Invención y ambivalencia de la Nación

El nacionalismo latinoamericano (surgido entre mediados del siglo XIX y mediados del XX) manifestó esta contradicción: fue culturalmente colonialista y políticamente anticolonialista.



Juan Valdano 17 Enero 2015

Aquella divinidad romana llamada Jano que se la representaba con dos caras, una hacia adelante y otra hacia atrás, bien puede ser la imagen de lo que ocurre en una nación forjada históricamente a lo largo de etapas de colonización, procesos de independencia y búsquedas de identidad. Al igual que en el bifronte dios romano hay en la nación ecuatoriana dos miradas opuestas que no llegan a encontrarse a pesar de que surgen de una misma cabeza, del mismo cuerpo social. Desde el punto de vista de una cultura dependiente, como la nuestra, ha subsistido en ella la doble mirada: una que atisba a la metrópoli en búsqueda de una ansiada legitimidad (España primero, Francia luego, los Estados Unidos después) y otra que escruta su entorno, que contempla lo nativo, lo americano en un impulso de indagación de raíces y autodescubrimiento. Desde Domingo F. Sarmiento hasta Alfonso Reyes y desde Juan Montalvo hasta Benjamín Carrión el nacionalismo latinoamericano (surgido entre mediados del siglo XIX y mediados del XX), manifestó esta misma contradicción, fue culturalmente colonialista y políticamente anticolonialista. Si por un lado ha afirmado su adhesión a los valores de la cultura europea (“la cultura de la asimilación”, como yo la llamo), por otra, no ha dejado de manifestarse antiimperialista.

La ambivalencia de este Jano moderno (la nación que tratamos de construir) se transparenta en muchas formas de la vida social, en especial en el trasnochado discurso nacionalista y hasta chauvinista que aún exhiben intelectuales y políticos de ayer y hoy. Ejemplo de ello es esta joya de cursilería pronunciada por Benjamín Carrión: “Nuestra historia de Patria –dice- es una historia noble y una historia bella. Acaso la más noble y bella entre las comarcas de América” (sic). Y no es con exaltaciones escolares como esta que se llega a entender la nación. Tampoco con esos desplantes de soberbia con los que se pretende defender soberanías a ultranza frente a las potencias mundiales –estridencias tan comunes hoy- que más que defensa de intangibles derechos suenan a resentimientos tan frecuentes en países tercermundistas.

Tomás Pérez Vejo ha dicho, y con razón, que “la historia se convierte en una especie de partera de la nación, capaz de dar forma a la idea de comunidad mística segregada por el Estado”. Y si la historia es la “partera” de la nación, el historiador se constituye en un forjador de la idea nacional siendo este su principal compromiso frente a la comunidad. Y al igual que el historiador, los creadores en tanto en cuanto ellos sistematizan estructuras artísticas que dan cuenta del origen mítico y legendario de un pueblo: hablo de los novelistas, ensayistas, dramaturgos, cineastas, pintores, músicos. El Estado promueve el  ideal de la nación, una utopía para construirla día a día, para lo cual la historia ofrece un relato a la medida de ese proyecto.

El mismo concepto de nación es ambivalente y ello (según Homi Bhabha) se debe a que la sociedad contemporánea también lo es. En Latinoamérica esa ambivalencia resulta más problemática todavía ya que la historia, las tradiciones, las lenguas, los intereses regionales y de grupos, la dialéctica del poder y el gobierno adquieren diferente significación y la cultura misma promueve actitudes encontradas entre sí.
Como construcción moderna, la nación se consolida con el advenimiento del capitalismo, la revolución industrial y el Estado burocrático.  Estas y otras circunstancias prepararon el ámbito adecuado para que, en su momento, cada pueblo forjara su comunidad imaginada y construyera la nación allí donde esta no había existido. “La nación es hoy en día la única unidad de organización y comunidad política realmente viable,” ha dicho Anthony D. Smith.

Los fundamentos de la nación ecuatoriana se desprenden no solo de los procesos azarosos y lentos de modernización política que surgieron de la Independencia y la fundación de la República, sino además de los cimientos históricos en períodos anteriores en los que se modeló el carácter de un pueblo, el estilo de una cultura plural en su génesis y desarrollo, fruto del aporte de gentes de distintos orígenes. Construir la nación es un proyecto inacabable; por ello y con el fin de afianzarlo cada día frente a las nuevas corrientes ideológicas  -muchas de ellas adversas a la unidad nacional- es menester extender los beneficios de la modernidad (en aquello que entraña bienestar material, seguridad e igualdad de oportunidades) a todos los sectores sociales. Realidades como estas nos permiten opinar que frente a un mundo interdependiente y globalizado y en el que grandes masas de seres humanos emigran de su país para trabajar en otro poniendo así a prueba sus identidades en medio de sociedades distintas y muchas veces hostiles, será siempre el sentimiento de pertenencia a una nación y a una cultura, a unas raíces lo único que les salvará de la desmemoria y la despersonalización.

El espacio y el tiempo de la patria, el pasado y el presente de la nación, la memoria y los proyectos de los ciudadanos se hallan así dispersos,  repartidos según los intereses de cada región, de cada grupo porque dos han sido… y dos son las visiones que los guían, dos las ambivalentes miradas de este Jano moderno que es la nación.

Juan Valdano. Tomado de “Janus moderno” en el libro ‘La Selva y los caminos’ (28 reflexiones sobre la realidad ecuatoriana) del ensayista Juan Valdano, Quito, 2010.

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