La guerra española dejó su huella en el Ecuador

La instauración de la República en España en 1931 cambió la actitud de muchos creadores ecuatorianos hacia ese país. La Guerra Civil dejó huellas en varios escritores de entonces.



Por Niall Binns* 14 Junio 2014

Algo cambió en las relaciones entre España y sus antiguas colonias a partir de 1931. El abandono del país del rey Alfonso XIII y la instauración de la Segunda República impulsaron a España hacia la modernidad y dieron lugar a un nuevo trato con los países hispanoamericanos: en términos de igualdad, fraternidad, y sin el paternalismo y las tensiones de antes.

La nueva Constitución llegaba a ofrecer la ciudadanía a los hispanoamericanos y los brasileños “cuando así lo soliciten y residan en territorio español, sin que pierdan ni modifiquen su ciudadanía de origen”. Por otra parte, muchas de las reformas ensayadas por la República —reforma agraria, mayor control del estado sobre el ejército, limitación de los poderes religiosos, reforma educativa— permitían que España se convirtiera, en una década de enormes dificultades socioeconómicas, en un modelo democrático para la izquierda y para muchos liberales de Hispanoamérica.

Al mismo tiempo, previsiblemente, la República fue observada con recelos y como un modelo pernicioso y potencialmente peligroso por parte de conservadores y católicos. Estos entusiasmos y fervores, por supuesto, se magnificaron después del 18 de julio de 1936.

Unos pocos ecuatorianos vivieron en carne propia la guerra, y surgieron de sus experiencias testimonios apasionantes: es el caso, por ejemplo, del brigadista internacional y futuro político Carlos Guevara Moreno, del jesuita Carlos Vela Monsalve y del gran novelista de Guayaquil Demetrio Aguilera Malta, que publicó tres libros sobre el conflicto: la novela ‘¡Madrid!’,  ‘Reportaje novelado de una retaguardia heroica’ (1936), la obra de teatro ‘España leal’ (1938) y el ensayo ficcional ‘La revolución española a través de dos estampas de Antonio Edén’ (1938).

Ahora bien, no hacía falta ser testigo directo de la guerra para sentirla con dolor, con pasión y con una virulenta indignación. Se trataba, como tantas veces se ha dicho, de la primera guerra mediática de la historia.  Las brutales imágenes divulgadas por los diarios y el cine, así como las voces de los protagonistas transmitidas por la radio, permitieron que los acontecimientos de España se viviesen, en Ecuador y toda América, como si fuese en carne propia.

La tragedia española, decía  en ‘El Día’ Alfredo Pérez Guerrero, era “tragedia nuestra”. Muchos escritores hicieron hincapié en la intensidad del dolor que les inspiraba la guerra: “Aquí estamos, con la oreja apegada a la tierra, / oyendo cómo tiemblas”, escribió Alejandro Carrión en su poema ‘Aquí, España nuestra!’, mientras que en ‘España de los trabajadores’, de Manuel Agustín Aguirre, la sangre de España “empapa los insomnios de estas noches de plomo”. Aurora Estrada y Ayala, en un poema dedicado a las madres de los niños muertos en los bombardeos aéreos del general Franco, hablaba del “sabor amargo” en la boca, de una “angustia sin palabras” y del llanto que “hoi vuelve a cavarnos surcos en la cara, / más amargo y ardiente, / más corrosivo aún, / porque el martirio de vuestros hijos / nos hiere en la raíz de la Vida / i golpea en nuestra sangre de trabajadoras!”.

Ese dolor se convertía a veces en compasión, pero también en rabia contra el enemigo, contra los perpetradores de tanta destrucción. Algunos, como el cuencano G. Humberto Mata, cargaron las tintas de su sarcasmo contra el enemigo “fascista”, mientras que los intelectuales simpatizantes de Franco –entre ellos, figuras de la Colonia española de Guayaquil– aprovechaban las sucesivas derrotas de la República para regodearse en una ironía despectiva. Felipe V. Carbo veía el optimismo republicano -a pesar de tanta derrota- como un modelo terapéutico para los neuróticos y los “candidatos al suicidio”, mientras que el hombre de Franco en Ecuador, el ingenioso marqués andaluz Alfonso Ruiz de Grijalba, se reía con sorna del desafiante eslogan “¡No pasarán!” al ver cómo huían, primero de Madrid y luego de Barcelona, los dirigentes republicanos.

Entre los intelectuales ecuatorianos que apoyaban la República latía una sensación de impotencia. ¿Para qué servía, hasta qué punto cambiaba las cosas tanta palabra suya de adhesión, tanta grandilocuencia? A fin de cuentas, aseveraba Jorge Reyes, “permanecemos orondamente acomodados en nuestras habitaciones, mientras los bandidos fascistas asesinan mujeres y niños de España. No tenemos el sentido ni la conciencia de nuestra responsabilidad” .

Con o sin mala conciencia, lo cierto es que fueron muchos los escritores que se comprometieron intelectual y emocionalmente con la guerra española –casi siempre con la República– y sellaron su fervor en encendidos crónicas, artículos y poemas.

“España había vuelto a ser nuestra”, titulaba Benjamín Carrión una antología de homenaje de dieciocho poetas y seis artistas plásticos y así nombró Alejandro Carrión un breve libro, también de 1938: “¡Aquí, España nuestra! Tres poemas en esperanza y amargura”.

Resulta curioso ver cómo tres de los poetas que escribieron sobre España hacían hincapié, desde una perspectiva declaradamente negra o mestiza, en la superación de un odio secular iniciado con la Conquista y en una nueva unión, forjada en la lucha común contra el fascismo: así tenemos al poeta esmeraldeño Nelson Estupiñán Bass ofreciendo a España “con el machete en alto, / el saludo del negro ecuatoriano que siente que en su carne se escribe tu tragedia”, y al guayaquileño Enrique Gil Gilbert afirmando que “este hombre que te odiara cinco siglos en mi sangre, / hoi  te dice por vez primera con voz de compañero: / Buenos días, Madrid!”.

G. Humberto Mata reconoce que “os odiaba fuertemente, con sangre de indio y puma, / a Vos, Señora España de corona y de cetros”, pero ahora España se ha convertido en “compañera, miliciana mujer del triunfo y del clarín”.

La sincronía emocional -a pesar de la distancia geográfica- se había vuelto ahora estrechísima: “El chorro de tu sangre desemboca en mi aorta / y soy tuyo: / indio tuyo, blanco tuyo, / miliciano prisionero en la línea ecuatorial del mundo”.

Este reencuentro con España, con la joven España republicana, duró poco. Se anuló brutalmente con la victoria de Franco en abril de 1939.

* Poeta británico que reside en España. Profesor de Literatura Hispanoamericana  en la U. Complutense de Madrid. Autor de ‘Ecuador y la guerra civil española’  publicada el 2013.

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