Gabriela Mistral: el budismo según se lo confesó a Zaldumbide

Según el ensayista Otto Morales, el tema religioso siempre atormentó a la chilena y su tránsito entre el catolicismo y el budismo le resultaron siempre complejos y dolorosos.



Martín Pallares. Editor (O) 18 Abril 2015

Este año se cumple el 75 aniversario del premio Nobel de Literatura para Gabriela Mistral y hace unas semanas, exactamente el 7 de abril, se conmemoraron los 126 años del nacimiento de la poeta.

Mistral, quien es considerada como una figura fundamental de la historia de la literatura chilena y fue la que abrió el camino del Nobel de Literatura para los latinoamericanos, tuvo una cercanía muy especial con varios intelectuales y escritores ecuatorianos como Benjamín Carrión, César Arroyo, Jorge Carrera Andrade y Gonzalo Zaldumbide.  Si bien con todos mantuvo una relación intelectual muy cercana que en muchos casos incluyó amistades estrechas , es quizá con el ensayista y escritor Gonzalo Zaldumbide con quien sostuvo una amistad particularmente cercana que se tradujo en una correspondencia llena de confesiones personales y señas de entrañable confianza.

Gustavo Salazar, un experto en el tema que junto con Efraín Villacís tiene el proyecto de publicar un libro sobre Mistral y sus relaciones con estos ecuatorianos, sostiene que la primera noticia que hay sobre la relación de la poeta chilena y Zaldumbide es de 1922. En ese entonces Mistral ya le pedía a Zaldumbide que prologara uno de sus primeros libros, cosa que el ecuatoriano nunca llegó a hacer.  Según, Salazar es muy difícil hallar las razones por las cuales Zaldumbide siempre se negó al pedido.

Fruto de esa amistad hay una importante cantidad de cartas que revelan la inmensa cercanía intelectual y personal entre ambos. En esa correspondencia hay un singular paquete de cartas que fueron halladas en la Embajada del Ecuador en Francia en los años 90, donde Zaldumbide trabajó como embajador durante muchos años, y que fueron años más tarde publicadas con anotaciones por Salazar y Villacís.

Entre esas cartas hay algunas que muestran una faceta fascinante de Mistral: su apego y su conversión al budismo, lo que ocurre por una desilusión del catolicismo, fe a la que Mistral siempre fue muy cercana y que influyó mucho su obra.

Foto: Archivo
Foto: Archivo
Gonzalo Zaldumbide y Gabriela Mistral

En esa confesión, que aparentemente le hace para que el ecuatoriano tenga una idea más profunda sobre las poesías que le pedía que prologara, Mistral le dice a Zaldumbide  que lo que disparó su salida del catolicismo para entregarse al budismo fue la muerte de su madre. “Ahora  vamos en tierras de confesión pura”, le dice en una de las misivas fechadas el 22 de octubre de 1933, cuando Mistral era cónsul de Chile en Madrid y Zaldumbide embajador en Francia.

Y agrega en seguida que “yo fui, de los veinte a treinta y tantos años budista, a escondidas de las gentes, como se esconden llagas escondí mi creencia, porque era maestra fiscal y porque presentía -hoy lo sé- que es una tragedia ser eso en medio de una raza católica, aunque sea o porque es, católico-idolátrica. Nunca dejó de obrar sobre mí, sin embargo, la fascinación de Jesucristo, y ambas cosas, cristianismo y budismo, se me acomodaron en el alma y la vida. Talvez haya que decir para aclarar algo este absurdo que del cristianismo tomé la ética, casi la policía para la vida, del otro la metafísica y la práctica devocional. Esta última tuvo mucha importancia en mí, en mis facultades, a lo largo de mi juventud entera”.

Más adelante le cuenta a su amigo sobre la muerte de su madre y el efecto que tuvo ese episodio en su conversión al budismo.

“Aquello (el catolicismo) duró hasta la muerte de mi mamá. Recé, hice lo posible por rezar a lo católico, y por sentir y por vivir en eso y creí que lo había logrado. Vino la tragedia y yo tenía mis novenas y mis libros de rezos llenos de lo que usted sabe: de morbosidad punitiva, de venenos para la imaginación desatada, en la enumeración de castigos, en cien detalles que no puedo darle por el poco tiempo, sobre la vida probable y segura.  No pude colocar a mi madre en ningún lugar de esos sin volverme loca y condenarme con ella. Fui eliminando horrores, fui tirando y tirando y un buen día no tuve nada. Es imposible que yo viva atea y me puse a buscar sustitución de fe. Solita me volvió, como el halcón fiel, el budismo de la mano y a las entrañas. Me salvó, y creo que me ha salvado, porque me quedé viva, y más o menos serena, y con la mente limpia para tener y sostener allí a mi madre sin llamas, sin poder, sin tridentes, sin Demonio todopoderoso, sin pesadilla”.

Más adelante, Mistral le dice a Zaldumbide: “el budismo es abajo panteísmo y arriba metafísica grande, y yo creo que nuestra raza, la de allá, no puede tajarse de cierto dionismo, de cierto pánico sin empobrecerse y hasta acabarse. Los indios saben lo que la muerte por la separación de la tierra como materia divina y como camarada y socia de su negocio temporal y además del eterno”.

Al final de la carta remata con esta confidencia: “me acuerdo de una vez que usted me hablaba de Santa Teresa alabando su termómetro pegado al cuerpo para seguirse la fiebre. Mi amigo querido, yo no he pretendido santidades, ay, no, he buscado únicamente fuerza para vivir, alguna ayuda sobrenatural, y alguna convicción de la otra orilla”.

Según el ensayista colombiano y experto en Mistral, Otto Morales en su libro “Gabriela Mistral: su prosa y poesía en colombia”, el tema religioso siempre atormentó a la chilena y su tránsito del catolicismo al budismo y luego del budismo al catolicismo le resultaron siempre complejos y dolorosos. Esto, sin duda, resalta en las cartas a Zaldumbide de los años 30 que fueron halladas hace relativamente pocos años.

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