Grass fue la mala conciencia alemana

Pese a su enorme capacidad para remover los cimientos del gran ideal alemán, en su país se lo consideró un referente moral. ¿Günter Grass se equivocó con su pesimismo radical?



Carlos Rojas. Editor (O) 18 Abril 2015

La obra de Günter Grass es motivo de orgullo para el pueblo alemán. Sus letras, plasmadas en novelas, ensayos, poemas,  piezas de teatro o intercambios epistolares reflejaron sus angustias por el futuro de un país al que tanto ‘peros’ puso, en medio siglo de su talentosa producción.

La Alemania moderna y la Europa de hoy lloran su reciente partida y echan de menos su escepticismo permanente. El vacío que deja Grass es el de aquel hombre que, precisamente, deconstruyó el concepto de lo patrio para reflexionar sobre el futuro de una nación admirada por su progreso y su entereza por tratar de reparar el pasado totalitario.

Desde estas tierras latinoamericanas de inveterado pensamiento tropical, no es posible elogiar a una persona -así esta sea un intelectual bien estructurado- que cuestione el sentido patrio (¿o patriotero?) de nuestro siempre ardiente nacionalismo. Si cuando uno  relativiza un símbolo tan banal como la camiseta de la selección nacional, asociándola al mediocre desempeño en la cancha de quienes la usan, se expone al rechazo colectivo; entonces es pertinente imaginar qué pudiera ocurrir con un pensador como Grass que, en plena reunificación alemana (1989-1991), fue tan pesimista.

Aquel incómodo literato, quien falleció el lunes pasado a los 87 años, reprochó “la deificación del marco alemán. Vulgar materialismo como sentido de lo nacional”. Así, puso reparos al mismo proceso de unidad monetaria: una suerte de regalo que la Alemania occidental,  próspera y libre, hacía a la Alemania oriental, comunista e hipercontrolada.

Las angustias de Grass, en esos años, intentaban bajar a la  tierra a ese pueblo que soñaba con volver a ser uno solo y a un planeta que reclamaba, tras la caída del Muro de Berlín, la garantía de la paz duradera.

Günter Grass iba más allá del entusiasmo de los políticos que pretendían la reunificación. La celeridad con la que avanzaba el proceso lo perturbaba, al punto de mirar con elemental ternura lo que él consideraba un ingenuo proceder político de su gran amigo y coideario Willy Brandt, uno de los grandes mentores de este proceso.

“El dolor de estómago interalemán se apodera de mí”, escribió en su diario, luego de palpar en la prensa europea la euforia por este proceso. ‘De Alemania a Alemania’ es un texto indispensable para entender cómo Grass miraba a su país en aquellos días que cambiaron el mundo. Su visión, sin embargo, era más profunda, y quizás más honesta, que la de las élites políticas, económicas y de la prensa de entonces.

Para él, el verdadero desafío no era aprobar una serie de leyes e instrumentos institucionales, aunque confiaba en que fueran los socialdemócratas -su partido- los que llevaran adelante todo este libreto. Grass dudaba que los pueblos alemanes estén realmente listos para dar semejante paso.

Si aquella condición esencial no existía, la reunificación “alentará la desconfianza y se creará un espacio de permanente división interna”.

¿Cómo, entonces, forjar una nueva conciencia alemana? A Grass le parecía muy complicado, “indecente y hasta indigno” aquel proceso de anexión, pues se trataba de dos Alemanias que no eran iguales. La Federal, rica y expansionista, y la Democrática, obligada desde afuera -por el capitalismo robusto y su economía de mercado sin escrúpulos- “a convertirse en algo que no es”.

Había que cerrar muchas heridas y para eso no bastaba con tumbar el muro y recoger de forma precipitada la cortina de hierro. Más allá de zanjar el dilema comunista-capitalista, había que mantener presente aquello que Auschwitz -como símbolo de la tragedia de una nación-  representaba para esa conciencia alemana.

Para Grass, quien fue parte de las fuerzas nazis en su adolescencia, Auschwitz significaba el quiebre de toda una civilización, lo cual hacía imposible que cualquier sentimiento nacional, por idílico que pareciera, relativice o elimine esa experiencia y, peor aún, garantice el fin del más bajo de los sentimientos: el racismo.

La Alemania de los 90 vivía el fragor de un sueño nacionalista y Grass repudiaba esa idea; así lo planteó en su ‘Discurso de un sin patria’ porque sostenía que las unificaciones alemanas (o prusianas) siempre fueron una catástrofe no solo para su pueblo sino para toda Europa.

Aunque su apocalipsis, 25 años después, se haya transformado en el primer pilar de la unidad europea, la conciencia de Grass seguirá siendo una autoridad moral para el moderno pueblo alemán.

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