Más días de cabezas cercenadas

Ejecución tras ejecución, las decapitaciones han trazado una historia de ‘justicia’, terror e intimidación



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 20 Septiembre 2014

Eufórica, la reina de corazones en el mundo maravilloso de Alicia gritaba: “¡Qué le corten la cabeza!” La terrible frase la habrá escuchado también Cicerón, la ‘Voz de Roma’, por orden de Marco Antonio; Juan Bautista, por capricho de Salomé; Luis XVI y María Antonieta junto con otros 1 200 en la Plaza de la Concordia; María Estuardo, sentenciada por su prima Isabel I; Danton, Lavoisier, Robespierre, en El Terror. Una cuarentena de santos de la hagiografía católica.

Las ejecuciones -por parte del Estado Islámico- de James Foley, Steven Sotloff y David Haines traen el eco de la terrible frase; y dan continuidad a la decapitación como una práctica del islamismo radical, que resurgió con la muerte de Daniel Pearl, en Pakistán, en el 2002.

Así, la historia se sigue escribiendo, con una variante: lo que antes era en la plaza pública ante el grito enardecido de la multitud, es ahora en ‘streaming’ ante las audiencias multiplicadas por la virtualidad.

Más allá del acto, el montaje de las ejecuciones -con el simbolismo de uniformes naranjas-, su difusión por redes de video que ya no limitan el impacto psicológico y la reacción de la prensa, que potencia el mensaje de los verdugos, cumple el propósito del terrorismo: aterrorizar.

Decapitaciones
Decapitaciones
Ejecución capital en Túnez, a inicios del siglo XX.

Timothy R. Furnish, periodista, escribió en el 2005 que el islamismo radical busca golpear con miedo el corazón de su oponente, para ganar concesiones políticas y que, ante un Occidente inmunizado frente al horror, desarrolla nuevas formas.La decapitación, para el islamismo radical, además de un precedente ritual, teológico e histórico, es herramienta de intimidación; a la usanza de las cabezas empalizadas y expuestas para amilanar al pueblo en el pasado.

“No es la muerte, es la forma de ejecutarlos; separar la cabeza es distinto a un disparo, a una bomba”, escribió David Brooks, en el New York Times, y reflexionaba que el cuerpo humano es algo sagrado, no solo un amasijo de células; que una esencia espiritual lo diferencia de animales y vegetales; que es materia espiritualizada. Quizá ahí radica la efectividad de la decapitación en la guerra psicológica y, ahora, informativa.

Tras la cabeza cercenada como trofeo, como posesión de la fuerza del enemigo, como herramienta de amedrentamiento, algunos han dirigido sus ojos hacia interpretaciones literales del Corán, versos aplicables no solo a la época del profeta Mahoma sino afirmados como preceptos universales: la espada en la garganta del ‘infiel’.  En Oriente, la decapitación es opción en los códigos penales de Yemen, Irán, Qatar y Arabia Saudita, donde se aplica con frecuencia.

Occidente no está exento de culpa. La historia lo demuestra. Según los valores de justicia impuestos desde la concepción de crimen y castigo, la decapitación, como pena capital (la palabra deriva del latín caput: cabeza), se practicó en la antigua Roma, en Francia, Gran Bretaña y otros países europeos; mientras que en EE.UU. la contemplaba el estado de Utah.

En Francia, la decapitación con hacha o espada (símbolo de clase como casta militar) estaba reservada para los miembros de la nobleza, frente a la rueda, el desmembramiento, el ahorcamiento, la hoguera y la flagelación. Hasta que Joseph Ignace Guillotin propuso ante la asamblea gala un mecanismo que decapitara sin dolor, para que “el pueblo esté agradecido por sus derechos” y para que todos tuvieran el mismo fin sin importar su origen. La guillotina tuvo su primera víctima en el bandido Nicolás Jacques Pelletier, el 27 de mayo de 1792; y la última ejecución en Francia (1977) ajustició a Hamida Djandoubi, un inmigrante tunecino que asesinó a su compañera.

Fue usada en otros países y el régimen nazi también ejecutó con ella. Incluso, en 1996, el senador estadounidense Doug Tepper propuso sustituir la silla eléctrica por la guillotina, a fin de evitar el sufrimiento del condenado y permitir la donación de sus órganos… Lo rechazaron; era un método salvaje por lo sangriento.

La conciencia se pierde, probablemente, dentro de dos o tres segundos, por el rápido descenso del flujo sanguíneo en el cráneo. La persona muere por la separación del cerebro y la espina, por ‘shock’ y por anoxia, debido a la hemorragia masiva y la pérdida de la presión sanguínea, en menos de 60 segundos. Se ha reportado que los ojos y la boca de las cabezas cercenadas muestran signos de movimiento, pues se calcula que el cerebro tiene suficiente oxígeno guardado para que el metabolismo persista por cerca de siete segundos tras la decapitación.

Ejecución
Ejecución
David Haines fue el tercer occidental decapitado por el EI

Son datos acumulados luego de exámenes que se han desarrollado desde hace tres siglos, algunos abiertos a las especulaciones de la imaginación y el morbo popular. Carlos Suasnavas, en su blog ‘Sentado frente al mundo’, recoge una anécdota. El 18 de febrero de 1848, el pintor Antoine Weirtz, el hipnotista Monsieur D. y una testigo presenciaron de cerca la decapitación de dos condenados en Bruselas, para sobrellevar un experimento; el propósito era demostrar que las cabezas de los decapitados seguían con vida y pensaban. El plan sugería que Wiertz penetraría mediante hipnosis en los pensamientos del condenado, para narrar lo que sentía… Al parecer funcionó, el pintor se compenetró con el ambiente de pánico y angustia extremos.

Al caer la guillotina su descripción fue: “Un zumbido horrible... Es el sonido de la cuchilla cayendo. La víctima cree que ha sido alcanzada por un rayo, no por la guillotina. Sorprendentemente, la cabeza ya cayó y, sin embargo, ella todavía cree que está arriba, todavía siente que es parte del cuerpo. Todavía espera ser golpeada por la cuchilla. ¡Una asfixia terrible! (...) Una nube de fuego pasa ante sus ojos. Es roja y brillante”.

Es lo más próximo al pensamiento postrero de un decapitado. Nadie sabrá lo que sintieron los tres periodistas occidentales ejecutados por el Estado Islámico; pero sí lo que sienten las audiencias que ven su muerte: terror.

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