Charlie Kaufman: la tentación del fracaso

Las preocupaciones y temas del cineasta encuentran una vía para expresarse en la cinta animada ‘Anomalisa’. Personajes e historia lo confirman como un retratista de la contemporaneidad.



Juan Fernando Andrade* (O) 13 Febrero 2016

La nueva película del escritor y director Charlie Kaufman, ‘Anomalisa’, se estrenó a comienzos de septiembre del año pasado en el Festival de Cine de Venecia, donde ganó el Gran Premio del Jurado. Días más tarde, se proyectó por primera vez en Norteamérica, en el Festival Internacional de Cine de Toronto, donde ganó el Premio de la Fipresci (Federación Internacional de Críticos de Cine).

Después de esa función, hubo un conversatorio en el que un miembro de la audiencia le dijo a Kaufman: “La forma cruda en la que su trabajo captura las emociones es algo que se ha perdido en las grandes producciones de Hollywood, ¿es un problema de consumismo?, ¿es el público?, ¿son los productores?, ¿es un problema?”.

Kaufman respondió con una seguridad que, se nota, es el resultado de 15 años escribiendo guiones que se juegan el todo por el nada. “Es un problema circular. La gente que hace películas ve cosas que funcionan, continúa haciendo estas cosas porque continúan funcionando y esto se convierte en un ciclo: todo lo demás queda excluido. Y cuando empiezas a hacer películas gigantes que cuestan, no sé, 100 millones de dólares o más, tienen que funcionar y tienen que ser convencionales, porque nadie va a gastar esa cantidad de dinero sin tener alguna seguridad de que le irá bien. Al mismo tiempo, si haces una película de superhéroes a la que debería irle bien, pero no funciona, no pasa nada, pero si haces una película a la que todo el mundo cree que le irá mal, y te arriesgas, y te va mal, te quedaste sin trabajo, así que todos están asustados. Es una mierda para el público, es una mierda para los cineastas y es algo desafortunado para la sociedad: la gente está siendo alimentada con cosas que no tienen sustancia”. Luego levantó los hombros y arqueó las cejas como si no hubiera nada que hacer al respecto. Pero sí que lo hay. Él lo está haciendo.

En el 2005, cuando escribió el guion bajo el pseudónimo Francis Fregoli, ‘Anomalisa’ formaba parte del Teatro del Nuevo Oído, un proyecto del músico Carter Burwell (compositor ‘ad eternum’ de los hermanos Coen, Spike Jonze y, todo hay que decirlo, la mente detrás de la banda sonora de la saga ‘Crepúsculo’) que montó tres obras en Los Ángeles, Nueva York y Londres en formato radioteatro, es decir, con música en vivo, efectos de sonido hechos a mano y los actores recitando sus líneas sentados a una mesa, detrás de  un micrófono. De hecho, Charlie Kaufman se había prohibido a sí mismo adaptar ‘Anomalisa’ al cine, porque le parecía que la experiencia solo podía atravesarse a oscuras, sintiendo con las orejas, hasta que Duke Johnson, codirector de la cinta, un tipo 20 años menor que él y venido de la televisión, le propuso hacer la película en stop motion y con marionetas.

Fotos: www.latimes.com, animatedshortfilms.net
Fotos: www.latimes.com, animatedshortfilms.net
Michael Stone lucha contra su incapacidad para conectarse con los demás.

Entonces, el autor de ‘El ladrón de orquídeas’ y de,  en todos sentidos grande y aún incomprendida, ‘Synecdoche, New York’, vio la oportunidad para aplicar dos de sus principios más radicales. 1) Tomar riesgos es mi trabajo, lo que estoy en la obligación de hacer. 2) Si lo que haces no tiene la posibilidad de fracasar, no estás haciendo nada nuevo.

Según la ‘Enciclopedia de esquizofrenia y otros trastornos psicóticos’ (gran título para una serie), el Síndrome de Fregoli es una especie de delirio monotemático, el paciente cree que todas las personas que lo rodean -todas, en cualquier lugar, en cualquier momento- son en realidad una misma: un individuo omnipresente que se disfraza para perseguirte. La enfermedad se trata con medicinas, en su mayoría, antipsicóticos, anticonvulsivos y antidepresivos.

En el comienzo de ‘Anomalisa’, Michael Stone, el personaje principal, toma una pastilla blanca mientras el avión en el que se embarcó en Los Ángeles se aproxima al aeropuerto de Cincinnati. Luego lee la carta de una persona que lo amó y a quien él abandonó hace más de 10 años; la carta no suena en la voz de Michael sino en la voz de otro hombre, y uno piensa que quizás Michael es homosexual pero igual se casó con una mujer y tuvo una familia y ahora, triste y arrepentido, ha vuelto a Cincinnati para recuperar a su verdadero amor o algo así. Pero no. La voz de la carta es la misma voz del tipo que está sentado al lado de Michael en el avión, la misma voz del recepcionista del Hotel Fregoli, la misma voz de la esposa de Michael y la misma voz de su pequeño hijo, porque todo el mundo tiene la misma voz.

Bastan unos pocos minutos dentro de la cinta para saber que el planeta Kaufman, por fin, orbita de nuevo alrededor de nuestros ojos. Michael Stone es el autor del ‘best-seller’ ‘¿Puedo ayudarte a ayudarlos?’, un manual para aquellos que trabajan en eso que se conoce como atención al cliente: quienes lo han leído dicen que los consejos de Stone han aumentado la productividad de sus empresas en un 90%. Pero Michael, claro, no puede ayudarse a sí mismo, es una persona profundamente deprimida, incapaz del asombro, casi muerta. Lisa, su más grande fanática, aparece como un rayo de luz: a ella le parece asombroso que Brasil sea el único país de Latinoamérica donde hablan portugués y su canción favorita es Girls Just Wanna Have Fun, el clásico ochentero de Cindy Lauper, “porque es una canción tan buena: quiero ser la que camina bajo el sol, esa línea define perfectamente quién quiero ser”. Lisa aún puede hallar belleza.

Michael y Lisa se conocen. Se toman varios tragos en el bar del hotel. La voz de Lisa no es la voz de los demás, es una voz nueva, es la única voz que Michael puede distinguir. La voz de Lisa es la promesa de una vida distinta. Pero Michael sigue siendo Michael, se ha quedado sin sustancia, y no hay mucho que pueda hacer al respecto.

*Editor adjunto de la revista Mundo Diners

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