Antiimperialismo, ese discurso de un viejo amor

Las acusaciones a EE.UU. en relación con América Latina han terminado por convertirse en citas que no dan paso a ideas renovadoras



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 18 Abril 2015

Nos encanta la Historia; pero más, las historias de amor. Para el latinoamericano de izquierdas, el antiimperialismo -cuando condena a EE.UU.- suma ambas pasiones: es un viejo amor que ni se olvida ni se deja. Es más, su cancionero aflora en las gargantas; se embelesa con los murales de las manazas terrosas y los demoniacos Tíos Sam grafiteados a diestra y siniestra; retoma la furia irredenta de hace décadas y clama, alma pasillera enamorada: “Llucshi yanqui”.

Algunas referencias del presidente Rafael Correa en la reciente Cumbre de las Américas así lo demostraron, a modo de un pasado como pretexto del presente. El ecuatoriano buscaba en la asamblea de la OEA de 1976, en la Guerra Fría, en el bloqueo a Cuba, en la Panamá de 1989, en la Guerra de las Malvinas, las justificaciones para su discurso y accionar político. Lo de los intervencionismos exteriores también estuvo en otras alocuciones bolivarianas.

Por su parte, Obama -sin ser santo de grandes devociones-propuso dejar viejos resentimientos para iniciar un nuevo capítulo. No
reivindicaba la perfección pero sí la apertura al cambio; pensaba nuevas maneras para una responsabilidad compartida de
frente al futuro. En lugar de  hablar de agravios pretéritos y de colocar a EE.UU. como excusa cómoda ante los problemas políticos internos de cada país,  Obama propuso un punto de inflexión, para el cual ya suma acercamientos bilaterales. Raúl Castro -presidente de Cuba- reconoció ese giro y llamó a Obama “un hombre honesto”.

Al son de los discursos desde el sur del continente, resultó paradójico que quien proclama que “el pasado no volverá” vuelva al pasado discursivo con sospechosa recurrencia. En tales intervenciones, la reiteración machacona de lo sucedido décadas atrás se agota rápidamente y lo que queda es la mera ausencia de argumentos y propuestas. Es decir, no se trasciende la perorata de personajes que encontraron en la idea de la revolución una forma para enunciar frustraciones y falta de nuevas perspectivas.

La idea no es postular la amnesia obligatoria ni interpretar el papel de motivador personal (“hoy es el primer día del resto de tu vida”).

El pasado no se niega, por más relatos oficiales que se reproduzcan. Se trata de encontrar en la Historia una lección en lugar de un reproche vacío, por tan repetido o nulo de cara al presente. “Quien se arrodilla ante el hecho consumado es incapaz de enfrentar el porvenir”, decía Trotsky. La memoria nos construye y nos prepara, pero el aferrarse a un pasado de oprobios ofrece una interpretación sesgada que imposibilita el conocimiento de los hechos y una reacción acorde con los tiempos.

La visión sobre
La visión sobre
la relación EE.UU.-América Latina se volvió caricatura.

En materia de arte, Marta Traba apuntaba que “por desgracia, el público latinoamericano tiene debilidad por las ‘causas’ que parezcan reivindicar sus muchas desventuras y que le ayuden a postergar el examen serio y desaprensivo de las mismas”.

El discurso reiterativo sobre el pasado se dirige contra la capacidad de autoafirmarse de las personas y hace que otras corrientes de pensamiento floten a su sombra o se vean relegadas cuando expresan una oposición.

Algo similar es lo que refiere Alain Touraine cuando habla del ‘discurso interpretativo dominante’, una creación mental que busca en los recuerdos del pasado armas para enfrentarse con eficacia a las nuevas ideas. Para el francés, las ideas que en un pasado reciente tuvieron difusión, ahora dicen nada, suenan huecas; peor aún: las ideas han sido sustituidas por citas.

Y entre las citas más comunes, al paso de los últimos cuatro decenios, hubo quienes se desangraron por ‘Las venas abiertas de América Latina’ o  hallaron en el espejo al ‘Perfecto idiota latinoamericano’.  Posiciones desde veredas distintas, como si acá el Muro de Berlín jamás hubiese caído.

‘Las venas abiertas de América Latina’, sencilla y emocionalmente escrito, se erigió, bien o mal, en referente. Por efecto del discurso dominante, el ensayo de Eduardo Galeano (fallecido el pasado lunes) primó entre la intelectualidad; lo demás se consideró marginal, reaccionario, antilatinoamericano. Siete años después de su publicación (1971), Galeano mismo revisaba la recepción que tuvo su escrito y anotó que “la veneración por el pasado me pareció siempre reaccionaria. (...) Los poderosos, que legitiman sus privilegios por la herencia, cultivan la nostalgia. Se estudia historia como se visita un museo; y esa colección de momias es una estafa. Nos mienten el pasado como nos mienten el presente: enmascaran la realidad. Se obliga al oprimido a que haga suya una memoria fabricada por el opresor, ajena, disecada, estéril. Así se resignará a vivir una vida que no es la suya como si fuera la única posible”.

Si Galeano admitió (en la II Bienal del Libro y la Lectura. Brasilia, 2014) que no estaba arrepentido de haberlo escrito pero que fue una etapa que ya había superado, ¿por qué a sus lectores les es tan difícil?

¿Qué nuevas relaciones se pueden concebir si el antiimperialismo prima como denuncia y la culpa del subdesarrollo se achaca a los desarrollados? Las proclamas ‘antiyanqui’  han repetido el mismo mensaje: la pobreza de América Latina ha sido culpa de los otros.

En esa línea, la teoría de la dependencia, en su forma más radical, se posicionó también como una obstrucción para la necesaria renovación del pensamiento.

Ciertamente, el ‘giro’ de EE.UU. sobre la región, anunciado en Trinidad y Tobago y continuado en Panamá, es una cuestión de voluntad política; y también resulta de una nueva Latinoamérica, distinta de aquel ‘patio trasero’, pero que tampoco quiere ser fustigada con la mención constante de guerras frías, invasiones, acusaciones, la CIA y sus fantasmas. No obstante, el poder se siente más seguro cuando habla en nombre de una necesidad.

Sin embargo, urgen otras interpretaciones, cambios de perspectiva, reflexión crítica sobre las formas del pensamiento dominantes en el pasado y en el presente. Volver a aprender a mirar y a escuchar, aceptar el pasado para pensar el futuro: sentido y destino de una verdadera promesa.

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