Cervantes, el menos español de todos

El 22 de abril se cumplen los 400 años de la muerte de Cervantes; el 23, de la de Shakespeare. Los españoles han pasado por alto esta fecha; y el hecho tiene explicaciones.



sestrella@elcomercio.com   Santiago Estrella Garcés 18 Abril 2016

En su conferencia sobre ‘El libro’, Jorge Luis Borges sostenía que cada país tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros. Sin embargo, aquellos autores elegidos no se parecen a los países que los erigían como sus escritores nacionales. Goethe es muy poco alemán; Inglaterra, con su ‘understatement’, tiene a Shakespeare, “el menos inglés de los ingleses”; España, a Cervantes, “un hombre contemporáneo a la inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles”.

A estos dos últimos les une el haber fallecido prácticamente el mismo día hace 400 años: Cervantes, el 22 de abril de 1616; Shakespeare, el 23 de abril. Pero el comportamiento nacional para cada uno de ellos dista sustancialmente: Inglaterra tira la casa por la ventana en este IV centenario; en España, la conmemoración es casi nula. “Que los ingleses se queden a Cervantes; lo tratarán mejor”, dice Javier Cercas, para quien las élites de su tiempo despreciaron a Cervantes y “más concretamente” al Quijote.

No es algo que debiera asombrar pese a que el Quijote es una de las cumbres de la literatura mundial (no hay novelista que no tenga algo de Cervantes) y, al decir de Harold Bloom, en ‘Novela y novelistas’, “la gloria de un idioma particular”. En vida, Cervantes no tuvo la  suerte de Shakespeare. Mientras este vivía la gloria, la fama y la alta rentabilidad de sus obras; aquel, que tanto las deseaba, no vio un céntimo por su novela a pesar del éxito inicial que tuvo. ‘El Quijote’ fue popular, pero fue ignorado por las élites intelectuales del siglo XVII. Ni siquiera sus relaciones con la nobleza, como con el  Duque de Béjar y el Conde de Lemos, a quienes dedicó el primer y  segundo tomos de ‘El Quijote’ respectivamente, le sirvieron para solventar sus necesidades vitales.

‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ fue en su tiempo una obra menor: un divertimento, literatura para la distracción. Tuvo que pasar el tiempo para que fuera entendido a profundidad, dice el dominicano Pedro Henríquez Ureña. El hecho de que se pensara por muchos años que la primera parte es mejor que la segunda, es señal de ello. En la primera, se lee a un Cervantes “desamorado y duro” con su héroe; en la segunda, el lector se encuentra con un Don más sabio y víctima de la sociedad de su tiempo y en la que subyace la discusión sobre las artes de la novela.

Además, hasta el siglo XVIII, el éxito del ‘Quijote’ fue solamente inicial: cinco ediciones en el primer año (1605). “Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen ‘Allí va Rocinante’”, le dice al Quijote aquel insoportable libresco y farsante bachiller llamado Sansón Carrasco cuando se refiere a la novela en la que son protagonistas Don Quijote y Sancho Panza.

Pero en todo el siglo XVII, el ‘Quijote’ tuvo 26 ediciones; ‘Guzmán de Alfarache’, de Mateo Alemán, tuvo la misma cantidad en cinco años. ‘Persiles y Sigismunda’, la novela de Cervantes posterior al ‘Quijote’ y que él  mismo consideraba mejor, tuvo en 10 años las mismas que todo el ‘Quijote’, aunque nadie hoy la lea.

El redescubrimiento de Cervantes, que hace que el ‘Quijote’ sea lo que hoy es, no fue obra de españoles, sino de los novelistas británicos del siglo XVIII: Henry Fileding, Richard Graves, Tobias Smollett, Laurence Sterne o Jane Austen. En España no se aceptó esa nueva interpretación y se la siguió viendo “como una sátira de los libros de caballerías. No se aprecian las virtudes narrativas, el juego metaliterario, el contraste quijotesco entre la ficción y realidad, la literatura influyendo al personaje en la vida real, los juegos del narrador con el lector… Todo eso no se aprecia”, dice Emilio Martínez Mata, profesor de la Universidad de Oviedo. La revalorización que el resto de Europa hizo  del ‘Quijote’ fue tan abrumadora, que España no pudo seguir siendo indiferente a él y se lo comienza a valorar para “poder decir que como nación hemos hecho algo”.

En 1614, se publica el Quijote conocido como el de Avellaneda
En 1614, se publica el Quijote conocido como el de Avellaneda
(izq.), que pretendió ser la segunda parte, pero que cayó mal a Cervantes y lo animó a sacar la verdadera segunda parte (der.), dedicada al conde de Lemos.

El Quijote es un caballero errante  y solitario que va en nombre de una mujer a “desfacer agravios”, a implantar justicia en un mundo perverso. Pero esa imagen corresponde a un caballero andante inglés, que busca su santo grial; no corresponde a la que tenía España de sus caballeros, cuya figura emblemática es Ruy Díaz de Vivar, el Cid, que encabezaban grandes ejércitos.

El don, “como los judíos y los moros, es un exiliado, pero del modo de los conversos y los moriscos: un exiliado interno. El Quijote abandona su villa para encontrar su hogar espiritual en el exilio, porque solo en el exilio puede ser libre”, escribió Harold Bloom en su ‘Canon Occidental’.

Si hubo una generación a la que se podría calificar de quijotesca en España fue la de 1898. Miguel de Unamuno, en su ‘Del sentimiento trágico de la vida’ y más todavía en ‘Vida de Don Quijote y Sancho Panza’, lo trata como “nuestro señor Don Quijote”. Azorín escribió ‘La ruta de Don Quijote’. Pero esta fue una generación fruto de la decadencia española luego de perder sus últimas colonias y que buscó  ese lugar en donde España había perdido el rumbo como país.

Los del 98 se dedicaron a la “exégesis” del ‘Quijote’, dice el poeta español de la generación de 1927, Luis Cernuda. Pero encuentra un error en esta interpretación: haber revisado la tradición literaria  desde “su punto de vista un tanto sentimental y caprichoso, proyectando sobre aquella su propia imagen”. Así, lo que quisieron entender del ‘Quijote’ no hubo de corresponderse a lo que pretendió Cervantes: la relación entre autor y personaje. Pero a Unamuno, dice Cernuda, le molestaba Cervantes.

La magia de esta novela de Cervantes es que existe un Quijote para cada lector. “El siguiente lector de ‘Don Quijote’ será siempre el primer lector de ‘Don Quijote’”, dijo el mexicano Carlos Fuentes.

Así, resulta difícil llegar a un acuerdo sobre cuáles son los valores propios de esta novela que es polifónica por esencia. Antes del ‘Quijote’, dice con razón Fuentes, al considerar otras obras cumbres de la civilización Occidental, no había diversidad de voces. En la  ‘Ilíada’, por ejemplo, Aquiles habla igual que Héctor, y este a Helena, igual a Paris, a Agamenón, a Príamo o a Néstor.  Con Cervantes está el mundo ahí desplegado con toda su diversidad, el cura, el barbero, los posaderos, los académicos.  Y con esos diálogos, anota luego Bloom, Cervantes nos enseña a  hablar con los demás. Shakespeare, en cambio, nos enseña a hablar con nosotros mismos.

Las aventuras del Quijote y Sancho, “representantes del alma española”, son la traducción de un manuscrito del ficticio historiador musulmán Cide Hamete Benengeli, que contaba como reales estas hazañas. Y ocurre en una España que en 1492 había expulsado a los moros, los que llevaron la filosofía y las artes a la península, para abrir el camino a la Inquisición. El mismo Cervantes tuvo que pasarse la vida demostrando que no pertenecía a una familia de cristianos nuevos y, por tanto, desconfiable. Vivió incómodo en ese mundo, pero también fue incómodo para ese  -y este- mundo.

Pero el mundo es más fuerte y  los soñadores son los derrotados. ¿Qué hacer en ese momento? El Quijote se niega a reconocer –vencido en su última contienda, ante el Caballero de la Blanca Luna- que hay otra mujer más bella que la que lo inspira: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra”.

España ignora ahora  a Cervantes como lo hizo en su tiempo y como lo hizo Unamuno.  Para Javier Marías, vuelve “al desdén, al olvido, a la injuria y en estos últimos cuatro años a una hostilidad equiparable a la que existió hacia el mundo de la cultura en la época del franquismo”. Y es que los españoles suelen decir que España no merece a Cervantes. Las pruebas están ahí.

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