Desconfío de la palabra proselitista

La mujer que dirige la institución que vigila el correcto uso del español en el país, Susana Cordero, saca tiempo de su agenda llena para hablar sobre el valor de la palabra en el Ecuador de hoy



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 11 Julio 2015

Susana Cordero es una mujer solemne, culta e inteligente. Hay que serlo, y mucho, para haber llegado a la dirección de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Para ser, además, la primera de su género en lograrlo. Susana es una mujer que tiene un romance largo con la palabra y seguramente es una de las personas que más conocimiento tienen de ella en este país. Por eso es la interlocutora ideal para hablar del valor de la palabra, en tiempos en que ésta se va vaciando de sentido.

Es temprano y su casa está iluminada por el primer sol de la mañana. Y ella, impecable y con el tiempo justo para la entrevista (pues tiene múltiples compromisos), está lista para que empiecen las preguntas.  

¿Hace cuánto tiempo no escucha a alguien dar su palabra de honor?

Es curioso, yo creo que hay palabras que se han perdido casi de nuestro vocabulario. Por ejemplo, la palabra honor con toda su carga psicológica y de compromiso. O la palabra grandeza. Ya nadie trata de tener una vida noble, con cierta grandeza; noble en el sentido de que haya concordancia entre lo que uno es con lo que uno dice, de lo que promete con lo que cumple.  Cuando supe que me haría esta entrevista pensé en lo que que dice (Martin) Heidegger: la palabra es predestinada del equívoco.

¿Qué significa eso?

La palabra no es unívoca, la palabra es equívoca. Es decir que cada uno, primero, puede entenderla como quiera. Y, por otra parte, uno puede decir cualquier cosa, dentro de cualquier contexto. La interpretación de la palabra nunca es unívoca, nunca interpretamos lo que el otro dice como exactamente el otro quiso decirlo.

Ese tipo de equívoco se aplica mucho al contexto político, ¿no?

Bueno, la palabra en sí misma es equívoca, difícil de asir. Ahora bien, la palabra política es una palabra que siempre tiene una ambición, es la búsqueda del triunfo, del poder, pero también puede ser la búsqueda del servicio, de la comprensión, de la conmiseración.

Pero está más asociada a la persuasión.

En el sentido demagógico, sí. La palabra demagógica trata de persuadir, aunque todos podamos percibir lo contradictorio de ese tipo de palabra y de ese tipo de persuasión. El discurso político dirigido a ganar unas elecciones es siempre una palabra falaz, que tiene un propósito más allá de la palabra que es convencer, como lo hacían los antiguos sofistas. Para ellos la palabra debía convencer, no convertir, no razonar.

¿En qué cree que se está convirtiendo la palabra?

De lo que escucho, veo y leo en periódicos o revistas, lamentablemente, nuestro uso de la palabra es el uso constante del lugar común. Es decir, de esas frases repetidas, de esas frasecitas hechas. Creo que en el Ecuador, en general, porque por supuesto hay excepciones valiosas, usamos mucho el lugar común. Como si fuera una forma de reflexión, que no lo es.

¿Qué le quita valor a la palabra y qué se lo da?

Le quita valor la repetición, le quita valor, evidentemente, la mentira. Le quita valor la falta de compromiso, la falta de reflexión. Y, al contrario, la palabra tiene valor cuando está llena de reflexión, de lectura profunda, de sentido crítico, de deseo de ayudar, de autenticidad humana.

¿Qué le pasa a una persona que dice y se desdice con la misma falicidad? ¿En qué se termina convirtiendo?

Bueno, qué le diré, tenemos tantos ejemplos. Por una parte, creo que habría que conceder a ese tipo de persona un ápice de deseo de algo, pero muchas veces la realidad también nos contradice y hace que nos desdigamos de lo que dijimos. La palabra de la que yo creo que hay que desconfiar es de la que promete con demasiada facilidad, que no permite la opinión de los otros, que no acepta que la palabra de los otros también puede ser auténtica. Esa palabra que desdice con los hechos lo que afirma es una desgracia.

¿En qué sentido?

Creo que es la que nos lleva a sucesivos gobiernos que no llegan a cuajar, que no transforman de verdad al pueblo. Y una palabra que está absolutamente desacreditada es revolución.

¿Por qué?

Para mí, la palabra revolución no tiene ni personal ni política ni históricamente -a no ser por una que otra revolución que al final no dio el resultado esperado- sentido. Es una palabra degradada, la usamos tan mal, tan cotidianamente, con tan poco respeto, tan convencidos de que solo por pronunciarla ya estamos cambiando la vida, que  resulta risible y doloroso.

¿Cómo es una sociedad que valora poco la palabra?

Lo de valorar poco es difícil afirmarlo; creo que si seguimos a ciertos líderes es porque creemos en su palabra. Pero al final esa palabra en la que creímos llega a desilusionarnos, entonces uno va perdiendo completamente la confianza en la palabra de los demás. Pero yo quisiera advertir que de alguna manera la palabra de los otros y de los políticos es también un eco de lo que nosotros estamos esperando escuchar.

Exactamente.

No se improvisa. Es una palabra dedicada a una forma de ser, de pensar, de anhelar. Es como que nosotros pedimos la palabra que se nos lanza.

El discurso de un político suizo no calaría nunca aquí, ¿no?

Son mucho más secos; los nuestros son mucho más cálidos, no hay duda. A pesar de que es una calidez que a la larga nos duele y nos enfría.

O nos llega a abrasar.

Sí, llega a avasallar.

¿Prefiere la palabra que enciende o la que calma?

La palabra que calma; es una palabra más difícil, más exquisita, más convincente, sin duda.  Pero más difícil de lograr.

¿En la palabra de quiénes prefiere usted no confiar?

Francamente, en la palabra de los políticos. Y de todo aquel que hace proselitismo.

¿De cualquier tipo?

Desconfío profundamente de toda forma de proselitismo. Como el de los grupos ultracatólicos, como el de los fanáticos del califato que en este momento están cometiendo atrocidades y que están acabando con todo a través de una palabra que hace prosélitos, que transforma a la gente y que la revoluciona íntimamente para el mal.

¿Uno siempre es esclavo de lo que dice?

Es un dicho cabal que quiere decir que la palabra compromete, y que si uno dice tiene que procurar hacer lo que ofrece.

Susana Cordero

Nació en Cuenca, en 1941. Parte de su niñez y adolecencia las vivió en Madrid. Desde 1960 reside en Quito. Tiene una licenciatura en Literatura y Filosofía; un posgrado en Historia de las Ideas Contemporáneas y Pedagogía (hecho en París) y un doctorado por la U. Católica en Pedagogía con especialización en Filosofía. Desde marzo del 2013 dirige la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

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