Para cantinflear hay que dominar la palabra

El actor y comediante David Reinoso lanza algunas ideas sobre la cantinflada, en medio de un agitado día de grabación, en Guayaquil



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 19 Octubre 2014

Cuando llego al estudio donde David Reinoso me ha citado muy temprano, antes de salir a grabar en exteriores todo el día, él está completamente dormido en su Camaro plateado; el auto está estacionado afuera del galpón donde se filman sus programas Vivos y La pareja feliz. Prefiero no interrumpirlo y paso a esperarlo en el recibidor. Luego de que el guardia lo despierta cuidadosamente, él entra al edificio –tratando de domar su copete con las manos– sin realmente saber sobre qué vamos a hablar. Se lo recuerdo: la cantinflada.


Cinco minutos después, en su camerino –abarrotado de material de todo tipo para transformarse en al menos una decena de personajes– se sienta en la misma silla en la que, indistintamente, lo maquillan o juega Play Station. El espacio es diminuto y el tiempo que tenemos es limitado. Así que sin más, lanzo la primera pregunta sobre la cantinflada y él –al principio sin proponérselo– empieza a cantinflear.


¿Cantinflear es un arte?
Depende de quién lo practique. Porque para llegar a ese punto tienes que tener un nivel de conocimiento vasto de la palabra. Tienes que tener información, sacar harta labia y un vocabulario muy extenso.


Entonces sí sería un arte, del dominio de las ideas y de la palabra.
Por supuesto. Ahora, si vamos a hablar del cantinfleo humorístico, debe decir cosas incoherentes, pero a la vez agradables. Porque algo que no es coherente y no es agradable tampoco es gracioso.


¿Por qué nos reímos de la cantinflada, si al final de lo que se trata es de una especie de engaño?
Por lo mismo, por el adorno, por la astucia. Por la manera inverosímil de llegar a un punto.


A veces también puede dar rabia, porque estás demandando información y te salen con una bobada.
Eso depende de quién lo haga; depende de su arte. Porque hay gente que tiene tanto arte que no hace notar que cantinflea y convence.
Pasa con muchos políticos.

¿Dirías que esas son las cantinfladas que dan rabia?
Sí, a la larga sí. Pero ya estamos acostumbrados, creo. Nuestra sociedad es así. Olvidamos muy rápido.
 

Hay un acuerdo tácito, en el que ellos nos cantinflean y nosotros votamos por ellos, luego los botamos
Sí, y después nos da pena y volvemos a votar por ellos.


Y entonces nos vuelven a cantinflear.
Es un círculo vicioso.  


De estos tres, ¿cuál crees que es el mejor representante del espíritu cantinflesco ecuatoriano: un candidato en campaña, un vendedor telefónico o un infiel pescado in fraganti?
Para mí el ganador definitivamente es el infiel. Porque es astuto. Y el político tiene también algo de infiel: no es fiel ni a su palabra ni a su pueblo.


¿Por qué como sociedad no somos capaces de desarticular este círculo vicioso, y no solo en lo político?

Es que a veces la ignorancia nos hace creer que no entendemos. Por ejemplo, acá vienes a hacer una obra de teatro en la cual montas muñecos raros, con diálogos rebuscados que no se entienden, y la gente dice: ¡Uy, dios mío, eso es arte! Y no, eso es cantinflada escénica. Mucha gente utiliza eso en otros ámbitos, se adornan con palabras rebuscadas para pasar como intelectuales. Ese es otro nivel de cantinflada.


Suele pasar en la Academia, ¿no?
Sí. Al que habla normal y cantinflea como el pueblo se lo considera burdo; pero el que cantinflea con palabras rebuscadas ya está en otro nivel.


Ya es ‘intelectual’.
¿Intelectual? No sé; lo que sí pasa es que no queda como puerco, sino como bacán.


En el ámbito político local, ¿qué es lo más cantinflesco que tú recuerdas?
La regalada gana de (Abdalá) Bucaram; ha sido una de las cosas más tucas que he visto.


¿Crees que Bucaram ha sido nuestro presidente más cantinflesco?
Sí, él es el gurú.


¿Qué hace que sea tan atractivo un mensaje que realmente no comunica y es solo un montón de efectos especiales?
Eso mismo; porque los efectos especiales deslumbran.


¿Estamos programados para ser seducidos por estos juegos de artificio?
Yo creo que sí. Vivimos una realidad tan aburrida, que a veces la cantinflada te divierte. Aunque no sea divertido o no te guste; sin darte cuenta a veces la cantinflada te relaja.


¿Las cantinfladas no son más que fórmulas?
Son como un ‘sketch’ mío. Tienen la misma estructura y lo que cambia es el escenario. Uno ya sabe cómo va a terminar el ‘sketch’, pero se le hace el adorno para que llegue de otra manera al mismo final. La cantinflada es lo mismo: me la saco, digo esto, en realidad no digo nada, pero lo digo bonito.


¿Con quién quisieras un mano a mano de cantinfladas?
Con Bucaram; yo he conversado con él, pero no en ese ‘swing’. Me gustaría también tenerlo con Chávez; yo admiraba mucho en Chávez su capacidad de hablar y de envolver. Porque era como un encantador de serpientes. Él tenía una capacidad de hablar y hablar y hablar; como ahora en las sabatinas. Él fue el maestro de las sabatinas, capaz de hablar tres, cuatro horas seguidas. Hay que ser un maestro para hacer eso.


¿Y un mano a mano con humoristas, vivos o muertos?
Hubiese querido tener uno con Alberto Olmedo, el Negro. Él también tenía una capacidad increíble de improvisación cuando trabajaba.


¿Y con Porcel?
También, pero Olmedo era el capo.


¿Cuándo deja de ser graciosa la cantinflada para convertirse en fastidiosa?
Creo que cuando empiezas a caer en la realidad. Hay que recordar que esto es puro encanto, puro artilugio, puro adorno y llega un punto en que se termina.


O sea que no es sostenible en el tiempo.
Por supuesto, porque pierde el encanto. Y si es repetitiva es también aburrida.


Los ingredientes de una cantinflada perfecta
Saber adornar bonito, tener vocabulario amplio, una cabeza ágil, perseverancia. Y, obviamente, no decir nada.

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