lo haría un ermitaño actual-. También, cuando las relaciones sociales y virtuales no resultasen satisfactorias, porque los lazos que ellas generasen no serían lo suficientemente fuertes.

Recientemente, una investigación de la universidades de Virginia y de Harvard (EE.UU.) condujo 11 experimentos para ver cómo reaccionaba la gente cuando se le pedía pasar un tiempo sola. Uno de los resultados del estudio: muchos prefieren infligirse algún tipo de daño físico a sí mismos antes que pasarse 15 minutos solos en una habitación sin hacer nada más que pensar.

En ese sentido, la conectividad tecnológica -al convertirse en un instrumento de hedonismo y autocontemplación- ahonda la percepción de que la soledad es un castigo, en lugar de una oportunidad de meditar, reflexionar o simplemente estar un rato consigo mismo. La soledad, ahora, es entendida no como el recogimiento interior, sino como un cerco que aísla al individuo.

El simulacro de proximidad con el teléfono o la colocación de una TV en cada habitación fueron el prólogo para volvernos -hoy- temerosos del aislamiento de la manada, de esa multitud que se representa compuesta por avatares en nuestra lista de contactos o por fasmas en las redes.

“El mundo de la técnica no permite que el hombre se encuentre con su soledad. Siempre está acompañado de algún instrumento técnico que le hace recordar que forma parte de una comunidad”, expone José Luis Tejada, en ‘Las fronteras de la modernidad’. Mas no se puede perder de vista que tanto adminículo tecnológico, tanta hiperconexión, son herramientas y no un fin en sí mismos; que aunque nuestra voz interior sea el reflejo del mundo o de un continuo cultural, hace falta alejarse en busca de la soledad para poder escucharla.

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