Por qué la marca Fujimori sigue viva

En solo tres lustros, el Perú parece haber olvidado los excesos del presidente más controversial de su historia. ¡Sí, señores, Keiko Fujimori puede volver a la Casa de Pizarro!



Carlos Rojas A. Editor (O) 18 Abril 2016

Cuando la Justicia condenó a 25 años de prisión al expresidente Alberto Fujimori, en abril del 2009, el Perú daba al mundo la mayor muestra de madurez democrática. El líder político más influyente que ha tenido esa nación en los últimos tiempos no pudo esquivar los cargos por crímenes de lesa humanidad y delitos de corrupción cometidos durante su largo gobierno (julio 1990-noviembre 2000). Por el rigor que mostraron los jueces, al avejentado exmandatario le esperaba la cárcel y la sentencia de la historia. El ocaso había llegado...

Pero siete años después, la democracia peruana volvió a bajar la mirada. Keiko Fujimori está a las puertas de ganar la Presidencia de ese país y de recuperar el poder con el que su padre distorsionó todas las formas de conducir un Estado.

Las elecciones del domingo pasado muestran el retorno de un fujimorismo joven y con bríos. Todo era cuestión  de que los hermanos Keiko y Kenji (desde el Congreso) minimizaran el lastre de su apellido. En solo 16 años, pudieron demostrar que los pueblos sí tienen memoria selectiva.

El fin del terrorismo y el inicio del crecimiento económico son el legado que el fujimorismo, con todas sus caras, se empecina en reivindicar.   Una fórmula, casi de mercadeo, que cala en el discurso de los políticos ‘pragmáticos’ y en el voto de los electores ‘racionales’, donde los valores democráticos y el respeto a las instituciones, por encima de cualquier fin, son una entelequia.

Así funciona la política en el Perú o en cualquier otro país. Solo hay que oír  los consejos de Jaime Durán Barba, seguir la campaña de Donald Trump o estremecerse ante los nuevos nacionalismos europeos.

La historia reciente del Perú es fascinante.  Y para entenderla bien vale citar a tres autores que, desde la ciencia política, la historia y la literatura, confirman que en el Perú  ‘el ritmo del chino’ nunca pasó de moda.

El politólogo Martín Tanaka apunta que las principales demoliciones que ocasionó Fujimori fueron a los partidos políticos y al sistema de partidos.  

En 1990 el país estaba en bancarrota, sumido  en el terrorismo de Sendero Luminoso y sin instituciones fortalecidas. El ‘outsider’ capitalizó ese descontento, pero lejos de construir una nueva democracia, terminó por arrasarla.

Según Tanaka, con Fujimori se forjó una generación de políticos desideologizados y personalizados. Ante esa realidad, los partidos quedaron al margen y los gobiernos que le sucedieron en las urnas (Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala) hicieron del caudillismo su base popular.

Poco más de tres lustros después del hallazgo de los videos de Vladimiro Montesinos, el hombre fuerte de Fujimori, y de la posterior renuncia del Presidente desde Japón, vía fax, ni los viejos partidos recuperaron su brillo ni los nuevos supieron trascender.

Foto: Ernesto Arias / EFE
Foto: Ernesto Arias / EFE
Keiko Fujimori, de 40 años, ganó la primera vuelta con el 39,8%; superó a Pedro P. Kuczynski (20,98%).

En esta elección, Keiko también ha sabido capitalizar el hartazgo por la política peruana, donde el buen desempeño de la economía, paradójicamente, se volvió en un gran intangible, donde los golpes de timón están descartados.

Según explica Tanaka al diario español El País, los peruanos están inquietos por la corrupción y las grandes fallas en la gestión gubernamental.

Keiko, de alguna forma, enarbola la bandera de la eficiencia y los resultados que definió la marca Fujimori. Claro, la candidata de hoy promete no hacer un golpe de Estado, como el de su padre en 1992, cuando justificó la destrucción de la democracia en nombre de las transformaciones urgentes. Es decir, los ajustes neoliberales vía shock, el combate a Sendero Luminoso desde el fortalecimiento de las FF.AA., pero también con escuadrones paramilitares, y la neutralización de un sistema de justicia que le permitió una gestión de gobierno con millonarios sobornos,  sin contrapesos ni retrasos.

La estrategia de Keiko para ganar la Presidencia, el 5 de junio, es marcar toda la diferencia posible frente a aquellos  temas que ensombrecen a su padre. En un artículo indispensable del periodista y escritor Raúl Tola, en el portal Estado Mental, no solo se habla de las posiciones liberales de una candidata moderna contrarias al pensamiento fujimorista: apoyar la unión civil, el aborto terapéutico y la Comisión de la Verdad sobre la violencia política entre 1980 y el 2000.

Tampoco ha hecho del indulto a su padre, por su delicado estado de salud -cáncer en la lengua- la razón de ser de su carrera electoral. El artículo de Tola, Keiko Fujimori o qué es el  Fujimorismo, también perfila a una política profesional que se valió del carisma y de su preparación académica para reestructurar el partido.

Keiko tuvo la habilidad de apartar en estas elecciones a figuras polémicas como Martha Chávez o Luisa María Cuculiza, que representan al fujimorismo crudo y duro de los 90.

Pero Tola duda de esa Keiko de futuro, cuando recuerda que su padre, apenas llegó al poder, hizo todo lo contrario a lo que prometió en la campaña del 90. Además, insiste en que el fujimorismo no puede existir sin esa nostalgia que para el 30% de los peruanos despierta su presidente. Y como el horror del terrorismo no se ha borrado, la hazaña de Fujimori destruyendo a Sendero Luminoso sigue vigente, pese a que los medios que se usaron para tal efecto son polémicos y reprochables.

Desde la literatura quizás sea más fácil conocer ese vergonzoso holocausto, donde el campesino fue víctima del terrorismo más atroz, pero también de los excesos de las fuerzas que lo combatieron.

La hora azul, una gran novela de Alonso Cueto, habla del amor, el abuso y el odio en ese Perú profundo, donde Fujimori dejó su huella desde 1990.

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