El cosmopolita respeta al otro

Habitante de ciudad pequeña, con horizontes amplísimos: así es el escritor Jorge Dávila Vásquez. Sus lecturas y viajes lo han llevado a ser ciudadano del mundo; persona idónea para pensar el cosmopolitismo.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora 15 Noviembre 2014

El azar lo llevó a graduarse de contador. Pero su voluntad férrea y su vocación de “contador de cuentos” le ayudaron a ganarle el pulso al destino y convertirse en escritor. Jorge Dávila Vásquez se ha inventado a sí mismo y ha reescrito una vida que ya estaba lista para salir a imprenta (habitante de ciudad chica, contador, empleado bancario) por la que su imaginación y enorme sensibilidad le han dictado (esteta, viajero, teatrero, doctor en literatura, poeta, narrador,  cinéfilo, lector impenitente...).

La amabilidad que lo habita, lo desborda. Así como a veces sucede con el río Tomebamba, que se puede ver desde varias ventanas de su casa. Junto a ellas están sus orquídeas, esas a las que cuida con primor, a las que llama “mi selva”.

De humor finísimo y trato encantador, se desvive por atender a quien lo visita. Por eso, esta entrevista sobre cosmopolitismo termina con él ayudando a desarmar su casa para la sesión de fotos, y un par de manzanas y una bolsa de aros de cebolla (aunque él insiste en que sea arroz con pollo y ensalada), sobre la mesa de centro, para saciar las hambres atrasadas que, a veces, imponen las jornadas periodísticas.

Usted es: ¿cuencano, ecuatoriano o sudamericano?
Esencialmente soy cuencano, pero no tengo ningún problema adonde voy, porque me siento ser humano principalmente. Entonces me da igual estar en París, en Buenos Aires, en La Habana, en donde sea, porque estoy cómodo…

¿Qué es lo primordial para  ser ciudadano del mundo?
Tratar de entender cómo son los otros. Porque si uno espera que le entiendan a uno, se va a pasar la vida entera esperando.

O sea que se trata de tener una mente bien amplia.
Abierta. Y una capacidad de adaptación. En eso, Dios me ha bendecido y yo he tenido una inmensa capacidad de adaptación y mi mujer igual.

¿El  cosmopolita  no  se  queja?
No, de nada.

¿Qué es lo opuesto a una actitud cosmopolita?
Es esta actitud provinciana: en mi casa yo me levanto a tal hora; yo no estoy acostumbrado a comer estas cosas; esto no me gusta, lo otro no me gusta; esta ciudad tan grande me desorienta; qué fea la gente extraña…

¿Cómo se puede uno formar una mente cosmopolita viviendo en un lugar pequeño, como era Cuenca hace 50 años?
Lo primero es la lectura, que te da una comprensión de ­cómo es el mundo; sea a través de la literatura, sea a través de la historia.

¿Segundo?
El cine ayuda enormemente. Cuando tú vas al cine mucho, como yo lo hice desde que tenía 5 años, y luego vas a una gran ciudad, dices: eso ya lo vi.

De alguna manera uno ya está aclimatado.
Sí, es el famoso déjà vu del que se habla tanto.

¿Es necesariamente un cosmopolita aquel que tiene el pasaporte lleno de sellos?
No, porque hay gente que tiene el pasaporte lleno de sellos y siente una especie de alivio de volver a su casita, a su comidita, su camita (se ríe). Si te pasas extrañando todas esas cosas, nunca te vas a hacer al sitio en el que estás. Yo me guío siempre por ese viejo dicho que los mayores decían, y con razón: al lugar donde fueres, haz lo que vieres. No puedes querer ir a comer cuy en Rusia. Hay gente que vive de esa nostalgia.

Y los extranjeros que viven ahora en Cuenca, ¿no tienen un poco esa actitud?
Yo creo que sí, porque no ­acaban de acoplarse.

En Cuenca ahora hay muchos más locales de pizzas y hamburguesas, ¿no?
Es que vienen acá y ellos sí mantienen sus costumbres. Son muy pocos los que se integran. Ellos siguen comiendo su pizza, su hamburguesa

Describa al cosmopolita antiguo, el del siglo XIX, por ejemplo, y al del siglo XXI.
El cosmopolita del siglo XIX iba a copiar. Llegaba e inmediatamente cambiaba de forma de vestir; era el petit maître que asimilaba y lo hacía muy bien.

¿Y el cosmopolita de hoy?
Qué te diré. Porque hoy las mismas cosas se hacen aquí, en la China o en la Cochinchina. Te vistes igual, hablas igual, te peinas igual a todos.

Es un mundo más propicio para el cosmopolitismo.
Sí. Primero por la facilidad de los viajes, que es mucho mayor que antes. Ojalá caigan las visas para que la gente pueda viajar; es bueno que la gente viaje.

¿Cómo beneficia al mundo en general esta circulación?
La gente rompe el cascarón  y se da cuenta de que hay un mundo digno de ser visto y conocido. Y respetado.

¿Cómo se distingue al verdadero cosmopolita del ­falso cosmopolita?
El verdadero cosmopolita es el que cuando llega a un sitio se siente a sus anchas; el que toma un plano de la ciudad, y dice: me gustaría ir a tal parte, esto no me interesa, el que busca, escoge. En cambio el falso  es el que se va a Europa y hace 23 ciudades en tres semanas. Entonces, luego empieza a ver las fotos y dice: “A ver, esta es Venecia… no, no, parece que es Ámsterdam. ¡No, espérate, parece que es Brujas!”.

No tiene ni idea.
Exacto, porque no ha estado en realidad en esas ciudades. Es como en esa película con Suzanne Pleshette que dice: Si es martes, debe ser Bélgica. Eso pasa con estos viajes relámpagos. Las agencias de viaje te convencerán de que has llegado a un alto nivel de cosmopolitismo, pero realmente no.

Enumere 3 o 4 valores del cosmopolitismo.
Primero, te abre la mente al mundo. Otra cosa muy importante es que te pone en contacto directo con elementos culturales que tú solo conocías de oídas o de vista. Otra cuestión que es clave es el contacto humano. Luego están los aprendizajes, en cuanto a la cocina, a la forma de ver el mundo, al arte… esas posibilidades solo te las da el viaje. Y el bagaje que haces para volver, que no es material sino espiritual: la memoria de los sitios en los que estuviste, las personas a las que conociste, los espectáculos que viste.

¿El cosmopolitismo implica una postura ética?
Fundamentalmente el respeto al otro. Tú ves en el otro a un ser humano con características que a lo mejor no son las tuyas, pero que necesitan las mismas dosis de respeto que las tuyas.

¿Quien nace en ciudades cosmopolitas es per sé un cosmopolita?
No. Hay gente tremendamente provinciana en esas ciudades. Nacer en una gran ciudad no implica que esa gente vaya a incluirse en su cultura.

¿Juntar en un mismo territorio a gente de muchas nacionalidades hace que ese lugar sea cosmopolita?
No. Fíjate que a veces hay una especie de amontonamiento humano. Pienso en ciudades como Nueva York, donde vive gente de todas partes del mundo, que sigue manteniendo sus formas de pensar y de vivir.

Guetos literales y mentales.
Sí, son guetos. Ahí están los ‘Chinatowns’.  Ya ves que hay barrios chinos en todos lados.

¿Se puede ser cosmopolita sin viajar, sin moverse del lugar de nacimiento?
Yo tengo la teoría de que sí, y hasta he escrito cuentos sobre eso. Es el viajero inmóvil, que porque ha leído mucho sabe cu{anto mide tal torre en tal lugar.

 

Jorge Dávila Vásquez

Nació en Cuenca en 1947. Su primera formación fue como contador, pero a los 24 años empezó a estudiar Humanidades; ya luego se doctoró en Filología (que es como se llamaba Literatura en esa época), en Cuenca. Estudió teatro un año en Francia. Acaba de jubilarse de profesor; dio clases en la Universidad de Cuenca, la del Azuay, la Andina, en Quito. Ha publicado 40libros.

Quiteñómetro

Volver a una ciudad apacible

Franklin Lucero
Franklin Lucero
Es uno de los pintores que exhibe su obra en El Ejido.

Sus cuadros no solo se inspiran en la ciudad, son parte del paisaje de la ciudad. Franklin Lucero estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Central, se graduó en 1969. Desde el colegio esperaba con ansias las clases de trabajo manual. También es uno de los precursores de la Asociación de Pintores de El Ejido. Desde 1985 ha pintado unos 30 000 cuadros en miniatura de diferentes rincones de Quito.

Lo que me gusta de la ciudad
Es la ciudad que me vio nacer. Pero a esta ciudad la hace su gente. Es un espacio hermoso, sin embargo es un paisaje que sin esa
gente sería solitario; si no estuviera presente su cotidianidad, el ir y venir. Los capitalinos son soñadores, personas que quieren a la ciudad. Claro que hay altos y bajos y hay imágenes que duelen. Como la gente en la calle.  En Quito lo que más me ha cautivado son los rincones, en cada sitio, en cada sector. Ese sabor antiguo, de más de 500 años de historia. Es una ciudad a la que hay que abrigarla, para que no se muera de frío.

Lo que no me gusta
Lo que no me agrada es que hay ocasiones en las que los capitalinos somos indiferentes y eso se puede palpar. A veces no nos importa cómo esté el resto de la gente o las condiciones del entorno. Esas acciones provocan dolor, tal como duele ver a alguien botando un papel en la calle. En mi diario vivir,  lo primero que hago es ver por la ventana, si salió el sol, si lo hizo me pongo alegre y voy al Centro de la urbe, pero me encuentro con niños que trabajan en las calles y mendigos. Ese Quito todavía no lo he pintado, he pintado el Quito bonito que todos quieren ver. Pero lo voy a plasmar.

Lo que cambiaría
Es difícil decir qué cambiaría. Pero empezaría por hablar de lo contrario:  no quiero que cambie la cuestión tradicional. Quisiera, como cuando era niño, bajar al estadio de El Arbolito, pero ahora ese espacio ya no existe. Quisiera que Quito vuelva a ser lo que era: con silencio, tranquilidad, gente apacible. Es una maravilla, por eso lo sigo pintando. Pero, en definitiva, primero tendría que cambiar yo. Sin embargo, me gustaría que no haya carros, quisiera caminar, un Quito más tranquilo,  volver a la ciudad donde se podía transitar. Imagino un Quito como el que pinto: sin ruido, armonioso, cariñoso, con gente creativa…

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