Guayaquil, con acento italiano desde el siglo XIX

Desde 1840, los italianos han ­migrado al Ecuador, sobre todo a Guayaquil. Su huella se siente en casi toda la ciudad.



Elena Paucar (I) 13 Diciembre 2014

El Cavalliere Riccardo Descalzi Vignolo esbozó con su pluma el Guayaquil del siglo XIX. El ensayo ‘Gli Italiani all’Equatore’ (1930), escrito por pedido de sus paisanos Hermenegildo Aliprandi y Virgilio Martini, hace un recorrido por “il nuovo mondo” que los viajeros italianos descubrieron al atravesar el Atlántico, desmitificando la leyenda de El Dorado, todavía arraigada en la imaginación ­europea de la época.

La nostalgia por abandonar el puerto de Génova, región de Liguria, en el noroccidente de su país, se esfumó cuando las goletas arribaron a América. Era un viaje temerario, de 5 996 millas náuticas, rumbo a una ‘piccola Italia’ a orillas del río Guayas.

Los antepasados del historiador Alberto Sánchez Varas se embarcaron hacia esta nueva vida. Atrás -ilustra-, quedaron los conflictos de la larga y dolorosa Unificación de Italia, porque de este lado del mapa soplaban vientos libertarios, de independencia.

Un documento de octubre de 1820 recopila el aporte económico de los primeros italianos para las “urgencias de la Patria”, una evidencia de sus primeros pasos por esta ciudad, cuya ­extensión entonces no superaba una milla.   

Fotos tomadas del libro ‘Los  Italianos de Guayaquil’
Fotos tomadas del libro ‘Los Italianos de Guayaquil’
Adeodato Tabacchi Ciotti llegó del Perú para administrar el Banco Italiano

Sánchez incluso rescata la contribución italiana a la Revolución Liberal del general Eloy Alfaro, quien por Decreto  aprobó que extranjeros ocupen cargos públicos, firmó el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Italia y Ecuador y fue el primer Presidente ecuatoriano condecorado por el Gobierno italiano.

Los primeros integrantes de una de las colonias extranjeras más sólidas del país vivieron el esplendor del desarrollo, pero también la persecución. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) algunos migrantes italianos fueron ­parte de una lista negra en Ecuador, como evoca el historiador Sánchez.

A muchos se les confiscaron propiedades, se los acusaba de colaborar con los gobiernos de sus países -también con alemanes y japoneses-, algunos enviados a prisiones en el exterior y otros confinados dentro de todo el  país.   

Pero sus pasos de gloria comenzaron con solo 250 italianos, contabilizados por el Cavalliere Delcalzi en 1840. Ellos fueron los protagonistas de una nueva Guayaquil, que en ese tiempo no pasaba de los 16 000 habitantes.

Las páginas carcomidas del ‘Anuario Ecuatoriano’ (1933), de autoría de Delcalzi, conducen a ese pasado de incipientes tiendas que gestaron grandes importadoras e industrias, de sólidos bancos que transformaron caducos sistemas financieros de esos años, de la solidaridad que dio paso en 1882 a Societá di Beneficenza per gli italini Garibaldi. También fueron precursores de la aviación civil y militar, arquitectos que construyeron el nuevo rostro de la urbe, misioneros, educadores, que afianzaron el catolicismo, cálidos hoteleros, labradores de arte y cultura…

En el libro ‘Los italianos de Guayaquil’ (1998), la historiadora Jenny Estrada comparte las historias de ilustres italianos como Salvatore Loffredo Calabrese, promotor del arte y padre de la escultora Yela Loffredo; Bartolomero Tanca Zonza, padre del insigne médico Juan Tanca Marengo, fundador de Solca; el arquitecto Rocco Queirolo Pinasco, diseñador de la Casona Universitaria, el templo San Francisco y bautizado como precursor de la arquitectura moderna; y los hermanos Emilio y Giovanni Segale, fundadores de la primera fábrica de fideos y galletas La Universal; de los Tosi, Zunino y De Prati, creadores de importantes firmas comerciales.

La estampa femenina no quedó inadvertida. En ‘Herencia de Italia’ (2011), Estrada compila la trayectoria de 25 mujeres ítalo-ecuatorianas.

Colonia italiana
Colonia italiana
reunida en la Societá di Beneficenza Garibaldi.

Aurelia Palmieri Minuche, la precursora olvidada, abre el relato. En 1900, cuando la educación era solo un privilegio  de los hombres, obtuvo la licenciatura en Medicina. Su esfuerzo condujo a decretos históricos a favor de la mujer ecuatoriana, que se emitieron en el gobierno de Alfaro y que llevan su nombre.  

Su herencia de aliento impulsó a otras mujeres como Elena Valle Schennone, primera cirujana de Guayaquil (1926); Crisalia Lamboglia Gómez, primera fundadora de una industria gráfica; Resfa Parducci Zevallos, la madre de la Arqueología en el Litoral; y la destacada Clara Bruno Cavanna de Piana, la primera contadora pública, quien se encargó de la industria maderera de su padre, El Pailón, para luego administrar junto con su esposo la primera fábrica de aceites de semillas vegetales.  

Más allá de ejemplos extraordinarios de vida, la estela italiana sigue viva en obras monumentales. Con cincel e ingenio, los arquitectos mediterráneos dieron rostro al Guayaquil del siglo XX. Los nombres de artistas como Arnaldo Rufillo -construyó el Palacio de la Gobernación-, Francesco Maccaferri -el Palacio Municipal- y Paolo Russo -la Catedral Metropolitana-, están inmortalizados.

Y persisten hasta hoy en el recuerdo de relatos más refrescantes como el fútbol. Elclub Barcelona -pese a llevar el nombre de la ciudad española- fue integrado en sus inicios por una camada italiana: los Bardellini, los Moggia, los Cassinelli, habitantes del Barrio del Astillero, que se pusieron su camiseta.

Estas vivencias más cercanas están plasmadas en el libro ‘Lazos culturales: relatos sobre la inmigración italiana en Ecuador’, de la historiadora Estela Castañeda Macías, son narraciones coloquiales de los descendientes, fragmentos de la memoria de sus ancestros, fotografías envejecidas por la nostalgia.        

Aquí, el Cónsul Honorario de Italia en Guayaquil, Mario Canessa Oneto, evoca la venida de sus ‘nonnos’, Giuseppe Canessa Bozzo, ligure que con solo 20 años partió hacia Sudamérica; y Gerolamo Oneto Lertora, quien llegó a los 14 años a Ecuador; ambos respetados y reconocidos comerciantes.  

Sacrificio, aventura, incertidumbre, valor, esfuerzo, adaptación son algunos valores que Canessa ensalza de su linaje, un linaje que forjó al guayaquileño de esencia mestiza y que hoy deja sus rastros en más de 7 000 familias con raíces italianas. que viven en Guayaquil.

Tabacchi y el inicio de la banca

En 1923, con un capital de 2 millones de sucres, nace el Banco Italiano en Guayaquil. Era una filial de Banca Commerciale di Milano, perteneciente a un acaudalado banquero romano y que empezó a funcionar en las calles Pichincha y P. Icaza, en el centro de ciudad porteña, como recopila la historiadora Jenny Estrada en su libro ‘Los italianos de Guayaquil’.

Nueve años después, Adeodato Tabacchi Ciotti es enviado a Guayaquil para ocupar el cargo de gerente apoderado de la entidad. Dos años después se casa con doña Adalgiza Descalzi Gallinar, pionera del negocio de bienes raíces en la ciudad y quien además participó en el primer Miss Ecuador (1930), quedando segunda finalista. Ambos son los abuelos de la actual vicealcaldesa de Guayaquil, Doménica Tabacchi.
Con la Segunda Guerra Mundial, el Banco Italiano cambió su nombre por Banco Nacional. Y en septiembre de 1941 se convierte en
Banco de Guayaquil hasta hoy, como resume la historiadora Estrada.

La Previsora fue otro banco impulsado por migrantes  italianos. Tiene entre a sus precursores a Bettino Be­rrini, quien antes fue redactor de diario El ­Telégrafo. Junto con don Abel Castillo Guerrero constituyeron en 1919 la Sociedad Anónima La Previsora.

Estos bancos surgieron luego del éxito de la producción cacaotera en la Costa (1916). Guayaquil, en esa época, era la sede del movimiento agroexportador y concentraba el capital de prominentes hacendados. Algunos italianos agrupaban ahorros de hasta 500 000 sucres, como destaca la ‘Guía Comercial, Agrícola e Industrial de la República’, en 1911, publicada en tiempos de Alfaro.

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