Los escritos de Santa Teresa de Ávila

Teresa de Cepeda y Ahumada es autora de una docena de obras. Escribir fue para ella una abrumadora práctica. Sus textos, vistos por la poética actual, son una polifonía de voces abierta, libre, confidencial.



Julio Pazos Barrera* (O) 17 Octubre 2015

Quito y Cuenca honran a Santa Teresa con monasterios  dedicados a practicar y conservar su regla. En su natal Ávila se acaban de celebrar las festividades por su quinto centenario (nació el 28 de marzo de 1515 y murió el 4 de octubre de 1582).

En la perspectiva histórica se establece la relación de la patrona de su natal Ávila con Quito merced a la presencia, en los albores de la ciudad andina, de cuatro de sus hermanos: Lorenzo, Antonio, Gerónimo y Agustín.  Lorenzo de Cepeda y Ahumada, por su fidelidad al rey, recibió como premio las encomiendas de Píntag, Penipe, Quimiag, Chambo, Punín, Valle de los Chillos, Valle de Paute, entre otras.  Ejerció importantes cargos en Quito; fue nombrado visitador fiscal de Loja, Cuenca y Zamora. Habiendo enviudado, decidió retornar  a España en 1575.

Se han conservado dos cartas que la Santa escribió a Lorenzo. La primera fechada en Ávila, el 31 de diciembre de 1561. En esta le agradece por los 100 pesos de oro enviados para completar el pago de la casa que fue el Monasterio de San José; he aquí un fragmento: “Que a todos los que vuestra merced envía dineros, les vino tan a buen tiempo, que para mí ha sido harta consolación; y creo que fue movimiento de Dios el que vuestra merced ha tenido para enviarme; porque para una monjuela, como yo, que  ya tengo por honra, gloria a Dios, andar remendada, bastaban los que había traído Juan Pedro de Espinosa, y Varona (creo se llama el otro mercader) para salir de necesidad por algunos años”.
Aparece en este párrafo el estilo de la Santa, de hecho, familiar porque así denotan los usos del diminutivo de monja, “monjuela” y la expresión coloquial: “andar remendada”, que alude a los apremios económicos.

En otra carta escrita desde Toledo, el 17 de enero de 1570, habla de su relación con el dinero y su capacidad de negociar:
“Un amigo mío le encaminó tan bien, que el mismo día que llegó sacó la plata. Trájose aquí, a donde se darán los dineros, a fin de este mes de enero. Delante de mí se hizo la cuenta de los derechos que han llevado: aquí la enviaré, que no hice poco yo entender estos negocios, y estoy tan baratona y negociadora, que ya sé de todo, con estas cosas de Dios y de la Orden”.

Baratona será porque pedía rebaja, siempre entendiendo que sus negocios se desarrollaban en estrechas condiciones económicas.

Digamos, en síntesis, que el mucho dinero que salió de Quito fue muy bien empleado en el comienzo, es decir, en la fundación del monasterio de San José de Ávila, primero en la empresa de las fundaciones que, “movida por Dios”, realizó la Santa.

En las Obras Completas de Teresa de Ávila, revisadas y anotadas por Fr. Tomás de la Cruz, C.D figuran Vida, Camino de Perfección, Castillo Interior, Las Fundaciones, Las Relaciones, Exclamaciones del Alma a Dios, Modo de visitar los Conventos, Vejamen, Respuesta a un desafío, Poesías y Apuntes, pensamientos y memoriales. No se incluye en estas Obras el epistolario.

Santa Teresa
Santa Teresa
Fue la fundadora de las carmelitas descalzas. Monasterio de Santa Teresa, Avila, España.

Dice el editor que Vida es un relato autobiográfico; las Relaciones son un florilegio de piezas sueltas, variadas de tono y dimensiones; Camino de Perfección y Castillo Interior son “obras de formación espiritual para sus monjas”. Pero “enseñar, para la madre Teresa, no es teorizar sino trasmitir convicciones y comunicar experiencias”. En el Libro de Las Fundaciones, “se propone hacer historia y no leyenda piadosa. Pero a su modo. No sólo entrevera retazos de su vida mística en pleno relato familiar o humorístico, sino que a intervalos interrumpe la narración […] para conversar sobre el tema de siempre: lo espiritual, consejos a las prioras, consignas de obediencia, oración y amor fraterno, avisos sobre la melancolía…”. Las Poesías: “No era poeta, pero a veces no podía menos de componer ‘de presto coplas muy sentidas´. [… ] Entre sus poemas, hay algunos compuestos bajo la presión de las gracias místicas, […], hay villancicos […] y una serie de composiciones festivas”. Escribió los libros principales después de cumplir 47 años.

Escribió Santa Teresa en lengua conversacional. Quiso hacerlo así con el propósito de orientar a las monjas de los conventos. Recomendó a las prioras que deben “mirar a la manera de hablar que vaya con simplicidad y llaneza y relisión; que lleve más estilo de ermitaños gente retirada, que no ir tomando vocablos de novedades y melindres, creo los llaman, que se usan en el mundo; préciense más de groseras que de curiosas en estos casos”. Este afán le enfrentó con la densidad de sus experiencias espirituales. En muchos momentos declara no encontrar la lengua adecuada para comunicar sus estados emocionales y las revelaciones divinas. Por otro lado, los contenidos de la comunicación podrían resultar oscuros y ambiguos, aspecto que le obligó a solicitar a sus confesores que suprimiesen los que a bien tuvieren.

Cuando habló de estilo es de suponer que no ignoraba el arte de escribir, no por nada sus lecturas comenzaron con ciertas novelas de caballería. Pero también leyó textos cultos de espiritualidad. De modo que entre lo popular y lo culto buscó la forma de amalgamar las dos tendencias. En principio, prefirió la tendencia popular.

Ramón Menéndez Pidal comenta que se toman estas formas como “propias del habla hidalga de Ávila”. El escritor español cree que algunas lo son, pero que otras son del habla rústica y que la Santa las adoptaba para preciarse del estilo grosero y ermitaño. Así también entiende Menéndez Pidal al reparar en los usos de ilesia y relisión, puesto que la Santa bien conoció los términos iglesia y religión, presentes en los libros que leía.

Personal y popular en los escritos teresianos es el uso de los diminutivos.

En otro nivel, algunos críticos reconocen, después de señalar la monotonía que encuentran en la repetición de expresiones y en el exceso de digresiones, la capacidad poética de la Santa en cuanto a la producción de comparaciones y metáforas. Citan expresiones como estas: “paréceme a mí que anda el alma como un asnillo que pace”, y esta otra: “como un navegar con un aire muy sosegado…”.

Estos son unos pocos ejemplos de los cambios de significado. Escribe: “Esto no lo puedo decir sin lágrimas, y habían de ser de sangre y quebrárseme el corazón” (Vida, 4). En otro lugar dice: “¡Oh grandeza de Dios! ¡Y cómo mostráis vuestro poder en dar osadía a una hormiga!” (Las Fundaciones, 2). Para referirse a sí misma hace la metáfora de la hormiga. En la siguiente expresión: “Pues comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen nuestra Señora”, (Las Fundaciones, 4) la metáfora de palomares por conventos o monasterios se afina con el diminutivo. “A boca de noche” (Las Fundaciones, 15) es una original metáfora del crepúsculo.  Muchas son las comparaciones en el estilo de Santa Teresa y como ella quiso hacerlas, sin alejamiento de los elementos reales comparados.

Separados en el tiempo, los profesores salmantinos fray Luis de León y Miguel de Unamuno concuerdan en apreciar la escritura de la Santa de Ávila. Para el primero, impera el individualismo: “dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ella se iguale”. Para el segundo, el valor de las letras fue su justificación; aunque, ella lo dice con frecuencia, sus libros fueron imposiciones de sus confesores.

Víctor García de la Concha, que escribió El arte literario de Santa Teresa (Ariel, Barcelona, 1978), anota que En Santa Teresa todo parte de la historia individual o pasa por ella. Porque incluso las zonas de vivencias espirituales no experimentadas reflejamente, son inquiridas desde el propio proceso de concienciación o de comunicación. Ya no cabe, por consiguiente, hablar de equidistancia entre el tratado y la biografía: la historia personal se hace teoría teológica y/o ésta se concreta vitalmente en lo biográfico.

En efecto, la primera impresión del lector es la de asistir a una autobiografía, pero, mientras prosigue, sospecha que se le habla del misterio de Dios.

Escribir fue para ella una abrumadora práctica. Según dice, en algunos momentos era el Espíritu Santo quien dictaba y en otros era la descripción de sus pobres y trabajosas experiencias. Citaba los textos de la mística clásica con temor de caer en la intemperancia de la Inquisición. Escribió que por ser mujer y débil no se atrevía con la teología. Sus textos, vistos por la poética actual,  son una polifonía de voces abierta, libre, confidencial.

*Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

 

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