La indiferencia como respuesta a una guerra sin fin

El antiguo conflicto en Oriente Medio, que ha derivado en la represión por parte de un Estado armamentista y en la proliferación de células terroristas, parece haber curtido el alma de la humanidad



Oscar Vela Descalzo* (O) 19 Julio 2014

Los inicios del conflicto israelí-palestino se remontan al surgimiento de los movimientos nacionalistas que se desarrollaron en el Imperio

Otomano a finales del siglo XIX, reivindicando la identidad árabe sobre sus territorios. En la misma época, en Europa, se gestó el sionismo, movimiento laico que propugnaba la reagrupación de los judíos en un proyecto estatal. Apelando a la fundación histórica del judaísmo en tierras palestinas a partir de la revelación al pueblo de las tablas de la ley de Moisés, el sionismo vio a Palestina como el lugar ideal para la realización de tal proyecto.

Desde inicios del siglo XX, se instalaron en la zona del Imperio Otomano cientos de familias de judíos europeos cuyo número creció bajo el Mandato Británico entre 1920 y 1948. Así, Palestina, que permaneció bajo control colonial, se vio ocupada en ese lapso por judíos del movimiento sionista. La escalada de violencia entre palestinos y judíos durante aquellos años tuvo su punto máximo en la Segunda Guerra Mundial, cuando se empezó a barajar la posibilidad de la partición del territorio. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, en un acto de expiación y purga de todas las atrocidades cometidas contra los judíos por el régimen fascista, se aprobó la división de Palestina y la creación del Estado de Israel, en 1948.

Desde entonces la guerra entre los dos pueblos no ha cesado nunca. Hoy la realidad muestra que en la Franja de Gaza, una suerte de gueto de remembranzas nazis y sufrimientos avernales, viven cerca de 3 millones de personas en condiciones de miseria e insalubridad. Por otro lado, Israel, potencia bélica y económica, continúa su expansión en un territorio en el que los palestinos son arrinconados sin posibilidad de ser reconocidos como un Estado independiente.

Desde 1967, Cisjordania y la Franja de Gaza han permanecido bajo la ocupación militar israelí.  A finales de 1987 las revueltas populares árabes en la zona conmocionaron a Israel y descubrieron la triste realidad de la ocupación de los territorios palestinos. La violenta rebelión, conocida como Intifada, se repitió en el año 2000.

La política de Israel respecto de los territorios palestinos y de su gente ha alimentado una inmensa hoguera de odios y venganzas. La humillación y la muerte son hechos cotidianos, realidades ineludibles que las familias palestinas deben soportar. Y del otro lado, por supuesto, también hay víctimas, y aunque en un número inferior, los atentados árabes han dejado una ristra extensa de sangre y dolor entre los judíos.

Franja de Gaza
Franja de Gaza
Miembro de la artillería de Israel


Normalmente, las voces que se levantan antes estos eventos dramáticos son las de aquellos que miran los conflictos solamente bajo la óptica política de afinidades o antipatías, y reaccionan contra los que suponen son sus “enemigos”, ya sean potencias imperialistas o vulgares terroristas, según enarbolen las banderas de la izquierda o la derecha; sin pensar por un segundo en el ser humano como la víctima apolítica de este tipo de catástrofes.

Pero tampoco es justo que echemos la culpa de todos los conflictos bélicos a los aprovechadores de siempre, (personajes políticos y negociantes de armas), pues, en estos tiempos de inmediatez de la información, el dolor de las víctimas y la escenas dramáticas de los cadáveres mutilados nos resultan tan similares a las que vimos ayer que, de algún modo, tenemos curtida el alma, y ya no somos capaces de reaccionar con indignación y dolor frente a las tragedias de la guerra. Los seres humanos de estos tiempos somos duros e inconmovibles como las piedras. 

También resulta increíble, a la luz de la razón y de los antecedentes históricos que un pueblo como el judío, víctima de uno de los regímenes más perversos que ha conocido la humanidad, no reaccione contra su propio Gobierno que comete atrocidades con los palestinos en las zonas ocupadas. Un pueblo que fue perseguido y casi aniquilado por el delirio del fascismo, hoy justifica los mismos actos protervos de su
Ejército contra otro pueblo más débil y desamparado. Un pueblo como el judío al que la comunidad internacional le concedió de forma polémica una porción del territorio palestino para encontrar allí un refugio y protección, hoy se encumbra al pedestal del poderoso que aplasta sin piedad a los que suplican a sus pies. 

La sola idea de crear otra vez un muro para separar a Israel de los palestinos es la manifestación más clara de la miseria y de la vergüenza. 

Por todas estas razones, en el contexto actual del conflicto, con un Estado de Israel cuya política niega cualquier posibilidad de reconocimiento a Palestina, con bombardeos feroces contra civiles, con un muro humillante a medio terminar; y, desde el otro lado, con la proliferación de células terroristas alimentadas por el odio y la humillación de tantos años, con la inmolación de niños y jóvenes a los que se ofrece la vida eterna a cambio de masacrar judíos, la opción de una solución negociada se ve cada día más lejana, y por desgracia, lo único claro es que esta es una guerra sin fin. 

*Abogado y escritor. Autor de la novela ‘Yo soy el fuego’.

Israelíes
Israelíes
Observan desde la colina el resultado de un bombardeo


 

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