Necesitamos tanto a Barthes

A 100 años del nacimiento del semiólogo francés, precisamos de su mirada crítica y don escéptico, de sus lecturas y su escritura



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 14 Noviembre 2015

Para hacer de los textos cuerpos amados y abrazarlos. Para no sucumbir ante los terremotos que sacuden nuestros universos simbólicos. Para no comernos los cuentos de la publicidad y el espectáculo. Para que el pensamiento crítico gobierne nuestras formas de entender la vana cotidianidad del mundo. Para mirar en la fotografía el detenimiento del tiempo y la burla de la muerte. Para comprender enamoramientos y soledades... Necesitamos tanto a Roland Barthes.

A un siglo de su nacimiento -de frente al mar, ese mar de Cherburgo-  el ideario del pensador francés reclama un espacio más allá del ámbito académico, del ensayo gris y espeso. Si bien en sus inicios Barthes fue un marginal de la academia, sus días finales los caminó entre los corredores del Collège de France, casa máxima de la intelectualidad gala. La ‘Lección Inaugural’ que dictó en ese centro, en 1977, se hizo lectura universitaria obligatoria en la áreas de comunicación y de humanidades. La misma suerte corrieron ‘El placer del texto’, ‘El grado cero de la escritura’, ‘La cámara lúcida’.

Con esos y otros títulos, la semiología que tronaba aterradora desde los libros y las fotocopias sobre los pupitres, convirtiose en el ‘modus vivendi’ que sacudía perezas del estudiante y lo ubicaba -escéptico y crítico- a leer las estructuras que lo rodeaban y a descreer de la intención del autor, de esa Fenomenología del Ego.

Con su estilo, entre el relato y el tratado, Barthes enseñó a desconfiar de los discursos... Toda clase de discursos: los que se pronuncian con el falso vigor de la política, los que imponen valores a la sociedad desde los mitos contemporáneos, los que se apropiaron de imágenes para sumar intereses, los que habitan los sótanos de la literatura, del cine, de la escena.

Barthes empujaba con fuerza la circulación de ideas, con fuerza hasta romper las fronteras de lo erudito y calar en las expresiones de la cultura popular. Si alguien consideró a las revistas de moda, a la lucha libre, al comercial de detergentes, al rostro de la ‘celebrity’, a algún modelo de automóvil, al ‘streptease’ y a la cocina como superficiales manifestaciones mundanas, él las interpretó como una red de signos. Leyó... Analizó aquellas representaciones que difundían los mensajes impuestos por el capitalismo y los caprichos del consumo ‘pequeño burgués’.

Si usted -lector- no gusta de esos términos heredados del marxismo y tamizados por Sartre, con los que se expresaba Barthes, no huya de sus textos, úselos para develar los mitos de hoy, para encontrar el sentido que construye el hecho de estos días salvajes y veloces. Haga de ‘Mitologías’ (1957), basamento de la crítica cultural,  lectura de autobús y banca de parque, e-book y video viral, para -precisamente- desconfiar de las formas que componen esos mismos lugares, esos mismos medios, y para  deconstruir los sistemas que se imponen sobre nuestro ser y nuestros roles.

Ese es el espacio que reclama la escritura bartheana, ahora: las calles del día a día -multiplicadas por las conexiones y más pantallas-. Allí, en el todo cotidiano, existe la tarea de desmitificar esa colección de creencias ampliamente sostenidas que explican los valores de la sociedad. Allí podemos no asumir los mitos como rutinas naturales y universales en tiempos de la revolución hecha camiseta, de ‘smartphones’ como suplementos de identidad, de ‘progres’ redentores con las armas de la fe, de la existencia puesta en escena como ‘reality’ o de la felicidad contada en ‘likes’.  Y por supuesto, siguiendo la misma senda de Barthes, aceptar lo heredado con el compromiso de violentarlo, de romper tradiciones.

Con ensayos de formas breves y fragmentación, la transmisión del pensamiento de Barthes (de esos textos también creados -no por el sujeto físico- por una multiplicidad de conciencias, culturas, ideas, pensamientos, filosofías, experiencias e ideologías) es inteligible. Más aún cuando su mirada da tanto valor a los marcianos de la ciencia ficción y al bistec con papas fritas, como a la tragedia griega. Tal estrategia acerca al lector y lo despierta para interpretar y dar sentido, para ser también autor -la lectura como modelo de libertad y de creatividad-; para perder la inocencia y ejercer la crítica, no como poder, sí como función.

Ciertamente, no es fácil, pero de alguna forma hemos de justificar ser animales pensantes. Para conseguirlo, quizá, debamos estar enfermos como él, como Barthes, quien tuberculoso y fumador empedernido, declaraba que su verdadera enfermedad era ver el lenguaje.  Ver el lenguaje: comprender el entorno como signos susceptibles de manipulación y transformación, tomar lo que nos fue impuesto por convención y provocar fracturas irreversibles con ello.

Si en la lectura, Barthes seguía líneas psicológicas, psicoanalíticas, temáticas, históricas y estructurales; cuando la volcaba a su escritura también mediaba su experiencia y, de esta manera, dos orillas distantes, la del escritor y la del lector, convergían en su perspectiva y enunciación. Liberado de imposturas, mezclaba los lenguajes, se hacía él mismo medida del saber fotográfico (tal es
‘La cámara lúcida’, notas sobre la fotografía, pero obra de duelo por la madre muerta) y, aunque siempre estuvo en su lenguaje el placer y la perversión, con ‘Fragmentos de un discurso amoroso’ se fue hacia lo íntimo y hacia el cuerpo, hacia lo radical y trivial del sentimiento.

Su escritura -no podía ser de otra manera- es una escritura abierta. En ese sentido, las cosas que permanecen tras la muerte de Barthes  (con camión de lavandería y un cuerpo echado sobre la calleja, absurda) piden ser leídas. Requerimos la función de la crítica cultural. Sí, necesitamos tanto a Barthes.

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