Somos los culpables del hambre en el mundo

“Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre”, escribe Martín Caparrós en este libro, en este retrato de la humanidad incoherente



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 19 Octubre 2014

Cómplices. Todos somos cómplices de este genocidio trastocado en plaga por los embrujos de la palabra. Y usted lector -cuando lo interpelo digo nosotros- no será menos cómplice tras leer esta nota o si relame las 610 páginas de ‘El Hambre’, crónica, ensayo, investigación del argentino Martín Caparrós. No lo será menos cuando la lagrimita de la culpa, de la impotencia, de la cobardía remueva sus entrañas tan adornadas de alimentos. ¿Cómplice? Cómplice, por no decir también culpable.


Acaso le perturba la imagen que grafica esta nota, ¿le molesta tanto como para desviar la mirada? Hágalo, esquive el brazo delgado, la tétrica costilla, la cabecita yerta... No sería el único, el raro. Porque usted la evada -lector, múltiple lector- , el hambre no habrá desaparecido del mundo, seguirá, condenará, matará. Acaso no le perturba, tampoco sería extraño; estamos tan acostumbrados al espectáculo macabro, que ni el asombro ni la vergüenza nos movilizan. ¿O sí?


“¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”, se cuestiona Caparrós asumiendo las palabras de la tribu. El cronista con las herramientas del mejor periodismo narrativo, del sentido común y de la curiosidad de los inconformes trabajó el libro ‘El Hambre’. (Planeta, 2014). Un gran texto, una cachetada, paradigmático, brutalmente cierto, sacude las conciencias y nos involucra con el asco que producimos y que pretendemos ignorar, tapando narices, volteando ojos: la ocultación es otra forma de mentirse.


Para escribirlo, Martín Caparrós, tan ducho en las crónicas gastronómicas, en las prácticas del buen comer, se fue adonde no se come. Por más de 20 años la idea golpeaba su cabeza, durante cinco la volcó a las palabras, mientras recorría un mundo insistente en el fracaso de la civilización. Níger, India, Bangladesh, Kenia, Sudán, Madagascar, España, Argentina, un ‘OtroMundo’...Los espacios donde el hambre es: las villamiserias, los poblados polvorientos, las urbes atestadas. También Chicago, donde el alimento que no toca boca se convierte en moneda, las economías de la Bolsa.


Con cada ciudad el libro halla su estructura. Con cada urbe, Caparrós desarrolla las causas del hambre, sus condiciones, sus sentidos. El hambre como estructura social. El hambre y la desigualdad de género (hombres que trabajan, mujeres en casa, hombres que golpean, mujeres que callan). El hambre y la religión -Dios, la idea de un dios que todo lo designa para la resignación-; y las conveniencias políticas, las corruptelas de la burocracia; y los dictámenes de la economía global, del sistema; y el espectáculo de la convivencia, la ilusión de lo humanitario. Mecanismos que mantienen al hambre y que convencen a los hambrientos de que es su culpa.


Caparrós acude a la historia, recorre épocas y hambrunas, alarmas, resistencias, colapsos. Acude a la historia y sus personajes, ejemplifica a través de ellos. Acude al pueblo Ik y al individualismo extremo como forma de lucha contra el hambre extremo; al exterminio en los nacionalismos y las guerras; a los embates de natura y de las monarquías. Pasa revista y desenmascara: el vegetarianismo como lujo o como pretexto de una religión en un marco social de miseria; el karma como disfraz de la ansiedad, los celos, el miedo a la muerte; la madre Teresa despojada de su Nobel y su velo santo; soluciones inventadas en laboratorio, polvos y papillas, bombitas de nutrientes.


Hay ironía en la narrativa de Caparrós -definitivamente menos que en otros de sus libros-.Hay ironía sobre todo cuando parafrasea que el problema del hambre no está directamente relacionado a la falta de alimento, sino a la falta de dinero paraacceder a esos alimentos; una obviedad que el ‘establishment’ internacional ignora, simula no saber ante la concentración de riqueza.


Y en ‘El Hambre’ está el número, varios números, y también la sospecha sobre el organismo que difunde el dato. Cientos, miles, 900 millones de personas que se mueren de hambre al año; entre ocho y 10, cada medio minuto, a escala mundial.


Para no quedarse en las cifras, escalofriantes cantidades que atacan, en la estadística (“los números suelen ser, también, lo sabemos, el refugio de ciertos canallas”, escribe Caparrós), el autor va a los casos, a testimonios, a vivencias, a historias que caen lentas, a deseos imposibles de satisfacer. Así en Bangladesh:


- Si usted me asegura que no va a decir nada yo le digo cuál es mi secreto.
Dice Amena y habla más bajito y mira alrededor como quien quiere asegurarse. Yo le digo que claro, que a quién le voy a contar qué, y ella me dice que a veces pone a hervir agua y le agrega algo, una piedra, una rama, cuando los chicos no la ven.
- Entonces los chicos ven que estoy cocinando algo y yo les digo que va a tardar, que se duerman un ratito, que después los despierto. Y entonces sí se duermen más tranquilos.

Yo escucho; no le pregunto qué le dicen al día siguiente, cómo hace para que funcione más de una vez: me parece que no quiero saber.


¿Le parece fuerte lector? Entonces, ¡ha-ga-al-go! O no… Y termínese el café y el ‘croissant’ que acompañan su lectura dominical, complete sus 2 100 calorías diarias mientras cae en la metáfora gastada. Total eso -el hambre- pasa afuera, pasa en el libro y pasa en ese mundo donde habita pero que le es tan lejano, incompresible, inmensurable. El hambre “no es un tema de debate: no produce reflexión porque no tiene contra. Hablar contra el hambre es una tontería porque nadie está a favor; nadie se manifiesta a favor, por más que haga su parte para mantenerlo”, escribe Caparrós cuando habla del hambre, sobre el hambre, contra el hambre.


De esa hambre que resulta igual de feroz cuando lleva a la miseria del pensamiento, cuando muta a la ausencia de esperanzas, cuando no permite imaginar: la realidad como única verdad que impide soñar. Lo que trata el argentino también es el hambre como la imposibilidad de hallar cursos de acción, mejoras en la vida; es el futuro como amenaza.


En su prosa no hay juicios, sino enunciaciones que el lector repite como balbuceos de dolor, de moral, como razones y principios que se desinflan ante barrigas hinchadas de niños -son millones- que yacen en la indiferencia de los otros (de nosotros), con moscas, siempre con moscas. ‘El Hambre’ es un gran libro, no cae en las sensiblerías, mueve, hace que importe y, sin embargo, con eso digo tan poco sobre él; y, sin embargo, sigo igual de impotente, de cobarde, de cómplice... Culpable también.

Martin Caparrós
Martin Caparrós
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), escritor, historiador, maestro de periodismo, es el autor del libro publicado por Planeta.
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