Sirios, los vecinos incómodos de Turquía

La llegada de refugiados sirios hacia ciudades como Estambul y Ankara ha traído consigo el resurgimiento de una xenofobia histórica



ortizd@elcomercio.com   Diego Ortiz. Redactor (O) 12 Septiembre 2015

Son poco más de las tres de la mañana de un sábado de fiesta en Estambul. En las arterias de Taksim, una de las zonas turísticas más frecuentadas de la ciudad, aún resuena con fuerza el bullicio de bares y discotecas que inyectan de euforia los cuerpos de turcos y extranjeros. Es un enmarañado de licores, sudor y luces de neón donde, como diría Celia Cruz, “la vida es un carnaval”.

Mas basta alejarse unos pasos para ralentizar aquella algarabía y encontrarse, a esa misma hora y en la plaza central del lugar, a una mujer que se aferra a una carriola de bebé. Ahí duerme uno de sus hijos, de poco más de un año. La acompañan otros dos niños: una de aproximadamente cuatro años que juega con un pedazo de tela; el otro, que parece duplicar su edad, yace profundamente dormido sobre un pedazo de cartón que separa su cuerpo del frío pavimento. Dos niños durmiendo, otra jugando y una mujer gritando desesperada por unas cuantas monedas mientras se aferra al único vehículo que tienen en este punto de su vida. Esa es la realidad en la que viven muchos sirios que han sido desplazados por la guerra hacia ciudades donde ellos son el rostro de una mendicidad repudiada por los miembros de la nueva Turquía.

Desde que estalló el conflicto sirio, Turquía se convirtió en uno de los países con mayor índice de refugiados de Oriente Medio. El Gobierno turco los cuenta por más de dos millones y medio, la gran mayoría de ellos vive en campamentos en los cuales, si deciden asentarse permanentemente, reciben educación, salud y vivienda. Pero si logran salir de allí, la situación es otra. En ese preciso instante se transforman en los beduinos del siglo XXI, los nómadas que recorren la Anatolia en búsqueda de una nueva vida para ellos y sus familias.

Y nunca es fácil. Eso lo deja prever el estado en el que se presentan muchos refugiados sirios radicados en calles y plazas de Estambul y Ankara. Mujeres con velos roídos, niños con las caras sucias a causa del esmog de los autos de las grandes y modernas avenidas turcas. Un grupo humano que intenta sobrevivir en un mundo donde ni siquiera el idioma les favorece (los turcos dejaron atrás el árabe para dar fuerza a su lengua luego de la guerra de independencia de inicios del siglo XX). Los rostros que todos ven, la voz que nadie comprende.

La llegada masiva de estos inmigrantes ha tenido un impacto directo en la conciencia de la sociedad turca. No es extraño encontrarse con alguien que, en medio de esta crisis humanitaria, exprese cierto rechazo hacia los refugiados.  

“Es seguro caminar por aquí. Pero mejor aléjese si se encuentra con sirios” es una de las tantas recomendaciones que se dice disimuladamente a los huéspedes de un hotel. En el caso más radical, cuando se camina por debajo de los puentes de Estambul, alguno que otro turco llega a ver con absoluto rechazo a los niños sirios que deambulan por ahí en búsqueda de una moneda.

“Suelen tener navajas”, comenta Serkan, un chico de 25 años que no duda manifestarse en contra de esta población. Irónicamente, él fue uno de los cientos de homosexuales a los que la Policía turca dispersó, hace poco más de dos meses, con cañones de agua montados sobre tanques. Rechazo sobre rechazo.

En su ensayo ‘Inmigration: The Case for Limits’, el filósofo político David Miller escribe una exhaustiva defensa del derecho de los ciudadanos de una nación por restringir el paso de inmigrantes por sus fronteras. Y lo hace basado en el principio de conservación de la cultura nacional de un pueblo. ¿Acaso esto sucede al interior de Turquía?

Sin lugar a dudas este parecería, tal vez inconscientemente, el temor de la gente que a diario camina por las calles de las grandes ciudades turcas. La nación está al borde de cumplir el centenario de su independencia, un motivo que de sobra justifica su culto por la bandera nacional, el símbolo omnipresente del espacio público. Donde quiera que se mire, están presentes la media luna y la estrella de cinco puntas de color blanco que sobresalen en un pedazo de tela roja que flamea por todo lo alto. Es un recordatorio que consolida el nacionalismo de una población que ve ahora ingresar a esos millones de refugiados que, como es conocido, tienden a ampliar considerablemente su núcleo familiar (las familias sirias suelen tener no menos de cinco hijos); gente que llega hasta este territorio con la cultura árabe que el propio Mustafá Kemal Atatürk, líder y gestor de la Turquía independiente, quiso dejar de lado en su proceso de ‘reculturización’.

A pesar del desencanto de una parte de la población hacia este grupo de refugiados, existe toda una mafia que se encuentra alimentándose de sus necesidades.

La agencia BBC reportó en esta semana, tras recorrer pueblos de la zona costera de Turquía, que un viaje hacia Europa en barco cuesta entre 1 200 y 1 450 dólares.

Al igual que el coyoterismo mexicano, se les ofrece  llegar a la tierra prometida, a países como Grecia o Italia y, desde ahí, continuar con su viaje hacia naciones con políticas migratorias abiertas para los refugiados.

La navegación por el mar Mediterráneo se ha convertido, entonces, en una de las opciones para ellos, lo que ha decantado que en espacios como Grand Bazar, la zona de comercio formal e informal más grande de Estambul, se vea por doquier equipos como chalecos salvavidas y flotadores para niños. Los costos para acceder a estos implementos bordea los USD 20 por pieza, lo necesario para comprar no menos de cuatro hamburguesas y una gaseosa de tres litros.

Así, Turquía enfrenta una de las crisis humanitarias más duras de las últimas décadas. Esta situación pone en jaque a su ideal de nación y que, en el fondo, despierta sentimientos encontrados en su población.

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