En el fútbol, todos somos canallas

Los cánticos, el insulto, la defensa de los colores y el odio hacia el rival hacen del fútbol un sentir tribal que salta del gramado al graderío



Santiago Estrella G. (O) 19 Julio 2014

En las noches de la Cumbre –y la contracumbre- de las Américas del 2005 en Mar del Plata, era una costumbre que en los bares coincidieran brasileños y argentinos. Y era inevitable que estallara en cualquier momento la rivalidad futbolera que se tienen ambos. Los argentinos cantaban que Maradona es más grande que Pelé; los brasileños abrían las manos para corear el “pentacampeón” de siempre. Pero una argentina, en medio del barullo, también abrió la palma de la mano.
-¿Penta qué? –le preguntó un brasileño.
-¡Cinco premios Nobel! ¿Y ustedes?

Puede pensarse que se trata de un chiste que requiere de un remate, pero es una historia real que dejó al brasileño en silencio y dio paso a la algarabía argentina. Y quizá solo sea una muestra que permita entender por qué en el Mundial reciente se cantaba el “Brasil, decime qué se siente…”.

Ulises de la Cruz dijo que en principio prefería que Argentina ganara el Mundial, pero le parecía tal falta de respeto ese cántico argentino que se inclinaba por Alemania. Muchos pensaban como él. Lo entendían como un agravio. Pero lo cierto es que el fútbol no se puede entender sin el sentimiento de oposición. El fútbol en ocasiones encierra  una paradoja: el hincha existe, muchas veces, más por contradicción hacia el otro, que por identidad con lo propio.

Una pregunta válida es si el hincha de un equipo, supongamos que Boca Juniors, ama más a su equipo u odia más a River Plate (los ejemplos se pueden multiplicar). Carlos Drummond de Andrade, en su poema dedicado al Brasil  campeón del 70, escribió que no está hinchando, sino jugando. Y los que juegan al fútbol desde los graderíos podrían cuestionarse el porqué de su afinidad hacia sus colores.

En el fútbol siempre –es elemental-  se necesita de un rival. Y estos se van construyendo dentro de una tradición que proviene de la memoria y sus relatos. Es la paradoja del amor y el odio de esos matrimonios mal casados que no pueden vivir el uno sin la otra –y viceversa- aunque no fuera más que para insultarse. El asunto es cómo manejarse en una situación semejante. La solución para el humorista Roberto Fontanarrosa, hincha de Rosario Central, estaba en apropiarse del insulto: la mejor forma de quitar las armas al contrario.

El hincha de River Plate se reafirma como ‘gallina’, apodo que proviene de una derrota 4-2 luego de ir ganando 2-0 ante Peñarol. El de Boca no tiene problema en decirse ‘bostero’, nombre que nació por el olor de La Boca. Fontanarrosa decía orgullosamente que era un ‘canalla’, como comenzaron a llamarlos luego de haber faltado a  un partido en beneficio del leprocomio, organizado por su rival de siempre, Newell’s Old Boys, que quedó para siempre como ‘la lepra’, altivamente.

El fútbol, se sabe de sobra, no solo se juega en ese rectángulo durante 90 minutos. Se lo disputa mucho antes y mucho después y fuera de sus límites, en las graderías, en las casas frente al televisor y en la radio -más aún en esos tiempos cuando el escucha predominaba, porque se agrandaba lo que no se veía-. Y son esos momentos y esos lugares, que no dejan de ser dependientes del rectángulo y los 90 minutos, los que les dan sentido histórico. 

Cuentan los argentinos que una vez se vio al gran escritor Osvaldo Soriano relatar un gol de San Lorenzo de Almagro, en el interior de un supermercado en Buenos Aires. Su narración indicaba hasta los lugares entre las góndolas de verduras o de carne, por donde se desarrollaba la jugada. Dice la leyenda que fue tan emocionante su cuento, que uno hasta gritó el gol. El dato curioso es que ese supermercado está construido sobre las ruinas del Gasómetro, el antiguo estadio de San Lorenzo en el barrio de Boedo.

El relato de Soriano provenía de una nostalgia que es comprensible en el Río de la Plata. Su equipo había perdido su estadio y anduvo errante por la canchas de otros equipos. El sentimiento de localía es algo fundamental para los argentinos: el equipo representa un barrio que tiene su propio estadio. Y eso le da un carácter tribal, en el que ocupar el escenario del otro es esencial. El libro nacional de Argentina, ‘El gaucho

Martín Fierro’, tiene un verso que lo explica todo:
Yo soy toro en mi rodeo
Y torazo en rodeo ajeno;
Siempre me tuve por güeno
Y si me quieren probar,
Salgan otros a cantar
Y veremos quién es menos

Eso es algo que el fútbol ecuatoriano no puede entender. Recién en los 90, cuatro equipos comenzaron a construir sus estadios y el vínculo con sus barrios es nulo. Pero mirando hacia Buenos Aires, la metáfora del Martín Fierro explica el porqué del cántico argentino en Brasil.

Clasificarse a la final, luego de la goleada de Alemania a Brasil, les dio aún más razones para “cargarlo”. En un juego tan tribal como el fútbol, se sintió torazo en barrio ajeno. Porque de eso se trata el fútbol. El que vive este deporte cada domingo, el que de verdad está en las buenas y en las malas con su equipo, sabe de lo que se trata, que tiene que dar y recibir, aunque esto haya llevado la violencia a los estadios.

Brasil seguirá luciendo sus cinco dedos levantados. Argentina, que se quedó con sus dos títulos, le sacará en cara que llegó a la final en casa ajena y que Alemania le metió siete goles en su Mundial. Así como los colombianos siempre les recordarán a los argentinos ese 5-0, de septiembre de 1993; otro de esos motivos para el cántico, el insulto o el abrazo.

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