Bélgica se une en torno a un equipo de inmigrantes

La tradicional rivalidad entre flamencos y valones casi pone al Estado belga al borde de la desintegración. Pero los recién llegados pueden ayudar a mantenerlo unido.



Alejandro Ribadeneira. Editor 17 Mayo 2014

Y pensar que, hace no mucho, Bélgica estuvo a punto de desaparecer. Las contradicciones entre los valones y los flamencos, las dos comunidades del país, se agudizaron tanto que durante 451 días, entre el 2010 y el 2011, no hubo Gobierno con plenos poderes. Ni Iraq sufrió algo así por tanto tiempo. Bélgica, el invento de las potencias europeas en 1830, estuvo a un tris de la separación. Si alguien soplaba, adiós país.

Bélgica está efectivamente partido en dos. Arriba están los flamencos, herederos de los neerlandeses, propensos al separatismo y que no suelen sentirse ‘belgas’. Abajo están los valones (Walonia escriben ellos), francófonos y partidarios de la unión.

Ambos grupos han convivido en permanentes pugnas, prácticamente arrepentidos de haberse unido en el siglo XIX, en una revolución aparentemente católica, que buscaba separarse de los protestantes Países Bajos, mal llamados holandeses. De paso, los británicos mantenían a salvo los puertos del territorio de ambiciones francesas o alemanas.

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Las zonas de Bélgica

A la larga, la Biblia, la bandera (con la forma de Francia y los colores del venerable ducado de Brabante) y la monarquía constitucional sacada del sombrero de los diplomáticos –calco de la británica–  no resultaron un factor tan unificador como se esperaba.

Incluso el nombre de Bélgica es artificial, pues los belgas del Imperio Romano no tienen nada que ver con valones o flamencos. Qué se podía esperar de gente que se niega a hablar el idioma del vecino; de hecho, hasta hace poco no abundaban los belgas que supieran flamenco y francés en sus 30 000 kilómetros cuadrados, aunque en Bruselas todo está señalizado en los idiomas oficiales.

La pelota de fútbol, en todo caso, parece dar una nueva oportunidad a los belgas de reconfigurar la identidad de su Estado.  Bélgica regresa al Mundial con una Selección singular, que viene a ser una ‘tercera vía’ entre valones y flamencos, pues muchos de sus integrantes son emigrantes o hijos de ellos. Aunque un poco tarde en relación con Inglaterra, Francia o Suiza, la Selección belga refleja el crisol de culturas en que se ha convertido Europa Occidental.

Las raíces africanas

Ahí está, por ejemplo, el zaguero Vincent Kompany, de ascendencia congoleña y que brilla en el Manchester City de Manuel Pellegrini, flamante campeón de la Premier League.

Kompany es el capitán de la Selección y pide abiertamente la unión de Bélgica. Otros son Romelu Lukaku y Christian Benteke, la pareja de referencia en el ataque, ambos descendientes de familiares que huyeron del sangriento Zaire de Mobutu Sese Seko. Claro que Benteke se perderá el Mundial por lesión, algo que causó fuerte impacto en Bruselas, casi tanto como si Peyo hubiera vendido sus pitufos a Disney (sí, Papá Pitufo es belga).

Otro de los jugadores que enriquecen al equipo son Marouane Fellaini, el volante de cabellera abundante que se  destacó en el Everton pero que no ha sido gran aporte en el Manchester United de esta temporada, para decepción de sus fans, que se ponen pelucas en los estadios. Fellaini es de origen marroquí y sigue la religión musulmana.

Axel Witsel se une al listado. Nacido en Bélgica pero con orígenes en Martinica, se trata de un hábil mediocentro del Zenit de San Petersburgo. Otro es Moussa Dembélé, cuyo padre es de Malí,  hoy juega de volante en el Tottenham Hotspur.  Dos futbolistas más que tienen un potencial incalculable son Adnan Januzag, la última joya del Manchester United con raíces en Albania y Turquía, y Zakaria Bakkali, marroquí  y goleador del PSV Eindhoven.

Todos pudieron jugar para los países de sus padres, pero optaron por Bélgica, que pese a sus divisiones tiene un pecado colonial en el Congo. Una lectura de la novela ‘El sueño del celta’, de Mario Vargas Llosa, relata los horrores de la explotación de caucho por los belgas.

En todo caso, esta generación de jugadores, unida a flamencos y valones, como Thomas Vermaelen, Jan Vertonghen, Dries Mertens, Kevin Mirallas, Steven Defour, Daniel Van Buyten y el estupendo arquero Thibaut Courtois, del Atlético de Madrid, se consolidó justo después de aquel tambaleante período del 2007  al  2011, cuando el Estado estaba cercano a la disolución.

Al mando del técnico Marc Wilmots, se comenzó a ganar partidos, a avanzar en el ‘ranking’ de la FIFA, para rematar con una clasificación al Mundial, la primera desde el 2002.

Wilmots, el político

Se hizo el milagro. Los belgas regresaron a los estadios. Comenzaron a festejar. Por fin había un equipo semejante a aquel de 1986, cuando se alcanzó el tercer lugar gracias a inolvidables nombres como Jean Ceulemans, Enzo Scifo (de ascendencia italiana), Eric Gerets, Franky van der Elst, Marc Degryse y el propio Wilmots, quien estuvo nada menos que en cuatro mundiales.

Wilmots también saboreó un breve paso por la política. Fue senador por un partido liberal francófono pero no se sintió cómodo y prefirió dejar la banca legislativa para ocupar la de entrenador profesional.

La experiencia política le permitió comprender la alta sensibilidad que existe en un país con dos idiomas (con tres, si se suma la minoría alemana). Lo mismo pasa en el equipo de fútbol, con jugadores que se entienden con gestos, palabras claves o, por último, en inglés. Eso todavía persiste, pero Wilmots lo manejó con pericia.

Es ingenuo creer que el futuro de ese Estado está atado al de la Selección, pues los factores históricos y económicos son muy complejos; pero es un hecho que los separatistas se apagan cuando Bélgica mete un gol. Si Bélgica se desintegra, quienes más le llorarán serán los inmigrantes.

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