El miedo como discurso y cohesión

Si la bonanza termina, el idilio entre el pueblo y su líder también se desvanece. Su relación se vuelve vertical



crojas@elcomercio.com   Carlos Rojas A. Editor (O) 14 Marzo 2015

Resulta obvio advertir -y quizás por ello también es irrelevante- que el deterioro económico de una sociedad incide de forma dramática en el ejercicio del poder.

 El descontento de la gente con los políticos que la gobiernan, porque llegó la austeridad forzosa, es un epílogo que se ha repetido una y otra vez en la historia contemporánea de América Latina. Y si antes eran los modelos neoliberales y fondomonetaristas los que terminaban en el repudio popular, el efecto desgaste pudiera estar ya rondando a los regímenes ‘progresistas’ del siglo XXI, acostumbrados a una década de buenos indicadores.

Tampoco es importante comentar en estos momentos, si aquellos líderes que conquistaron el poder bajo el guión de un rígido relato populista, están anunciando a las masas, con  honestidad, que la fiesta terminó. Lo primordial es ver cómo esos gobernantes mantienen cohesionado a ese sujeto llamado pueblo para garantizar, a como dé lugar, estabilidad política y vigencia simbólica.

Venezuela es el laboratorio sociológico de esa parte de América Latina que ya palpa de cerca la crisis. Y desde allí, el académico Luis Vicente León explica por qué el inefectivo presidente Nicolás Maduro decidió radicalizarse. 

Su tesis parte de la idea de que una de las principales amenazas para el Gobierno chavista es la sensibilidad social, por el acelerado deterioro de la calidad de vida de los venezolanos. Y si esa preocupación generalizada no se neutraliza a tiempo, la reacción en las calles puede ser incontrolable. Por eso, los militares de ese país decidieron tomar la iniciativa y dejar sentada, vía decreto, la amenaza de combatir con dureza cualquier conato de rebeldía.

Lo más seguro es que Maduro no querrá ver nunca un reguero de sangre en las calles, así esta venga -como lo dijo el embajador Roy Chardetón con tanto desparpajo- de los cráneos de los escuálidos opositores. Luis Vicente León explica que esta amenaza se teje bajo la conocida estrategia política que el pensador Giovanny Sartori definió como “la bóveda del miedo”.

Con su metáfora pretende explicar que así como todo el peso de una estructura de este tipo radica en las bases de piedra que la sostienen, el miedo puede generar un efecto coercitivo similar. Si las manifes­taciones auguran desenlaces violentos, para qué correr el riesgo de participar. Mejor nos quedamos en casa. 

Es posible que las marchas que se anuncian para este 15 de marzo en Brasil, por la corrupción del Gobierno del Partido de los Trabajadores y por la carestía que ya se siente en las clases medias y populares, sean detenidas con severidad. De esta manera, el Gobierno logrará sentar la disciplina bajo este tipo de sanciones ejemplificadoras. 

El miedo, el control, la aplicación de la ley... tienen poderosos efectos de cohesión en momentos de crisis. En el Ecuador, por ejemplo, se ha visto cómo las severas sanciones a estudiantes secundarios desactivaron las protestas callejeras. De igual manera, el Ministerio del Interior hizo público su afán de controlar cualquier intento de “especulación” por parte de empresarios y comerciantes, con los productos importados a los que les pusieron doble arancel. Ni qué hablar de los varios fallos judiciales en donde se condena la “injuria” de los políticos opositores o de los periodistas, para inmediatamente otorgarles el perdón. El objetivo no es la sanción en sí, sino el disciplinamiento. 

Sartori advierte que la estrategia de la bóveda del miedo no es exclusiva de regímenes dictatoriales. También la usan aquellos que hicieron gala de tener una relación horizontal con su pueblo, pero hoy se ven en la necesidad de ejercer el poder desde el verticalismo. Este cambio de coordenadas es una señal de que el discurso con el que el líder cohesionaba a su pueblo ya no tiene magia.

Estudiosos del fenómeno de masas, como el ecuatoriano Carlos de la Torre, advierten lo equivocado que es pensar que el pueblo -como sujeto político- carece de organización y que solo se moviliza cuando el carismático líder lo enamora.

Todo lo contrario. Las redes clientelares que se tejen en una sociedad en el ámbito político responden racionalmente a una serie de incentivos que el líder es capaz de ofrecer y garantizar. No solo son réditos materiales; también pesa la reivindicación simbólica de un orden social que siempre resultó esquivo para las masas.

El problema se da -y aquí cabe otra vez el ejemplo venezolano- cuando los repertorios simbólicos y materiales se agotan. Esas redes clientelares entran en crisis y entonces urge la puesta en vigor de la estrategia de la bóveda del miedo. ¿Cuánto tiempo puede durar? Aquí radica la gran duda.

 

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