El Quichua, lengua para evangelizar

El obispado de Quito tomó la decisión de evangelizar en una sola lengua nativa, el quichua, porque muchos grupos ya conocían algo esa lengua.



Roberto Aspiazu Estrada. Fue periodista. Actualmente empresario dedicado a la historia. 15 Noviembre 2014

El quichua o runa simi, lengua de la gente, vino con la conquista Inca y desde hace medio milenio se mantiene como el principal idioma indígena del Ecuador. El nombre qhiswa castellanizado por quichua- o quecha en el Perú- no significa sino ‘valle’ o ‘zona templada’ entre la costa y las tierras altas.

Curiosamente no fue la lengua original de los incas que hablaban un dialecto aimara; empero en su proceso de expansión desde Cusco, al fusionarse mediante matrimonio con el reino Chincha, más al norte, adoptaron el quichua que en adelante sería la lengua franca del imperio.

El principal historiador contemporáneo de la conquista española, el inca Garcilaso de la Vega, da cuenta en sus Comentarios Reales de los Incas: “ …y es de saber que entre los Incas tuvieron otra lengua particular, que hablaban entre ellos, que no la entendían los demás indios ni les era lícito aprenderla, como lenguaje divino”.

Según González Suárez, al tiempo de la creación de la Real Audiencia de Quito en 1563, en sus territorios se hablaba 20 idiomas, a más de dialectos. El listado incluía el aimara traído por los mitmaq o mitimaes, que se asentaron en las provincias de Tungurahua (salasacas) y la de Loja (saraguros), trasladados no solo por razones de seguridad  sino para difundir artes y oficios que le eran propios.

El obispado de Quito intentó la catequesis en las lenguas comarcanas de llanos, atallanas (en Piura y Trujillo que entonces eran parte de la diócesis), cañaris, puruháes, pastos y quillancingas, prevalidos del apoyo de jóvenes mestizos cristianizados, pero el esfuerzo no prosperó.
Entonces se tomó la decisión de evangelizar en una sola lengua nativa, el quichua, aprovechando algún sustrato de conocimiento y una mayor afinidad de sintaxis, mientras los indígenas se iban familiarizando de a poco con el español y sus complejas declinaciones.

El proceso de sustitución religiosa obligó a sistematizar el quichua a fin de hacerlo caber dentro del marco gramatical europeo, no solo del español sino del latín, la lengua litúrgica. La tarea fue ardua toda vez que cada idioma refleja una ideología y cosmovisión singulares que, en este caso, eran muy dispares. Para transmitir conceptos, así como creencias, resultó necesario dar a ciertas palabras quichuas un sentido más amplio, al tiempo de adoptar otras de origen latino/español para una cristianización formal. De esta forma fue surgiendo el quichua misionero colonial.

Por ejemplificar, el quichua no tenía una palabra equivalente a prédica o sermón, de modo que tuvo que adaptarse kunasqa y kamachiku, que significan aconsejar así como mandar, ordenar apelando a la razón, respectivamente. En la religión inca, no había una prédica unidireccional en el marco de una relación padre-hijo; esta interrelación presentador-público solía darse como parte de las festividades, en medio de cantos y bailes, donde los sacerdotes interactuaban con la comunidad por medio de discursos.

Un caso singular fue el de supay o diablo, que si bien existía en la cultura indígena no era idéntico al concepto cristiano, siendo entendido como un ser ambiguo asociado con el mundo de las sombras y de los muertos, teniendo, al igual que muchos seres andinos sobrenaturales, un aspecto positivo y uno negativo, dependiendo de cómo uno se comportaba con él.

Otras palabras fundamentales para la evangelización como Dios, Jesucristo, Santísima Trinidad, Virgen, ángeles y santos, terminaron siendo trasladadas al quichua con poca a ninguna modificación fonética y de escritura.

La evangelización supuso una activa penetración unidireccional del español en el runa simi, pero usos y costumbres del habla común fueron determinando a la vez una relación inversa, de modo que al cabo de varios siglos tenemos en nuestro castellano-ecuatoriano un buen número de palabras quichuas, a pesar de no estar conscientes de su origen.

Andes, un nombre tan propio de la identidad nacional, viene de anti que significa cobre o de color cobrizo, muy propio del tinte de las montañas cuando reciben los rayos del sol sobre todo en el atardecer.

El pasatiempo principal de los indígenas era el baile y la bebida, que disfrutaban aprovechando un activo calendario de festividades. De ahí que no debe extrañar que hayamos heredado algunos términos relacionados. Chuchaqui es un ecuatorianismo por excelencia; al parecer viene de chucchui que quiere decir temblor. Chuma viene de chumana, es decir, emborracharse, de donde también se deriva chumado. Igualmente chispo o ligeramente embriagado. También huasipichai, que es la fiesta de inauguración de una casa, que literalmente significa barrer la casa.

Hay palabras a las que estamos tan acostumbrados que difícilmente sabemos que provienen del quichua. Es el caso de garúa o lluvia ligera; cacho o en realidad cachu, por cuerno; cancha, recinto, patio, pampa pequeña; concho o residuo de algo; piti, cosa cortada o pequeña; amarcar, cargar un niño, que viene del verbo quichua marcana, esto es, tomar un bulto en brazos para transportarlo.

Otras tenemos idea que son de procedencia prehispánica. Por ejemplo: minga, de mimkay, esto es invitar para realizar un trabajo colectivo para una obra pública; yapa, de yapay, o porcioncilla adicional al comprador; chagra, sementera de maíz, que tomó un giro para identificar al campesino mestizo de la Sierra; soroche, esto es, el mal de altura, por excepción es una palabra de origen aimara.

Las toponimias andinas son en su mayoría quichuas aunque las hay también de otras lenguas indígenas. Por ejemplo, Chimborazo no significa sino nieves del (río) Chimbo, entendido el sufijo razo o razu por nieve y el prefijo chimbo o chimba, por marca, frontera o vado de río. De ahí la palabra chimbador, esto es, el que ayuda a cruzar el río que ha cobrado el sesgo del que ayuda a ganar una elección.

También Tungurahua, de tunguri o gaznate, esófago o tragadero, y rauray, ardor o escozor; de modo que podría entenderse en sentido lato como gaznate de fuego. Guayabamba no es sino campo de grama, prado o dehesa, así como Rumipamba es llanura de piedras.En cambio Imbabura es una palabra cara o caranqui, literalmente criadero del bagre chico, en alusión a los peces que pueblan sus numerosos lagos.
El listado de nombres quichuas en alimentos, plantas y animales es amplio. Choclo, maíz tierno; mote o muti, maíz tostado; poroto o purutu, fréjol; locro, sopa de papa; palta, planta frutal llamado también de aguacate, palabra prestada del náhuatl significando testículo; chirimoya, de chiri, frío, y moya o muyu, pepita; papaya, quinua, etc. Asimismo, cóndor o cúntur; pangora de apangura o cangrejo; mico o micu, mono pequeño; puma, etc.  

Muchas de estas palabras andinas no lograron prevalecer ante otras aborígenes traídas por los españoles, producto de cerca de medio siglo de convivencia previa en el Caribe, especialmente del taíno, la lengua que se hablaba en isla La Española. Es el caso de cacique, literalmente el que tiene casa, en vez de curaca; maíz en lugar de zara; tabaco por sayri; ají por rocoto, etc.

Tuvieron el mismo origen palabras como cholo, que era como se llamaba al pequeño perro americano de pelaje ralo y ladrido mudo, que terminó aplicándose con sentido racista a los hijos de los mulatos, en particular. Asimismo criollo, un término que comenzaron a aplicar los negros para diferenciar al hombre de color nacido en las Indias de su semejante traído de Guinea; los españoles lo tomaron a préstamo para identificar a su descendencia en el nuevo continente.

Durante la Colonia, en el escenario de una sociedad predominante rural, criollos, llámese encomenderos, hacendados y hasta comerciantes, tuvieron necesidad de aprender quichua para poder comunicarse con la fuerza laboral indígena. Hubo entonces un amplio bilingüismo que fue mermando al final de siglo XVIII e inicios del XIX, con la tendencia paulatina de una mayor urbanización e incipiente educación pública en español.
 

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