¿El público tiene la TV que se merece?

Más allá de un control regulatorio, está la actitud de un espectador ante los contenidos que observa, ¿será la pereza o la reflexión?



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor 17 Mayo 2014

Si “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, como dicta la frase atribuida al contrarrevolucionario saboyano José de Maistre,  ¿será que en las áreas del espectáculo –información y entretenimiento– los espectadores tienen la televisión que se merecen? Los recientes pronunciamientos de la institucionalidad gubernamental se han sumado a ese debate, entre el beneplácito y la crítica, que pone en discusión contenidos donde el cómico es el rey.  

Se ha hablado de libertad de expresión, de mensajes discriminatorios, de representación de etnias y minorías, de regulación y restricciones, de creación de imaginarios. Sin embargo, más allá de un control policial que se perfila como filtro entre contenidos y audiencias,  por  qué no preguntarse sobre el comportamiento del espectador, sobre su actitud frente a la programación.

Que la ‘telebasura’ nos gobierna es un dicho repetitivo, al punto de ser cansino. Que la decadencia televisiva responde a la decadencia del espectador, o viceversa, lleva a conjeturas como las del huevo y la gallina.

En estos días, las imágenes multiplican a la mujer como objeto, la comedia sobre la desgracia ajena, el entretenimiento desde la invasión de la privacidad e intimidad, la violencia como atributo; mientras tanto, calificadores ‘calificados’ regulan con criterios poco claros sobre sexo y hábitos de consumo–la edad para ver filmes. La corrección política, la ambigüedad y  la subjetividad se imponen totalitariamente una por sobre la otra en un mar atormentado por la incertidumbre. En el oleaje naufraga el criterio del espectador.

Si por una parte la imposición constante de filtros no es aceptable como modus vivendi; por la otra, la formación de públicos ha sido una práctica añorada desde diversos campos. Instituciones culturales han buscado procesos para que el criterio de las audiencias tenga más herramientas frente a las producciones: cine clubes, escuelas de espectadores, talleres de apreciación… Se ha buscado públicos activos y cuestionadores. Pero, en síntesis, como lo postula el francés Jacques Rancière, la emancipación del espectador es la afirmación de su capacidad de ver lo que él ve y de saber qué pensar y qué hacer con ello.

Siguiendo el razonamiento de Umberto Eco, en ‘El lector modelo’, el espectador como destinatario de un texto audiovisual debe actualizar la cadena de artificios expresivos que lo compone; ser un operador capaz ante los códigos. Para que el contenido no derive en una especie de glosolalia dispuesta a satisfacer el ánimo de consumo, las audiencias deberían responder ante la complejidad de los elementos dichos y no; analizar la representación del mundo, pensar por sí mismas hasta discernir lo verdadero de lo falso, lo aceptable de lo inadecuado, lo deseable de lo poco apetitoso… sin la oposición ciega y sin la prohibición como herramienta.

Generar un contenido televisivo, pensar un producto comunicativo, significa aplicar una estrategia que como tal incluye la previsión de los movimientos del otro, del público. Pero si esa previsión subestima al espectador, desde un prejuicio cultural para receptores inmediatos, sin memoria, sin remordimientos,  sin conciencia, el producto en sí será de pobre calidad. ¿De quién es la labor de arrancar a los dominados de las ilusiones que los mantienen en ese estado?

El mismo espectador es el ser idóneo para exigir esa calidad; es decir, cambiar desde el otro lado de la pantalla para que dentro de ella las cosas también cambien. Las regulaciones oficiales congestionan ese proceso, depositando cualquier huella de formación en el campo de las restricciones, antes que en el de las reflexiones. El paternalismo sobre las audiencias incluye una concepción reduccionista del espectador, ¿son las audiencias, conglomerados de débiles mentales? No, no lo son. “Los imaginarios se construyen por todos más allá de los medios de comunicación”, se recogió de la intervención del activista León Sierra, en un reciente intercambio de ideas en la Asamblea Nacional.

Bajo estas concepciones, el reto es pensar en programas inteligentes, para espectadores inteligentes, en una cultura popular inteligente. Y siguiendo la utopía: buscar en ambas partes la calidad intelectual, política y estética máxima.

En textos de Gilles Deleuze y Jean Baudrillard, de Rancière y Eco, se estima que la relación del hombre contemporáneo
–desde mediados del siglo XX– con la cultura se da en términos de simulacro, donde la representación adquiere el valor de lo cierto. Pero, un siglo antes, ya Ludwig Feuerbach –pensador  del humanismo ateo– reflexionaba sobre ello, aunque para cuestiones religiosas. En sus líneas que sirven de epígrafe a ‘La sociedad del espectáculo’, de Guy Debord, se lee: “Y sin duda nuestro tiempo... prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, así, lo que es profano es la verdad”.

Si la ilusión, en este caso la televisiva, se asume como certeza, el acercamiento a ella merece un espectador capaz de separar la celebridad del actor político, aunque ambos abusen de la misma plataforma para proyectar su imagen, para promocionar su idea; un espectador capaz de descubrir e interpretar el sentido que construye los hechos; un espectador que ponga en práctica eso que Roland Barthes llamaba “olfato semiológico”: la capacidad posible para todos de captar mensajes donde sería más cómodo solo ver cosas.

Se trata de un espectador que, en definitiva, comprenda que el espectáculo es la inversión de la vida; y que, así, aunque la imagen prime sobre la idea, sea un sujeto que no permita que la inteligencia se supedite al ingenio mercadotécnico, ni que la frivolidad se imponga como forma de entender el mundo.

Adoctrinador y tedioso, tal vez; más si se considera que el entretenimiento es justamente el escape del aburrimiento. La duda y el escepticismo ante los discursos mediáticos significan trabajo mental, pero, si se busca una TV de calidad, antes de quejarse  sobre la ‘telebasura’, mejor postularse como espectadores menos perezosos.

Ejemplos de este tipo de programación –que busca desatar reacciones más activas en la audiencia– se han dado. El más palpable es el de HBO, que bajo el lema de “no es televisión”, ha dominado el campo de las series televisivas, proponiendo contenidos que mueven a reflexión y –en algunos casos– a la generación de un culto que se expande hacia la producción de literatura específica.

Esa ruptura de cánones por parte de HBO fue tratada en un artículo de El País, de España, (Pensamiento crítico en la ‘caja tonta’. 14 de agosto del 2010), que cuestionaba y respondía: “¿Y por qué no antes la reflexión en las series? Las reglas publicitarias generaban espectadores perezosos, vendidos a un entretenimiento tan puro como hueco. […] (El canal) no estaba obligado a rendir pleitesía a los anunciantes sino a presentar sus respetos a una audiencia dispuesta a costear un producto vanguardista”.

Apartando las cuestiones del ‘rating’  y de la publicidad, inherentes a la comunicación, y asumiendo la problemática desde el lado de los contenidos, Iván de los Ríos, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid –en el mismo artículo de El País– opinaba que las series de HBO “apuestan por una nueva forma de narrar, no tan simplista y sensacionalista. Una expresión muy crítica sobre la sociedad que las engendra”.

Para concluir, otra correspondencia entre el espectáculo y una máxima de la política, esta vez de José Martí:  “Pueblo que soporta a un tirano, lo merece”, para el buen espectador, una sola imagen. Como postrera y definitiva opción, siempre queda el botón para apagar.

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