La sociedad del cansancio

Vivimos en una sociedad del rendimiento que nos aísla. El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo...



El Mercurio. Chile. GDA 15 Noviembre 2014

Byung-Chul Han es la nueva figura de la filosofía europea. Este surcoreano, radicado en Alemania, ha impactado a la academia y a los lectores con una serie de breves y contundentes libros en los que describe al mundo del siglo XXI: somos narcisistas y exhibicionistas; ya no somos masa, somos enjambre digital; no estamos alienados sino agotados. Vivimos en una “sociedad del rendimiento”, escribe, “que nos aísla. El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo, hasta que se derrumba”. ¿Le suena?

Han -dicho en pocas palabras- es un crítico de la sociedad contemporánea, muy entroncado con la reflexión de Heidegger sobre el dominio de la técnica moderna. “Actualiza con vivos colores una línea de pensamiento que ha tenido mucha repercusión en Europa: Schopenhauer y Nietzsche en el siglo XIX, la Escuela de Fráncfort (Horkheimer, Benjamin, Marcuse..., Sloterdijk) en el siglo XX, y la reflexión sobre el mundo virtual a finales del mismo y principios del XXI (Lipovetsky, Baudrillard, Virilio, Welsch...)”, explica el filósofo español Raúl Gabás, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y traductor de algunos de los libros de Han (y de Safranski, Arendt, Volpi, Heidegger, Hegel, entre otros).

Este surcoreano -que por su impacto mediático podría ser puesto junto a filósofos como Zygmunt Bauman o Slavoj Zizek- es responsable de más de una decena de títulos, de los cuales cinco han sido traducidos al español por la editorial Herder: los ya citados ‘La sociedad del cansancio’ y ‘La sociedad de la transparencia’, además de ‘La agonía del Eros’, ‘En el enjambre’ y ‘Psicopolítica’. Los cuatro primeros están disponibles en Chile. Un sexto libro -‘El budismo Zen’- está en proceso de traducción en la misma editorial, según adelanta Gabás.


Metalurgia y filosofía.

Han estudió Metalurgia en su natal Corea del Sur: “Al final de mis estudios me sentí como un idiota”, dijo en marzo al diario El País. Claro, porque lo que él quería era estudiar algo “literario”. Sin embargo, cambiarse no era una posibilidad: no se podía y tampoco sus padres se lo hubiesen permitido. No le quedó otra que mentirles y largarse.

Siendo un treintañero, sin manejo del alemán, y sin saber nada de filosofía, se instaló en Alemania para estudiar Literatura. El problema es que leía demasiado lento, de modo que no pudo hacerlo y, entonces, se pasó a la Filosofía: “Para estudiar a Hegel la velocidad no es importante”. Y de no conocer a Heidegger pasó a doctorarse en 1994 con una tesis sobre el pensador germano. ¿Dónde? En la Universidad de Friburgo, la misma donde Heidegger fue profesor (y rector en los años del nazismo).

La clave de la lectura que hace Han de la actualidad es el binomio positivo-negativo. El tiempo actual, dice, es uno con exceso de positividad. Desaparece la “otredad” y la “extrañeza”; o sea, aquello que introduce la posibilidad de algo nuevo, del cambio. Se trata, en términos patológicos, de una “época neuronal”; las enfermedades de la época son “la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional”. Es decir, no infecciones producidas por un agente externo, por una negatividad; sino trastornos internos, del propio organismo: “Una violencia de uno consigo mismo” que resulta de la “superproducción”, del “superrendimiento” o de la “supercomunicación”. Vivimos en el “infierno de lo igual”. Todo es consumo, también la extrañeza: “Lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre”.

Byung-Chul Han
Byung-Chul Han
"La comunicación digital deshace las distancias y fomenta esta exposición pornográfica de la intimidad".

En su prólogo a la sexta edición de “La sociedad del cansancio”, Han toma el mito de Prometeo para explicar la situación del hombre actual: el águila que devora el hígado del titán es, dice, su álter ego, “con el cual está en guerra”. Prometeo se devora a sí mismo, se autoexplota. Igual funciona la psiquis del hombre actual, del “sujeto de rendimiento”. Prometeo, el “Prometeo cansado”, es la figura originaria de la sociedad del cansancio. Es usted: nadie nos somete, nos sometemos a nosotros mismos en busca del éxito. Un dominio más efectivo pues lo acompaña el sentimiento de libertad. Se produce la paradoja de que libertad y coacción -amo y esclavo- coinciden. Nos abandonamos a la “libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento”. Somos como un computador, somos narcisistas. Todo es proyecto, iniciativa, motivación; el verbo no es “deber”, sino “poder”, “ser capaz”... “ Yes, we can “.

Por eso, dice Han, no estamos en la sociedad disciplinaria de Foucault -esa de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas-, sino en una sociedad de “gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos”. (Del principio de rendimiento se deriva la obligación de la “vida sana”: “mucho deporte, comida sana y suficiente sueño”. Si la sociedad disciplinaria generaba “locos y criminales”, la del rendimiento -donde no hay ninguna regulación, ningún “no”, ninguna negatividad- produce “depresivos y fracasados”; o sea, aquellos sujetos que ya no pueden más: “El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma”.

Enjambre digital
“En el enjambre digital” Han complementa esta idea de la libertad que coacciona con la del “panóptico digital” donde se mezclan lo público y lo privado: “La comunicación digital deshace, en general, las distancias” y “fomenta esta exposición pornográfica de la intimidad”. Nos exponemos voluntariamente y así “coinciden la exhibición pornográfica y el control panóptico”, escribe en “La agonía del Eros”. “No solo nos vigila el servicio secreto del Estado (...). Facebook y Google trabajan ellas mismas como servicios secretos”. El panóptico de Bentham “se consuma con el lente de dato”, como Google Glass: el ojo ya no ve, vigila. “Cada uno vigila al otro. Cada uno es Gran Hermano y prisionero a la vez”. “La nueva masa es el enjambre digital” que consta de individuos aislados. La antigua masa, en cambio, muestra propiedades que no pueden deducirse del individuo, en ella los individuos se funden en una nueva unidad. El enjambre es una concentración casual, “no desarrolla ningún nosotros". No es sujeto de acción, no es coherente en sí, no se manifiesta en una voz. “Por eso es percibido como ruido“.

Toda esta situación redunda, también, en una “crisis del amor”, debida al excesivo narcisismo, a la excesiva positividad que conlleva una “erosión del otro" ; su desaparición. Y, dice Han, sin un otro no hay Eros, no hay experiencia erótica. Hay, sí, pornografía: “El amor se positiva hoy como sexualidad, que está sometida, a su vez, al dictado del rendimiento. El sexo es rendimiento. Y la sensualidad es un capital que hay que aumentar”. El otro es un “objeto excitante”, no se lo ama, se lo consume.

La cortesía de Han
Decía Ortega y Gasset que “la claridad es la cortesía del filósofo”. Eso puede explicar la acogida que ha tenido la obra de Han. Sí, los temas son muy contingentes, interpelan casi a cualquiera, pero si estuvieran dicho en difícil, también alejarían casi a cualquiera. “Creo que él ha tenido el talento de expresarse de manera llana, de tal modo que ha sido entendido por el gran público”, dice el pensador chileno Jorge Acevedo.

“Es una persona que lee y medita mucho”, señala Raúl Gabás. “Un buen pensador tiene que ser un buen lector. Está perfectamente radicado en la filosofía occidental y domina las ciencias de la comunicación, junto con el mundo virtual”.

"En un mundo encapsulado en sí mismo, sin otro encanto que la exhibición de las masificaciones humanas, sin la esperanza transmitida por las grandes ideas de la Ilustración, sabe mostrar el vacío de nuestro mundo y sugerir de nuevo la noche del misterio romántico -Eros, el ser, Dios...- como realidad de lo diferente”.

Esa sugerencia parece una rendija en medio de la pieza oscura que describe en sus libros. Sin embargo, no da para entusiasmarse mucho. Pues según Han -en esto sigue a Hannah Arendt- es la acción la que introduce la novedad en el mundo, el cambio. Y, sabemos, el enjambre no actúa. “El nuevo hombre teclea en vez de actuar". (¿Han habrá escrito eso a mano o en un teclado?).
El exceso de estímulos explica la “crisis del arte”.

Si la sociedad disciplinaria generaba “locos y criminales”, la del rendimiento produce “depresivos y fracasados”.

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