García Márquez y el verdadero viaje a la semilla

La investigación se convirtió en una doble biografía: la del primer García Márquez y la de su obra cimera, ‘Cien años de soledad’.



Marco Arauz Ortega. Director Adjunto (O) 20 Septiembre 2014

‘Si hubiera leído antes ‘El viaje a la semilla’, no habría escrito mis memorias’. A primera vista la frase parece una más de la inagotable mitología que sus admiradores y el mismo Gabriel García Márquez se encargaron de crear alrededor de su obra y de su vida, al envolverlas en esa niebla de realidad y fábula de la cual no escapa ninguna leyenda, más todavía cuando se vuelve una leyenda viviente.
Pero uno no puede sino coincidir con la afirmación después de este maravilloso viaje de la mano de  Dasso Salvídar a través de 600 páginas, incluidas las numerosas notas que dan más seriedad al trabajo y una selección de fotos históricas.

Este producto de veinte años de investigación, casi toda una vida, tiene el mérito, junto a una calidad ensayística y un ritmo intachables, de ir mostrando de manera minuciosa la relación entre el mundo de ficción contenido en ‘Cien años de soledad’ y los hechos reales, las circunstancias, los sitios, los episodios históricos, las expresiones culturales, que lo sustentan y que marcaron a su autor desde la infancia.
Por eso es que, al escribir sobre los aspectos esenciales de la vida del primer García Márquez, Saldívar termina escribiendo también la biografía de su novela río, destinada a convertirse en el paradigma no solo de una época y de un país sino de todo un continente.

‘El viaje’ empieza adentrándose en La Guajira colombiana de comienzos del siglo XX, cuando Nicolás Ricardo Márquez, abuelo materno del autor, y su familia trataban de sobrellevar la resaca de la guerra de los Mil Días y convivir con el auge y la caída de la producción bananera en la zona, que terminó con la masacre de La Ciénaga en 1928. García Márquez nació un año antes en Aracataca en la casa de los abuelos.
Debieron pasar 40 años para que el escritor pudiera asistir al acontecimiento que significó el lanzamiento de ‘Cien años de soledad’ en Buenos Aires, con el sello de Sudamericana. Saldívar reconstruye con rigor esa larga gestación del escritor y de su obra cumbre. Y prefiere parar ahí.

El resto es más público y tal vez menos importante. Por eso quizás no es una coincidencia que el propio García Márquez se hubiera detenido también en esa primera y definitiva etapa de su vida en su ejercicio autobiográfico que dio lugar a  ‘Vivir para contarla’.

El punto de inflexión entre el prolífico periodista y escritor que había sido hasta 1952 y el gran novelista que daría a luz en 1967 la obra que marcó un antes y un después en la lengua se produce, según  Saldívar,  cuando García Márquez vuelve a Aracataca junto a su madre para vender la casa en ruinas.

Ya habían quedado atrás los inicios poéticos en el liceo nacional de Zipaquirá, los primeros y finalmente fallidos intentos por estudiar Derecho en Bogotá, el fulgurante paso por diarios de Cartagena y de Barranquilla, y habían empezado a enraizarse las profundas y duraderas amistades literarias.

El Tiempo de Colombia, GDA
El Tiempo de Colombia, GDA
García Márquez cerró su primer ciclo en 1967, con la publicación de ‘Cien años de soledad’.

Ya la editorial Losada se había negado a publicar ‘La Hojarasca’ (que solo se editaría en 1955), con una carta en la que se le recomendaba dedicarse a otra cosa. Y, sin descuidar su trabajo periodístico, García Márquez ya se había puesto a luchar con ‘La casa’, un proyecto vasto que por entonces le resultaba imposible de escribir y del cual iban a nacer ‘Cien años…’ y otros grandes productos novelísticos, tras un importante proceso de decantación y aprendizajes.

Ese joven delgado y pálido, de pelo hirsuto  y ojos inquietos, que vestía camisas de colores chillones combinadas con pantalones de dacrón, iba a sumar dos desventuras más: la muerte de su amigo Cayetano Gentile Chimento, ocurrida en Sucre -ciudad en la que entonces vivía su familia- a inicios de 1951 y que sería la materia prima de ‘Crónica de una muerte anunciada’, y la efímera vida de ‘Comprimido’, un minidiario gratuito que él y sus colaboradores distribuían personalmente en Cartagena.

Entonces le sobrevino el deseo de conocer más sobre los pueblos en los cuales estaban sus raíces. Como vendedor de libros recorrió la geografía del Magdalena, el Cesar y La Guajira,  y se adentró más en la historia y en las expresiones como el vallenato, guiado por su amigo Rafael Escalona, ya un personaje del folclor. Pero el hecho más decisivo fue enfrentarse a la ruina y la soledad de Aracataca y tomar conciencia de que su destino literario dependía de su capacidad de remontarse al pasado, de viajar a la semilla.

Para esa travesía definitiva aún tendría que apertrecharse de otras experiencias personales y narrativas, cuyos hitos son su época de periodista en El Espectador de Bogotá, a la que corresponden sus mejores crónicas; su etapa de enviado a Europa, que le permitió explorar el lenguaje del cine como recurso narrativo; Caracas, La Habana y Nueva York y finalmente Ciudad de México. Fue ahí donde finalmente pudo, en 14 meses, entre 1965 y 1966, y en medio de privaciones que le recordarían su estadía europea, hallar la clave para el viaje definitivo a su esencia, que fue un regreso a la casa de los abuelos.

Es tal su rigor, que Saldívar no vacila en contradecir en fechas y circunstancias al propio novelista. Y tampoco duda en criticar aspectos de su personalidad tales como haber buscado desde joven la cercanía a personalidades y de haber sido parte de esos creadores que gustan de la cercanía del poder.

Si en ‘Vivir para contarla’ García Márquez no pudo evitar echar mano de la ficción para hablar de sus orígenes, ‘El viaje a la semilla’ pone las cosas en su término justo, y eso quizás lo convierte en las memorias que el Nobel deseó escribir.

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