La amenaza del y multiplicaos

El crecimiento demográfico pone en riesgo la sostenibilidad ambiental del planeta. El escritor Alan Weisman trató el tema en Quito.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 12 Septiembre 2015

El calendario cósmico, popularizado por Carl Sagan y Neil deGrasse Tyson, que escala la historia del universo a un año terrestre, apunta que la humanidad actual se desenvuelve en las últimas fracciones de  milésimas de segundo del 31 de diciembre. Esta medición nos ubica ínfimos en medio de los juegos espacio temporales y, tangencialmente, nos muestra el brevísimo instante que se tomó el hombre y su crecimiento poblacional para deteriorar su medioambiente.  

El crecimiento de la población se ha dado de manera exponencial desde los 1800. El desarrollo en las áreas industriales, alimentarias y médicas se ubica entre los principales factores. Desde los 1 000 millones de personas en 1815,  hasta los 10 900 millones proyectados para el 2100, las tasas demográficas dan cuenta de un desbordamiento de la especie con respecto a su hábitat.

Esas cifras y una enorme pasión por temas ambientales motivaron al escritor estadounidense Alan Weisman a proponer un experimento mental, primero, y un trabajo periodístico, después. Ambos se concretaron en los libros: ‘El mundo sin nosotros’ (2007) y ‘La cuenta atrás’ (2014). Haciendo de la cuestión demográfica el eje de sus reflexiones, el autor imaginó cómo sería la Tierra sin la especie humana y luego propuso cómo un equilibro entre población y territorio salvaría al hombre y a su hogar.

Publicaciones previas trataron el crecimiento poblacional y la estabilidad del planeta (‘Population: The First Essay’, de Malthus, o ‘The Population Bomb’, de Elrich, por citar dos), pero la obra de Weisman -quien estuvo la semana pasada en Quito- captura por provocación, audacia, inteligencia… y un dejo de esperanza.

En las Américas, Asía, África y Medio Oriente, Weisman vio cómo esa lógica que, en el pasado proponía que cada tribu fuera más poderosa que la tribu vecina, ya resulta insostenible. Asimismo, que el ‘fructificad y multiplicaos’ ya no puede aplicarse como mandato en un entorno frágil e inundado de problemáticas humanitarias.

La idea de la reducción de la población humana hasta niveles ínfimos ya ha generado la cohesión de quienes la consideran imprescindible. El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria -citado en los textos de Weisman- se originó en Oregón, EE.UU., en 1991, bajo el llamado a todas las personas para que se abstengan de reproducirse, impulsándolas hacia una extinción gradual que, según su ideal, evitaría la degradación ambiental. Les U. Knight, su fundador, considera que los humanos son incompatibles con la biosfera.  

Contraria a ello, la postura de Weisman no cede al exceso de la desaparición de la especie, pero sí considera la sostenibilidad de una tasa de sustitución de alrededor de dos hijos.

Al mentar las regulaciones no se puede obviar el tema de las libertades. Si la política china del hijo único ha sido insoportable para las sociedades, ¿cómo se asumiría un control demográfico impuesto desde el poder? En su soberanía, el ser humano puede tomar las decisiones que considere acertadas y, así, tener el número de hijos que piense justo; pero si esa multiplicación pone en riesgo su ser mismo ¿tendría solvencia o coherencia?

El debate alcanza otras dimensiones si se recuerda que muchas de las obras de ficción distópica -novelas y películas- plantean regulaciones sobre el crecimiento demográfico para hacer más gobernable el devenir de la humanidad. En este sentido, las preguntas apuntan a conocer quiénes serían los privilegiados para reproducir la especie, bajo qué métodos y con qué criterios se predeterminaría la función de cada individuo dentro de los órdenes mundiales venideros.

El arma que empuña Weisman es la planificación familiar. Curiosamente, da cuenta de ella desde países impensados para temas polémicos o desde estrategias más acordes con la cultura popular que con medidas políticas.  En Irán -relata-, un dictamen invitó a las mujeres fértiles a procrear soldados para la guerra contra Iraq y, años después, otra fatwa proponía la vasectomía como responsabilidad para con la nación, pues controlaría el desarrollo económico de todos los antes nacidos. En México –recuerda-, mientras el rating de la telenovela ‘Acompáñame’ crecía, la tasa de natalidad se reducía: el argumento proponía a un varón ‘reproductor’ y a una mujer que necesitaba tomar la píldora, como protagonistas.

Sin embargo, uno de los peros que enfrenta la reflexión de Weisman se deriva del modelo de sociedad patriarcal en el que se desenvuelve la humanidad. Un mundo en el que los machos han relegado, mayoritariamente, la responsabilidad sobre la natalidad y la crianza a las hembras, adjudicándoles roles específicos, no abre posibilidades a la formación y crecimiento individual de las mujeres. “La educación de las mujeres es el mejor anticonceptivo”, dice Weisman, mordaz.

Habrá quienes consideren que si el egoísmo del humano frente a los otros seres con los que comparte el planeta ha sido una de las causas del deterioro ambiental; buscar, a toda costa, la supervivencia de la especie bien podría significar un ejercicio de vanidad.

Mientras otros, más fatalistas -necesitados de una fecha para el apocalipsis- se preguntarán cuánto nos queda. Lo que no deja de sorprender es que a las puertas de una cumbre mundial sobre ambiente, la COP21, el crecimiento poblacional no se encuentre en la agenda de temas. Los factores para tal exclusión pueden deberse a los temores que despiertan, entre los mandatarios del mundo y los mismos movimientos ecologistas, las sensibilidades de los grupos religiosos, las reacciones dentro de un mundo multicultural y los sobresaltos de los economistas que solo piensan en un mercado en constante expansión.

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