El ocio solo es posible en libertad

Fabián Mejía piensa el ocio desde la Filosofía y eso hace que le dé la vuelta a muchas de las ideas fáciles que se tiene de este concepto, que cada vez está, según él, más condicionado a un sistema alienante.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 19 Julio 2014

Son tantas las personas notables, desde Ovidio hasta el fundador de la Kodak, que han dicho que la forma en que empleamos nuestro tiempo de ocio nos pinta de cuerpo entero. Cierto o no, el ocio es ese compartimento de permanente añoranza humana y que, sin embargo, según Fabián Mejía, desperdiciamos por una incapacidad de terminar con nuestra dependencia del sistema.

La veraniega Quito se pinta como el escenario ideal para conversar, y a ratos divagar, acerca de este tema. Afuera, cuando la entrevista acaba, nos espera la vorágine de una ciudad en movimiento perpetuo, a la que parece no interesarle el significado de la palabra ocio.

¿La idea del ocio creativo está matando el sentido del ocio a secas?

Creo que sí. Lo que se contrapone al ocio es el negocio, que niega el ocio; cuando ya le pones el adjetivo creativo al ocio, se vuelve negocio, es decir algo que es para algo. Es muy mal vista la ociosidad porque se entiende como un pecado, porque el trabajo es el que supuestamente te dignifica. 

La pereza es un pecado capital, según los católicos.

Sí. Lo que pasa es que se tiene miedo a que la gente no haga nada, por eso se le pone el complemento de creativo al ocio. Así es como se cae en el campo de los negocios. 

En la cultura occidental, la actividad y el trabajo mandan en la vida, ¿cómo se vive esto en otras culturas?

En la cultura oriental, el fin es la nada, el Nirvana; ahí se valora la ausencia. Recién el siglo anterior en Occidente se empieza a trabajar la idea de la nada como un posibilitador. Lo hizo (Jean Paul) Sartre con ‘El ser y la nada’, donde la libertad se define desde el vacío, y el ejercicio de la libertad es lo que dignifica al hombre y ya no el trabajo. Sartre es crítico contra el sistema que elimina el vacío.

Ponga ejemplos.

Las vacaciones no son vacaciones para beneficio de la persona, sino para que esa persona tenga espacios de ocio que le permitan luego trabajar mejor.

Para que se recargue.

Exactamente. Ahí hay un negocio detrás del ocio; además está la industria de los viajes. Uno llega de las vacaciones más cansado de lo que se fue, porque entró en el sistema. Eso nos pasa porque no valoramos el vacío, porque lo vemos mal. Sería interesante comparar lo que hacemos ahora con la experiencia de un vacío valorado.

¿Cree que seres urbanos occidentales –como nosotros– realmente podrían conocer el ocio a secas?

Bueno, el Ecuador tiene una salida, a través de lo barroco. Cuando tú tienes algo tan lleno, de alguna manera encuentras lo vacío también; lo llenas tanto que ya no tiene sentido. No sé si te ha pasado con el cajón del velador: hay tantas cosas ahí que ya no tienes nada ahí.

Sí, me ha pasado. Pero ¿cómo aplicaría esta idea a lo relacionado con la actividad y la inactividad?

Vamos por un lado un poco más sencillo, el ocio tiene que ver con los espacios. No es lo mismo la sala que el cuarto. El ocio tiene que ver con la cama, que es donde tú no haces nada. En cambio espacios como la sala, el comedor, la cocina están relacionados con la naturaleza. Los griegos trataron de desarrollar espacios que no se impregnaran de la naturaleza, que no tuviesen finalidades prácticas y buscaban crear espacios para la discusión, para el diálogo, para el ocio… espacios fuera del negocio. 

¿Cuál es la relación entre el tiempo y el ocio?

El tiempo es el otro elemento importante con el que se relaciona. El tiempo mientras sea traducido a algo físico (dinero, producción) es un tiempo de trabajo; y cuando no puede ser traducido a algo físico es un tiempo vacío, de ocio. De hecho, eso pasa cuando estás en la cama y no haces nada, porque tú no puedes apropiarte de eso, ni siquiera es tuyo.

¿El ocio solo puede considerarse como tal cuando se da en intervalos cortos, es decir, cuando no es una condición permanente?

Hay dos tipos de ocio. El que vendría a ser por ausencia y aquel para el que te preparas. El primero se da cuando no tienes nada que hacer y no estás preparado para eso y ahí puedes sufrir porque te aburres, te sientes mal contigo mismo y con los demás. El segundo tipo es un tiempo en el que dialogas, disfrutas y sientes que es parte de tu vida, no es impuesto. Por eso debería haber escuelas del ocio que nos preparen para el tiempo libre.

¿Qué tendríamos que aprender y enseñar en esas escuelas del ocio?

Primero a no temerle a la libertad. En Occidente, los seres humanos por principio le tenemos pavor a la libertad, porque la libertad exige siempre responsabilidad. También tendríamos que aprender a deshacernos de las cosas. Los niños son los maestros para disfrutar el ocio, porque pueden vivirlo a plenitud. No tienen presión ni determinación de ningún tipo. No existe el “tengo que”, pero si transformas este espacio de ocio del niño en un curso vacacional, ya no es un espacio de ocio. A veces los niños no quieren ir a los cursos vacacionales, porque quieren hacer lo que les dé la gana; porque los espacios donde “tienes que” son los del trabajo. Y aquí entra el problema de la ética.

¿En qué sentido?

La ética corresponde al actuar bien y solo aplica en el trabajo. La ética es el espacio de los deberes; y el ocio es el espacio y el tiempo donde no hay ética.

¿Es el relajo?

Si no estás preparado para el ocio sí es el relajo, y caes en el libertinaje. Pero hay que pensar que hay distintos paradigmas también; por ejemplo, está el del camello, que implica que aguantas todo el trabajo, pones todo en tu joroba, siempre estás trabajando y acumulando, nunca te acuestas y vives para los demás, es decir que vives totalmente alienado. Y hay otra posibilidad, que es la del león.

¿Cómo vive el león?

El león rompe con todos los parámetros y reglas que le ponen, destruye, es una etapa explosiva. Para (Friedrich) Nietzsche la etapa final es la del niño, llegar a ser como niños.

¿Cómo?

El niño está fuera de la moral, para él nada es bueno ni malo. La ética te impone parámetros. Y donde hay ética no hay ocio. Solo es posible donde hay libertad y felicidad, es el espacio de la pureza porque no hay códigos ni normas.

¿Por qué estar ociosos nos hace sentir culpables?

Porque somos cocreadores del mundo a través del trabajo y así nos alineamos con Dios; no trabajar sería traicionarlo. Pero ahí está también la alienación, porque tu trabajo sirve para que la propiedad privada de otra persona aumente y ahí está el pecado.

¿Eso es pecado?

A mi manera de ver, sí. La única forma en que conviertes el espacio en propiedad privada es el trabajo, pero ese espacio te pertenece a ti. El problema es cuando tú creas espacio privado para otros, que se aprovechan de ti, esa es la alienación. Si vivimos el ocio como la oportunidad para seguir trabajando para otros, lo que estamos haciendo es alienándonos y por lo tanto ese ocio no nos hace más libres. Nos hace más dependientes del sistema.

¿Qué le pasa a la gente que es ocupadísima, porque es importantísima, que casi no se da tiempo para el ocio?

Todos podemos tener inclinación al vicio e incluso podemos hacer del trabajo un vicio. Vicio quiere decir que algo no te permite disfrutar de nada más. Dejas de valorar las cosas por una sola actividad y así es como te vuelves vicioso. Ahí te conviertes es una persona agotada, que envejece rápidamente. No disfrutas tu tiempo libre si estás condicionado.

Creo que le vamos a arruinar las vacaciones a la gente que lea esto.

(risas) ¡No! Regresemos al tema de las vacaciones; si sales de clases en las que tienes horarios y entras a un curso vacacional en el que también tienes horarios, en realidad no tienes vacaciones. Porque las vacaciones se refieren a lo ausente, lo vacante, lo que está vacío…

¿Adónde nos va a llevar, como civilización, este culto por la actividad?

A ningún lado, a lo mismo. Como dirían los budistas, se vuelve kármico: llenas, llenas, llenas y así… sin sentido. Y ese mundo colmado de determinaciones no se termina nunca. El problema del negocio es que quieres imponer, y eso te lleva a no encontrar espacios en los que puedas vivir sin imposiciones, propias o de la sociedad.

HOJA DE VIDA

Fabián Mejía
Nació en Quito en 1969. Tiene formación en pregrado y una maestría en Filosofía por la Universidad Católica. Tiene una especialidad en Filosofía para niños; y forma a profesores de escuela para que la enseñen. Estudió Economía del Desarrollo en la Flacso, pero no sacó el título. Le encanta la Matemática. Es profesor en la Católica de Lenguaje y de Lógica. Es lector de novelas y corista.

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