No hay nada que sea más humano que el suicidio

La escritora colombiana Piedad Bonnett estuvo esta semana en Quito para el festival de poesía Paralelo Cero; entre sus múltiples citas se dio un momento para hablar del suicidio, al que conoce de cerca.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora 13 Junio 2015

Poeta destacadísima. Profesora universitaria. Dramaturga. Esposa de Rafael. Ganadora del premio Casa de América de poesía americana. Conversadora excepcional. Madre  de Renata, Camila y Daniel. Piedad Bonnett, madre de Daniel; el hijo que la enfrentó al dolor que no tiene nombre: el de su muerte. Por suicidio.

En el recibidor de un hotel quiteño, una tarde gris, Piedad habla del suicidio. Un acto que no tiene explicación, o sí, como ensaya en la página 118 de su libro ‘Lo que no tiene nombre’, en el que trata de encontrar sentido al suicidio de Daniel: “Por orgullo /por rabia /por miedo /por falta de fe en sí mismo /por valentía /por vergüenza /por cortesía con los demás /por enajenamiento /por desesperanza /por desencanto /por odio a sus propias elecciones /por frustración /por amor a la pintura /por odio a la pintura /por dignidad /por terror al fracaso /porque, como dice Salman Rushdie, ‘la vida debe vivirse hasta que no pueda vivirse más’”.

¿Quién es un suicida?
En esa pregunta de quién es un suicida pareciera establecerse la diferencia entre nosotros, que queremos vivir, y esas personas que deciden morir. Como han dicho los filósofos, no hay acto más humano que el suicidio. No hay en la vida una cosa más definitiva y más compleja y más verdaderamente humana que el suicidio.

¿Por qué?
Porque no se sabe de otras especies que de verdad se suiciden. Cuando dicen que las ballenas se suicidan, a veces en manada, pues son fenómenos físicos los que inciden en eso. Pero cuando un ser humano se suicida, por más perturbada que esté su mente, hay siempre una conciencia de lo que se abandona. Eso yo lo investigué bien con los psiquiatras; aun el suicida que procede por impulso ha concebido mucho antes la idea y la posibilidad.

¿Todos somos potenciales suicidas?
Todos. Los que menos riesgo tienen son quienes tienen creencias religiosas muy acentuadas, que piensan que solo Dios puede determinar la muerte. Pero yo creo que no hay nadie que en algún momento no haya tenido la fantasía de no vivir más.

¿Por qué se abomina del suicida o de quien ha intentado suicidarse?
Creo que hay dos cosas de fondo. El miedo a que nosotros mismos pudiéramos pasar por esa alternativa. Pero también  por una cuestión cultural muy fuerte que tiene un arraigo religioso. Yo no veo que uno se pueda aterrorizar simplemente reflexionando sobre la naturaleza humana; es una posibilidad más, de entre muchas.

¿Este deseo no va contra el instinto de conservación?
Sí, claro. Eso es lo que es interesantísimo del suicidio. Hay un libro, que cito en el mío, de Jean Améry, que dice una cosa muy interesante: Cuando un hombre pasa esa línea del instinto de conservación, la pregunta que nos debemos hacer es si es más humano o menos humano en ese momento.

O igual de humano.
En todo caso, es una circunstancia que nosotros desde la imposibilidad o el no deseo del suicidio ni siquiera podemos juzgar. Pero él dice también una cosa muy interesante, porque él fue un suicida que falló y que luego sí se suicidó; él dice que apenas se toma la decisión hay una tranquilidad, una paz.

Porque finalmente ya tiene control sobre algo.
Sí, un alivio enorme porque decidió ya. Y yo he hablado con algunas personas que intentaron suicidarse, porque es uno de los ejercicios que he hecho, y lo que me dicen es que el estado de perturbación emocional es tan grande que ya solo se ocupan de los pequeños detalles. Conocí un chico joven que se tiró de un puente y él me contó que lo único que de verdad le interesaba era no quedar vivo; que quedó. Pero él lo que estaba era buscando la parte más alta del puente.

Preocupado de lo técnico.
Sí. Lo demás estaba resuelto en su interior. Cómo no nos va a conmover ese paso que va más allá del instinto de conservación.

¿Qué le pasaría a la sociedad si dejase de hacer del suicidio un tabú?
El camino que se supone que hace la civilización es un camino de humanización y sobre todo de apertura a lo distinto. Por eso hemos tratado de desterrar la homofobia, por eso hemos acabado con la pena de muerte, por eso estamos en luchas para no discriminar a lo distinto. Y dentro de ese terreno entraría el respeto por el suicidio, el respeto por la eutanasia.

¿Seríamos más civilizados?
Esa es la palabra. Civilización es tolerancia e intento de comprensión de la circunstancia del otro. En el caso del suicidio pues sería lo mismo: respetar y comprender.

Uno de los epígrafes de su libro dice que el suicidio es una confesión de fracaso, ¿lo es?
Sí.

Ese fracaso ¿a qué se refiere, es algo más interior?
Yo creo que la gran pregunta que se hace el suicida es: ¿vale la pena vivir así? Hay gente que se suicida porque empobreció o porque no tiene un amor. Decide de acuerdo con su propia tabla de valores. Es desde ahí que se hace esa pregunta.

Dentro de su circunstancia atormentada, evidentemente para esa persona no vale la pena vivir.
Ahí es cuando uno se pregunta si un suicida es un valiente o un cobarde. Si eso es una huída o un acto de valentía para entrar en un mundo desconocido.

¿Y usted cree que el suicidio tiene algo que ver con la valentía o la cobardía?
Creo que a veces el suicidio lleva incluida la valentía. Por ejemplo, alguien como Salvador Allende que se pega un tiro para no perder la dignidad, para no terminar en una cárcel.

¿Es posible encontrar algún tipo de alivio en el suicidio de un ser querido?
Sí, totalmente. Yo creo que es mucho menos penosa la aceptación de la muerte por suicidio de alguien a quien uno ama mucho, que la aceptación de la muerte por una enfermedad atroz en la que el sujeto no tuvo nada que ver. Porque si a un hijo mío le da un cáncer y lo lleva a un sufrimiento terrible y yo tengo que aceptar que la vida se lo llevó, creo que me rebelo más que frente a un chico que decide que esa es una alternativa. Porque al fin y al cabo fue libre hasta el último minuto. A mí esa muerte, pues siendo tan triste como puede ser, me ayudó a aceptar. A mí me duele el sufrimiento que tuvo en la vida, pero la decisión de la muerte la respeto profundamente.

Améry también dice que cae un velo sobre la vida del suicida, ¿es preferible que el velo quede así caído o que se lo descorra?
Hay mucha gente a la que le gusta vivir con el velo corrido, a mí no. A mí me gusta siempre descorrer los velos y me parece que eso tiene que ver con mi oficio. Cuando un escritor está ocultando es para que el lector se pregunte cosas muy hondas, pero no quiere decir eso que uno no se duela profundamente de lo que esconde el velo. Porque el velo siempre esconderá algo y, a menos que sea un suicidio programado, la gran pregunta frente a la persona que uno amó y se suicidó es qué dolor profundo sintió, en quién pensó. Son las preguntas que nunca podrás descifrar.

En inglés se dice cometer suicidio, como se dice cometer un crimen, ¿por qué?
Bueno, porque es alzar la mano contra uno mismo. Porque es matar, ¿no? Es matar lo que uno más quiere, que es uno mismo. Por eso es un hecho de una magnitud tan impresionante.

En algún lado leí que un suicidio no tiene tanto que ver con el deseo de morir como con la necesidad imperiosa de detener el dolor. ¿qué cree usted?
Que es así. Lo increíble del suicidio es que sobre eso a lo que le tenemos terror, que es desaparecer y caer en un universo de oscuridad en el que no sabemos qué hay, impere la necesidad de salvarse de un dolor.Eso es… Es decir, cómo no ser comprensivos con el suicidio después de hacer esa reflexión.

Piedad Bonnett
Amalfi, Antioquia, Colombia (1951). Es una de las voces literarias más potentes de su país; ha publicado ocho libros de poemas, cuatro novelas, una memoria (‘Lo que no tiene nombre’) y cinco obras de teatro. Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, sueco, griego y portugués. Ha ganado varios premios, entre ellos el Casa de América de Poesía Americana (2011) y el Poetas del Mundo Latino (2012).

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