114 años de laicismo, de la mano de los colegios normales

La creación de los Institutos Normales fue pieza clave en la cruzada del liberalismo por seculizar la educación. Uno de los impulsores fue José Peralta.



Susana Freire García* 14 Febrero 2015

A partir del triunfo de la revolución liberal en el año de 1895, liderada por el General Eloy Alfaro, se empezaron a implementar en el país, una serie de cambios a nivel político, económico y social, en medio de una álgida oposición por parte del sector conservador y clerical.

En este sentido, uno de los planteamientos que más controversia suscitó fue la secularización del sistema educativo. Para comprender a cabalidad los alcances de esta propuesta, es necesario entender el laicismo, no solamente desde el aspecto educativo, sino como un elemento clave del Ecuador de inicios del siglo XX.  

Fachada del Colegio Normal Juan Montalvo
Fachada del Colegio Normal Juan Montalvo
en Quito, ubicado en la zona de La Guaragua

La separación entre el Estado y la Iglesia, conllevó la promulgación de varias reformas legales como la planteada en la Constitución de 1897, en la cual se reconoció el respeto por parte del Estado de todas las creencias y manifestaciones religiosas. A esto se sumó la Ley de Patronato (1899), la Ley de Registro Civil (1900), la Ley de Matrimonio Civil (1902), la Ley de Cultos (1904) y la Ley de Beneficencia (1908).  Todas estas disposiciones legales, tuvieron por objetivo abonar el terreno, para la consolidación de un proyecto educativo laico, bajo el cual la escuela pública, sería la encargada de formar ciudadanos con una nueva visión de patriotismo, opuesto al sentimiento religioso.

Una persona clave

Uno de los hombres claves dentro de este proceso fue José Peralta, quien se desempeñó como Ministro de Instrucción Pública entre 1899 y 1901. Precisamente en el año de 1899, Peralta solicitó al Congreso la asignación de fondos para los Institutos Normales que proyectaba fundar en Quito, Guayaquil y Cuenca. En el año de 1900 fueron contratados en Chile, los norteamericanos Henry Williams como Director de la Escuela Normal de Varones, y las profesoras Alicia Fisher y Rosina Kinsman como Directoras del Normal de Señoritas. El rechazo social en la capital no se hizo esperar. Pese a la oposición, el presidente Eloy Alfaro, inauguró los Normales de Señoritas y Varones en Quito (que más tarde se llamarían Manuela Cañizares y Juan Montalvo respectivamente), el 14 de febrero de 1901.

Reunión social de profesores
Reunión social de profesores
del Colegio Normal Montalvo durante los años 30

A partir de este momento, el afianzamiento de la enseñanza laica, transitó por un camino muy difícil. Un reducido número de mujeres y hombres fueron los que se arriesgaron a formarse como maestros laicos. Y es que a principios del siglo XX, era prácticamente un crimen estudiar en un Normal, ya que quienes se arriesgaban a ello, eran considerados “masones, garroteros y espiritistas”. Al rechazo social se unieron las difíciles condiciones económicas, en medio de las cuales los Normales empezaron sus actividades.

Según el testimonio del maestro Carlos T. García (Quito 1888-1961), quien ingresó al Normal Juan Montalvo en 1904, una vetusta casa ubicada en el sector de La Guaragua, fue el espacio, en el cual maestros y alumnos, realizaban a diario sus actividades en el Normal de Varones. En el caso de las mujeres igualmente una casona vieja ubicada en la calle Guayaquil, sirvió como primera sede de enseñanza. Pese a esta realidad adversa, maestros y alumnos se aferraron al ideal laico. En este sentido, el aporte del pedagogo colombiano Manuel de Jesús Andrade, quien se desempeñó como Director del Normal Juan Montalvo entre 1904 y 1905, fue clave.

Como hombre experimentado, incentivó en los futuros maestros laicos aptitudes como la reflexión, la observación, la deducción y el objetivismo, en contraposición al dogmatismo y memorismo. Esta formación basada en la razón y experimentación, poco a poco fue dando frutos. En el año de 1905 se graduaron los primeros maestros normalistas del país: Luis Ulpiano de la Torre, Leonardo Ruiz, Lauro Dávila, Dositeo Gálvez y Julio C. Burbano, a los que se unieron las maestras del Normal Manuela Cañizares: Mercedes Noboa, María Luisa Cevallos, Isolina Viteri, Hortensia Barriga y Juana Barba.

Una verdadera reforma

Bajo la administración del pedagogo español Fernando Pons, quien se desempeñó como Director del Normal Juan Montalvo entre 1906 y 1908, se llevó a cabo una verdadera reforma en las áreas de pedagogía y metodología general. Esto a su vez se reflejó en las actividades académicas que desarrollaron los normalistas: sabatinas públicas, veladas literarias, revistas de gimnasia, etc., mismas que contaron con el beneplácito de un determinado sector de la sociedad quiteña.

Claro que esto a su vez también trajo consecuencias, como la serie de Cartas Pastorales que el Arzobispo González Suárez escribió en contra de la escuela laica.

Como respuesta a estos ataques, el pedagogo Pons publicó en 1907 la obra “Breves consideraciones sobre la educación laica”. Ahí decía: “la enseñanza laica tiende a ser la enseñanza de la verdad (…) se pretende hacer creer que es mala, y hasta se la ha comparado con la lepra (…) La escuela laica dicen los enemigos de ella, es la escuela sin Dios (…) Las escuelas laicas se proponen combatir el error, o lo que es lo mismo, enseñar la verdad: luego Dios debe estar con ellas”.

Con el transcurso de los años, más generaciones de maestros laicos, siguieron egresando de los Normales. Muchos de ellos, ejercieron el magisterio en distintos rincones del país, en medio del rechazo social, la pobreza y el poco estímulo gubernamental, sin embargo tuvieron como estandarte una mística, capaz de vencer los múltiples obstáculos propios de la época en que les tocó vivir y actuar. Y ahora cuando se cumplen 114 años de la creación de los Normales en Quito, vale preguntarnos qué hemos hecho, como sociedad y como ciudadanos, para preservar el ideal laico.

* Escritora e investigadora de temas históricos sobre todo vinculados a la ciudad de Quito.

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