El negocio ahora es taparse

La revista Playboy no publicará más fotos de mujeres desnudas. Las decisión se basa más bien en la data que en la ideología.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 17 Octubre 2015

‘Lo que no se muestra, no se vende” quedó para el olvido. Esta frase, que hasta hace poco fue una máxima -o una broma de gusto particular dentro de los debates sobre la objetivación del cuerpo femenino y la sociedad hipersexualizada-, recibió un revés con el reciente anuncio de Playboy. Desde marzo del 2016, la revista fundada por Hugh Hefner, en 1953, y que conmocionó la vida del hombre urbano promedio, no publicará más fotos de mujeres desnudas.

Bien podría tratarse de una aplicación de la ley de Murphy: “Todo lo que puede suceder, sucede”. Más en una sociedad de cambios intensos, de constante fluidez, de vertiginosa rapidez, de virtualidad, de hiperconectividad; un mundo donde la comunicación vía plataformas digitales y redes sociales dejó de ser tendencia para ser revolución.

Si todo se ha movido al estado ‘on line’, es lógico que los populares ‘centerfolds’ impresos en Playboy pierdan espacio y significado ante los contenidos explícitos, múltiples y gratuitos que atiborran la Web.

Con respecto a eso: la pornografía se corresponde con más del 10% de todas las búsquedas en la Red (claro, otro porcentaje entra directamente en los sitios) y el número de ‘porn pages’ se estima entre los 700 y 800 millones. Más datos proporcionados por Internet: según pornmd.com, ‘milf’, ‘teen’, ‘cum’, ‘bbw’, ‘sunny leone’... son los criterios de búsqueda de contenidos sexuales y desnudos más comunes a escala global. Por lo tanto, no es que se reduce el consumo, sino que la oferta está en otros espacios... con otras promociones y otras ganancias.

Con esas herramientas y de frente a la avalancha de imágenes y otros recursos digitales, el muchacho escondiendo la Playboy bajo el colchón parece una tarjeta de ‘precious moments’. Así son las cosas en este mundo, en el que el fin del mundo deja de ser noticia.

Vivimos un contexto donde la capacidad de adaptación es obligatoria. Como prueba, insertarse en las realidades de las redacciones, donde lo digital concentra todos los esfuerzos, es suficiente. Así, la decisión de Playboy no obedece tanto a la voluntad sino a la necesidad; no es que ‘quiere’, sino que ‘debe’. Hefner, en bata y resignado, aceptando la propuesta de un nervioso Scott Flanders (actual jefe ejecutivo de Playboy Enterprises), para vestir a las conejitas, es la viva imagen de la situación de gran parte de los medios de comunicación y del negocio editorial.
La iniciativa de la firma del conejo con pajarita empata con su ajuste para las redes sociales (Facebook no publica desnudos), el rediseño de la revista y una renovación pensada en atraer a los millenials, tan apetecidos por los publicistas. Ahora, el público objetivo son los jóvenes de 18 a 30 años, quienes saltaron la brecha tecnológica; décadas atrás, fue el turno de, justamente, esos adolescentes que encontraban en las páginas de Playboy un elemento ritual de iniciación.

Hugh Hefner
Hugh Hefner
Las perspectivas libertarias de Hugh Hefner han tenido que ceder ante las condiciones actuales del negocio.

Con el sexo -y sus multiformes expresiones- al alcance de un clic, Playboy se pondrá la ropa. El cambio, con visión empresarial, bien podría conllevar una estrategia en la que si ya nada queda para la imaginación, ha llegado la hora de alimentarla reduciendo la oferta: “¿No tienes hambre? -No comas”... “¡Ah! Ahora ya tienes hambre”.

Nada que hacer: las decisiones, hoy por hoy, se toman por la data y no por debates ideológicos (por lo visto, no hay quién resista pasar de 5,6 millones de ejemplares mensuales a 800 000, ni siquiera el libertario radical de Hefner). Para suerte de Playboy, sus arcas aún reciben los réditos de la incidencia de su marca y logo en la cultura pop: ropa, bebidas, perfumes... Merchandising que reproduce la orejas y el corbatín, ese ícono que promocionó las carreras de Marilyn Monroe, Sharon Stone, Kim Bassinger, Pamela Anderson, Cindy Crawford y un etcétera, etcétera, etcétera.

El mercado manda. Incluso manda más que las ‘buenas costumbres’, aquellas de la moral conservadora dominante que quiso enviar a Playboy a la hoguera. Manda más que las voces feministas que protestaron contra las imágenes, su producción y su estética, por -decían- exponer a la mujer como un objeto de deseo. Manda más que esa otra postura, según la cual el desnudo femenino empodera a las mujeres.

Si, antes, el concepto de Hefner resultaba subversivo con respecto al sexo, incitaba al descubrimiento de los deseos y el placer y el reconocimiento de otras prácticas sexuales; es decir, si Playboy movió el sexo desde lo furtivo hacia lo ubicuo, ese desplazamiento perdió sentido en una sociedad hipersexualizada, que el mismo conejo ayudó a cimentar. Al eliminar lo pacato, eliminó también cualquier coyuntura que la revista pudiera provocar en su formato clásico (de la versión digital las retiró el año pasado y... el número de visitas creció). ¿Quitar las fotos de mujeres desnudas de la edición impresa inicia una extinción por aburrimiento? Lo que ayer causaba alharaca, ahora pasa desapercibido, tal como ocurre con todo lo que es espectáculo y consumo.  

Además, la decisión y el anuncio de Playboy coinciden con un momento en que la masculinidad tradicional se ha puesto en crisis, cuando la sociedad delibera sobre lo sexo/genérico y reconoce opresiones donde antes nada veía o que es ‘tolerante’ ante lo que fue polémico. Y, en medio de todo eso, el imaginario playboy se tambalea hasta el posporno, esas acciones simbólicas que -desde los 80- buscaban revocar la estructura social. Sí, el anunció Playboy indica un fenómeno cultural a seguir.

Para quienes se pregunten ¿qué nos queda si hasta el desnudo nos han quitado? Playboy Enterprises ha permitido que cada franquicia decida autónomamente. México y Venezuela seguirán publicando desnudos.

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