No podríamos existir sin máscaras

La máscara o un juego de máscaras, más allá del objeto carnavalesco, nos significan y protegen como individuos en sociedad. Rodrigo Tenorio habla sobre ese ‘otro’ que nos oculta.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 14 Febrero 2015

En su espacio de escucha, ahí donde las máscaras se caen con el estrépito de lo cruelmente necesario, el psicoanalista Rodrigo Tenorio habla sobre ese objeto que en estos días colorea las comparsas. Pero es todo el concepto de lo que es la máscara, el que ocupa su reflexión y su tiempo. Por supuesto, para la charla, no podemos quitarnos nuestras propias máscaras...

¿Cuál es la función de la máscara?

Tiene muchas. Históricamente  su función era ocultar la muerte; de hecho las más antiguas han sido ubicadas en las tumbas. La máscara oculta el terror de la muerte, hace que el cadáver deje de aparecer como tal.  La máscara tiene poder de ocultamiento, por una parte, y de creación de la vida, por otra… hace que aparezca otro sujeto. La máscara te da otra identidad, la de la alegría eterna que hace desaparecer al ser en sí mismo. La máscara nunca va a revelar, lo contrario: ese ocultamiento perdura.

Entonces, la máscara no es una proyección…

No. Tiene la pretensión de incorporar más que de proyectar.

Más allá del objeto, la máscara cumple el  ‘yo es otro’…

Jung, por ejemplo, utilizó el tema de yo soy otro. Siempre estamos enmascarados: usted como periodista, yo de psicoanalista. Los títulos nos enmascaran, los trajes, el lugar donde vivimos… Siempre estamos enmascarándonos para que nadie sepa quiénes somos en realidad. El enmascaramiento tiene que ver con posiciones, lenguajes, actitudes sociales. El poder también enmascara; el poder es poder porque en la vida cotidiana necesita del enmascaramiento para ser tal… Nadie es poderoso con su propio rostro.

¿El poder puede convertirnos en la máscara?

El poder es peligroso porque obra desde el apoderamiento de la máscara por el sujeto, desde esa identificación absoluta.

¿Qué diferencia a las máscaras carnavalescas de las máscaras cotidianas?

En el Carnaval prima la máscara que incentiva el regocijo. Las máscaras cotidianas tienen que ver con el rol  que desarrollamos en un momento dado dentro de la sociedad: es un juego, no tenemos una sola, no son eternas y no están suficientemente adheridas a nuestro rostro. Fácilmente nos desenmascaramos  y aparecemos como cadáveres. Ese es el juego de la máscara y la realidad: la máscara no niega la realidad, la encubre. El problema social es que con frecuencia nos quedamos con la mirada en la máscara y estamos convencidos de que el sujeto es eso, cuando en verdad no es más que una apariencia.

¿La máscara permite vivir refugiados en nosotros?

No refugiados en nosotros mismos, nos permite estar con los otros. No es un refugio, es una protección; en el refugio te metes y cierras la puerta,  la máscara te permite salir, ir hacia los otros y llamarlos, buscar su mirada. La máscara está destinada a la publicitación de mi ser. Con la máscara salgo al mundo.

Salgo pero no siendo yo, sino una representación…

Cubierto con esto. Es como en las redes sociales: muchos están enmascarados.

¿Qué otro valor adquiere la máscara en la virtualidad  de las redes sociales, en la sociedad el espectáculo?

El valor de significación que damos al otro.

Rodrigo Tenorio
Rodrigo Tenorio
Psicoanalista, psicoterapeuta e investigador sociocultural

Se crean máscaras para mostrarse bien frente a la sociedad, pero ¿hay casos donde la máscara se construye desde lo abominable de nosotros mismos?

Es difícil que alguien quiera aparecer abominable, como es. Lo delincuencial es casi puro, ahí no existe mayor enmascaramiento; es demasiado trivial para la máscara.

¿El uso de máscaras nos iguala como individuos en una sociedad?

No nos iguala. ¿Qué máscara llevo? ¿Qué máscara llevas ? Tratamos de diferenciarnos y es ahí que se hacen las máscaras para cada quien. La máscara que es ocultamiento de mi realidad tiene que diferenciarme de los demás… Ellos tienen que mirarme y adorar mi máscara.

¿En la cotidianidad  existe la máscara neutra?

No. La neutralidad sería una contradicción de la máscara,  porque  la máscara es romper la neutralidad que yo podría representar en un punto; la máscara quiere ser reconocida.

¿Por qué la máscara va en el rostro?

Por lo dicho sobre la muerte. Si no miras, si no respiras, si no hablas… estás muerto. El rostro es la expresión de tu presencia en el mundo.

Por eso la ‘selfie’…

Construyen con su propio rostro una máscara que modela a sus pares y que en esa modelación consigue dos cosas: diferenciación y, luego, identificación. Esa unión entre los similares es parte de la identidad en un mundo donde la globalización nos ha dejado sin piso, con la necesidad de individualizarnos.

¿La máscara puede ser extensiva al cuerpo, al gesto, al lenguaje, a la ideología?

La máscara me representa en todo. Mi cuerpo se pone de acuerdo para seguir con la ideología de representación de la máscara. No puede ser solo el rostro, tiene que ir acompañado del resto sino habría una contraposición clara y sería demasiado carnavalesco.

¿Las palabras son máscara?

Sí. Ahí están discursos que hemos encontrado en personajes de la historia.

¿Qué ocurre entre la máscara y el fantasma?

El fantasma es la antítesis de la máscara: ella nos permite presentarnos a los otros, ocultarnos y aparecer; en cambio, el fantasma es lo que nos persigue. Al fantasma hay que ocultarlo, porque es debilidad, aniquilamiento del ser, conduce al abismo de muerte. El fantasma es lo instintual, el conjunto de deseos cuyos objetos no son socialmente aceptados y que nos persigue. La lógica del fantasma es la de la persecución y eso puede llegar a casos patológicos, a un proceso paranoico.

¿Y entre la máscara y el anonimato?

¿Cuál es anónimo? Batman  no es anónimo; lo es Bruce Wayne, pero para no ser anónimo necesita de una máscara y es reconocido en ella. Cuando Batman abandona su máscara tiene personas que lo quieren, pero ya no es Batman. No se sabe si es él quien tiene el poder o es la máscara la que otorga ese poder.

¿Podríamos existir sin máscaras?

No podríamos existir sin máscaras.

Y eso nos afirma como seres múltiples, simultáneos, no unidimensionales…

Nos permite ser ciudadanos de distintas maneras y formas, con habilidades y estrategias distintas el mismo día. Es juego.

A la máscara, ¿la escogemos o se nos impone?

Ahí viene mi profesión, si quieres te pones ahí (señala el diván, mientras suelta la carcajada). No sabemos cómo… Ahí viene nuestra historia, nuestros deseos, nuestro inconsciente. Nuestro trabajo es un desenmascaramiento y eso puede resultar cruel, no desde el analista sino desde el mismo proceso… El paciente puede pasar sesiones llorando, porque sabe que, de una u otra manera, se está desenmascarando ante sí mismo.

¿Al desenmascaramiento sucede una crisis?

Absolutamente. O se asume una posición cínica, de ‘cara de perro’, donde no importa nada, o hay un desbarajuste total. Peor si el otro nos desenmascara.

Pero,   igual, se busca  el desenmascaramiento...

Hay un momento en que en nuestra vida fallan nuestras máscaras… Caducaron, envejecieron, ya no nos significan…

¿Llevar máscaras nos hace hipócritas?

No necesariamente, un hipócrita lo es cuando nuestra máscara oculta nuestra parte perversa. Somos múltiples, no hay ese ‘moi même’, y eso nos permite vivir. Ahí no hay patología, la patología está cuando esa máscara está destinada a engañar, cuando elegimos engañar.

O cuando negamos  tener una máscara…
 
No sé si alguien pueda negarlo. Tal vez de boca para afuera, pero estaría poniéndose otra.

Rodrigo Tenorio

Psicoanalista, psicoterapeuta e investigador sociocultural. Realizó sus estudios en la Universidad Católica del Ecuador, en la Autónoma de México y en la Iberoamericana, también en México. Ha ejercido la docencia universitaria en centros de estudios del país. Asimismo ha desarrollado una veintena de investigaciones y publicaciones. Ha colaborado con medios de prensa escrita.

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