Gloria, ocaso, enfermedad y muerte de Libertador

Este trabajo tiene la prolijidad de analizar profundamente desde el punto de vista médico-científico la vida agitada de Simón Bolívar.



Amílcar Tapia Tamayo* (O) 14 Noviembre 2015

Al revisar los antecedentes patológicos de Bolívar, hallamos que durante su niñez y pubertad no se mencionan afecciones de índole física relevantes y cuando llegó a España, en su primer viaje a Europa en 1799 y con 16 años de edad, le refirió a un familiar estar ‘como en general llegan los suramericanos, robusto, vigoroso y ardiente’. Recordemos, sin embargo, que en su infancia sufrió graves traumas emocionales al quedar a muy temprana edad huérfano de padre y madre y que tuvo que vivir “de casa en casa” contra su voluntad porque él deseaba estar con su hermana mayor, María Antonia”. (p. 22)

Este trabajo, quizá el único en su género publicado hasta nuestros días, tiene la prolijidad de analizar profundamente desde el punto de vista médico-científico la vida agitada de  Simón Bolívar, en la cual la enfermedad fue su principal compañera y a la cual debió rendir tributo desde niño hasta terminar en su penosa muerte acaecida el 17 de diciembre de 1830, en la quinta de San Pedro Alejandrino, hace 185 años.

No podemos desconocer la gran cantidad de publicaciones  sobre la enfermedad y el fallecimiento del Libertador, así como los comentarios y estudios sobre el tratamiento ofrecido por el doctor Reverend, su médico de cabecera, a los cuales el autor pone singular atención. Con ello, Ignacio Ramírez, sin ser historiador ni tampoco afín a las ciencias sociales, ha logrado un magnífico trabajo a base de un minucioso estudio clínico de las etapas de sufrimiento patológico de nuestro prócer. Agrega una paciente observación de  las etapas de la vida militar y política y su incidencia en la evolución de su dolencia.

En cuanto a la iconografía del Libertador analizada por el autor, ésta no  revela imágenes que reflejen su estado de salud y menos su grave dolencia y enfermedad. Quizá la razón se deba a que, por lo menos cuando vivía Bolívar, sus edecanes cuidaban de que no se graficara su estado de salud, tal como lo afirma Luis de Orenes en su trabajo “Los rostros del Libertador” (Lima, 1910, BAEP). “Los generales y ayudantes de Bolívar jamás permitían que un pintor refleje el rictus de dolor provocado por su enfermedad, razón por la que no se ha podido hasta nuestros días encontrar un cuadro que hable por sí solo del grave mal que le aquejaba…” Por esta razón, Ramírez, con seguridad, cuando se refiere a los pintores, dice: “La habilidad de los artistas para captar el parecido de Bolívar, no siempre fue exitosa…No fueron muchos pintores los que pudieron pintar al Libertador del natural, ni todos fueron buenos pintores…” (p. 179).

Sin lugar a dudas, los cuadros de mayor originalidad sobre el rostro de Bolívar corresponden al francés Francois Desiré Roulin; al italiano Antonio Meucci; al colombiano José María Espinosa, quien fue llamado por el propio Libertador para que lo retratara, y al cuadro de tres cuartos que Alfredo Boultom identificó como “El retrato del pintor anónimo de 1826”, que corresponde al ecuatoriano Antonio Salas.

La razón para guardar el estado de salud de Bolívar fueron las críticas de generales y autoridades realistas, quienes no escatimaban esfuerzos para denigrar al Libertador. Cuidar su imagen  era imperioso  para lograr que las tropas libertarias tuvieran una idea positiva de su estado y condición.

Desde otra perspectiva, existen varios testimonios sobre el estado anímico de Bolívar. El cura Miguel Hernández, que misionaba en Monte Largo, cercano a Bomboná, en cuyo lugar tuvo una batalla en abril de 1821, afirma que “…la noche anterior a la batalla que se dio en este lugar, su Excelencia se hallaba muy decaído, demacrado, con fuertes dolores de cabeza y vómito continuo. Fui llamado para ofrecerle un poco de éter para calmar sus dolencias. Cuando llegué al lugar, lo miré por un instante y se hallaba pálido, desfigurado y de un genio poco amistoso. Se hallaba rodeado de sus generales y preparaban el plan de batalla. Apenas me recibió, me agradeció por el gesto y su edecán me prohibió comentar sobre el estado del general…Al otro día, luego de la victoria, pasó raudo por la placita y se le miraba rebosante de júbilo…” (Alfonso Benítez, El Bolívar que no conocemos, folleto, Imprenta de L. Ortiz, Bogotá, 1895, p. 8)  

Para 1820, aproximadamente, el inglés Hippisley, uno de sus tenaces detractores, dijo de él: “El General Bolívar es una persona de apariencia ruin, que representa unos cincuenta años aunque no pasa de treinta y ocho. Tiene unos cinco pies  y seis pulgadas de alto, es delgado, de tez cetrina, rostro alargado, con todas las señales de la ansiedad, de la cavilación, y casi de la desesperación. El pelo negro, atado con cierta flojedad sobre la nuca con una cinta, grandes bigotes, pañuelo negro al cuello, capote azul y pantalones azules…” (Luis de Orenes, Los rostros del Libertador, Lima, s/e, 1910, BAEP, p.54)

El 24 de julio de 1828, Bolívar cumplió cuarenta y cinco años, por lo que Perú de Lacroix, dice de él: “representa cincuenta. Su estatura es mediana; el cuerpo largo y flaco; los brazos, los muslos y las piernas, descarnados. La cabeza, larga, ancha la parte superior y muy afilada en la inferior. La frente, grande, despejada, cilíndrica y surcada de arrugas hondas cuando el rostro no está animado y en momentos de mal humor y cólera. El pelo crespo, erizado, abundante y canoso. Los ojos han perdido el brillo de la juventud…son profundos, ni pequeños, ni grandes; las cejas, espesas, separadas, poco arqueadas y más canosas que el pelo. La nariz, proporcionada. Los huesos de los carrillos, agudos, y las mejillas chupadas en la parte inferior..La barba, larga y afilada. El rostro moreno y tostado… S.E. no usa ahora bigote ni patillas.” (p. 58)

El autor del libro en referencia afirma que la causa de la muerte de Bolívar, signada desde el punto de vista médico, fue “tuberculosis pulmonar bilateral fibro úlcero cavernosa, con diseminación bronco neumónica. La coexistencia de laringitis (verificada clínicamente) y adenitis mesentérica confirman aún más esta evidencia. En relación con la enfermedad principal hubo una congestión y degeneración grasa del hígado y anemia secundaria. Las lesiones del pulmón, tanto por su topografía como por el aspecto morfológico no pueden corresponder a ninguna otra afección conocida. La descripción no es compatible con otra afección inflamatoria específica (como la micosis) o en específica (como un absceso pulmonar), ni con una lesión de tipo degenerativa o neoplásica”.

Tuberculosis pulmonar, insuficiencia suprarrenal crónica y compromiso meníngeo fueron las causas de la muerte del Libertador Simón Bolívar.

El libro y el autor

‘Los caminos del Libertador, gloria, ocaso, enfermedad y muerte’, de Ignacio Ramírez Aguirre (Quito, 1939). Médico cirujano especializado en Endocrinología y Medicina nuclear. Ex docente e investigador de la Universidad Central y de la Escuela Politécnica Nacional. Miembro de varias sociedades de Biología y Medicina y fundador del Organismo Nacional de Trasplantes de Órganos y Tejidos. Colaborador de 15 libros científicos y 83 trabajos de investigación. Ha recibido varias condecoraciones y ahora es miembro de la Confraternidad Bolivariana de América, Capítulo Ecuador. El libro recoge abundante material bibliográfico y gráfico.

*Doctor en Historia. Canciller de la Confraternidad Bolivariana de América, Capítulo Ecuador.

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