¡Proletarios del sIglo XXI, uníos!

El relato marxista deja varios vacíos a la hora de interpretar la lucha obrera en el Ecuador y definir su verdadero peso histórico.



Carlos Rojas A. Editor 15 Noviembre 2014

Ha llamado la atención que en las últimas semanas cobre fuerza la idea de que hay un sector sindical repotenciado. Que su capacidad de movilización cobró ritmo, discurso y que sus preocupaciones pueden ser un factor de convergencia para quienes rechazan la idea de un proyecto autoritario.

Las marchas del 1 de mayo pasado, las de julio frente a la Corte Constitucional y las de septiembre en el Centro Histórico sorprendieron por su convocatoria. Desde que en los 90 el movimiento indígena se tomó las calles y se volvió un referente político de talla continental, la llamada lucha obrera del Ecuador, que en los años ochenta podía desestabilizar gobiernos, se apagó.

Ahora que los sindicatos presumen de estar otra vez en forma, el Gobierno conformó su propia clase obrera para otorgarle un estatus político.

¿Si la disputa por las calles en los próximos meses tendrá una agenda laboral podemos ya hablar del proletariado ecuatoriano del Siglo XXI?

Esta interrogante, si se la despeja desde la estadística, no deja mucho que debatir. A escala nacional hay unos 2 600 sindicatos de empresas privadas, cuando la Superintendencia de Compañías registra a más de  67 000 firmas.

En el sector público estarían registrados unos 1 400 sindicatos, cifra que guarda más correspondencia con el número de empresas estatales.
Ese espacio sindical, donde se representa el sentir de la fuerza productiva, parece tan reducido (en el Ecuador hay 4,5 millones de ocupados), ¿por qué suponer, entonces, su resurgimiento? La respuesta viene desde la reflexión histórica y allí el proletariado ecuatoriano adquiere la condición de sujeto político con mayores dimensiones simbólicas.

No es arbitrario asegurar que la historia ecuatoriana, a partir de mediados del siglo pasado, fue construida desde la corriente marxista. Sus principales  impulsores, animados por la Revolución Bolchevique (1917), el mundo comunista y la llegada de la Revolución Cubana (1959), interpretaron  al Ecuador desde la lucha de clases, pues para el marxismo este es el único motor de la historia.

Pero no es menos cierto que la receta metodológica con la que se interpretó a la Europa de la Revolución Industrial queda grande a la hora de describir un país como el nuestro, empobrecido, subdesarrollado y, sobre todo, muy poco industrializado, por lo menos, hasta entrados los años 60.

Los enfoques marxistas en textos como los de Agustín Cueva o Rafael Quintero, por citar dos ejemplos, enfocan con claridad el devenir de las clases dominantes, desde la opresión latifundista de la Sierra al nacimiento de la burguesía comercial de la Costa, para denunciar luego sus oprobiosos pactos a fin de seguir en el poder.

Lecturas como las de Oswaldo Albornoz constatan que ese carácter tan precario del sistema de dominación con el que empezó la República era el claro ejemplo del estadio feudal. La tenencia de la tierra y, sobre ella, el desarrollo de los sistemas de producción calzaban perfectamente.

Sin embargo, el paralelismo trastabilla cuando estas lecturas no identifican con absoluta certeza el momento en que llega la fase capitalista y cuándo los proletarios ecuatorianos inician su lucha de clase.

En el Ecuador del desarrollo tardío es más difícil encontrarle un rol políticamente influyente al trabajador ecuatoriano. Pero como la historia se nutre de mitos, símbolos y héroes, la masacre obrera de Guayaquil del 15 de noviembre de 1922,  puede ser el germen de nuestro proletariado.

En el relato del historiador Julio César Roca de Castro, publicado el jueves en diario El Universo, se habla de los trabajadores del tranvía eléctrico, de los de la empresa de luz, de la fábrica de cerveza, de la de hielo... Todos, en pie de lucha por la mejora de sus condiciones. La real capacidad organizativa de estos gremios es aún motivo de discusión histórica, como puede serlo también la dimensión de la masacre infame.

Lo que seguramente no está en discusión es que en aquel episodio, los obreros y trabajadores muertos en las calles cumplieron con un ingrediente esencial de la receta marxista: allí hubo conciencia de clase.

Desde ese día, y hasta el inicio de 1991, Patricio Ycaza apunta 62 hitos en su historia del movimiento obrero. Son momentos que reafirman la movilización de un proletariado que, sin embargo, se diluye por su poca efectividad para llegar al poder, condición indispensable en la teoría marxista. La Revolución Juliana (1925), La Gloriosa (1944) terminaron en manos de figuras prominentes del statu quo, de militares o de algún caudillo oportunista. ¿Cuál es, entonces, el verdadero peso del proletariado?

Los pensadores de la clase obrera tampoco procesaron la fuerza organizativa e identitaria que el movimiento indígena mostró a partir de 1990 y que terminó por opacar la huella del sindicalismo formal.

La receta marxista deja varios vacíos a la hora de interpretar la lucha de clases en el Ecuador y definir el verdadero peso que tuvo lo que se conoce como proletariado. Quizás por ello, aunque con menor esfuerzo científico, pero sí con mayor intuición y emotividad, los populismos lograron enamorar a las grandes clases desposeídas que ha tenido la patria.

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