El premio no es el camino a la excelencia

Considerados como recompensa a las buenas acciones, los premios también pertenecen al mundo de la frivolidad y el mercado. Tito Molina, ganador y perdedor de premios, habla sobre ellos y sus ilusiones.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 21 Febrero 2015

Su ‘Silencio en la tierra de los sueños’ se quedó en el camino a los Oscar tras el primer paso; pero el título se coronó con los laureles de otros festivales internacionales. Ahora, Tito Molina -entre anécdotas y convicciones de lo que es el cine-  le da vueltas a la idea misma de premio: a la frivolidad que se ensancha bajo la luminaria, al reconocimiento del trabajo, a la herramienta de mercado y a la deformidad en la que puede derivar.

¿Qué sensaciones acarrea recibir un premio?

Sería falso cualquiera que diga: “A mí no me interesan los premios”. Ese momento de subirte al podio, sostenerlo en la mano y tener un público es muy agradable. Ahora, otra cosa es creerte el premio, eso es tan variopinto como el juicio de cada espectador o cada jurado. No hay una idea general, tienes que entender cuáles son los intereses del mercado de cada festival, cuál es el subtexto de cada premio. En ese sentido es importante no creérselo; ahora, el acto de que tu obra haya tenido un reconocimiento siempre será agradable. Claro, un premio no viene gratis y rara vez es exclusivamente un reconocimiento a tu obra… Hay otras cosas.

Cosas externas a la obra…

De hecho, son más las exteriores que tu propio trabajo. Son mercados y no hay un reconocimiento independiente, pues hay intereses por detrás.

Están factores externos y el esfuerzo del hacedor, pero, ¿hay espacio para el azar?

Más que para el azar, para la suerte. El azar contiene una estructura ordenada que, si se tiene dedicación, paciencia y convicción, se puede descifrar y trabajar con él a tu favor. Suerte sí hay, definitivamente.

¿Cómo se siente no ganar?

Es más quedarse en el camino. He visto las obras elegidas en festivales en donde hemos apostado y las razones para su premiación y te produce una desazón ya no como creador sino como espectador. Te preguntas, con un sentimiento de injusticia, cuáles fueron los criterios. Claro que hay otras ante las que te quedas calladito.

Cuando no se gana, ¿se acepta que lo que uno ha hecho estuvo mal hecho?

Puedes cuestionar en qué erraste, pero no aceptarlo. Es una pregunta automática del instinto humano: tu pareja te deja y lo primero que te preguntas es ¿qué hice?... De pronto, se enamoró de otro… Tú no hiciste nada… El desamor es posible. Cuando concursas y no eres el que gana, inmediatamente, te preguntas: ¿habrá sido esto? ¿debí haber cortado? 

¿Se siente envidia?

Hasta ahora no la he sentido. Lo que estoy haciendo recién empieza. No  me considero en una palestra, aún no he llegado a tener mi voz, estoy articulando mi discurso; estoy en formación, como el cine ecuatoriano.

¿Un premio posicionaría mejor al cine ecuatoriano?

Ojalá los premios que se den ayuden a acercar al espectador  al cine ecuatoriano, que ahora mismo están divorciados; eso lo reflejan las terribles taquillas del año pasado. Pero a la creación no debería ayudar.

¿El premio te convierte en  celebridad?

Hoy es muy fácil ser una celebridad, pero es muy falso a la vez, como la virtualidad de tus 5 000 amigos de Facebook. En tiempos de inmediatez, donde todo es premura, la celebridad es tan vana que no se considera la vigencia de lo que tú quieras dejar; si tu interés es la trascendencia, no lo puedes ver en tiempo real, se necesita de una perspectiva histórica. Es como el premio, si te lo crees estás mal… Disfrútalo, tómate los tragos, farrea… se acabó la fiesta y a seguir camellando.

¿El premio es camino a la excelencia?

Todos deberíamos pretender la excelencia. Es el paso último del profesionalismo, del entendimiento de tu oficio como un trabajo consecuente. Pero el premio no es el camino a la excelencia, lo es el trabajo.

¿Es una responsabilidad?

Para nada. Te la pasas bien,  te la gozas. La responsabilidad no está ahí, está en el trabajo.

¿Una sombra?

Un divertimento. Vas a una fiesta elegante como vas a una de disfraces, eso son las premiaciones. No es una sombra, lo único que te dan es más trabajo y te quitan tiempo. 

¿Con un premio, hay más cargas de frente al próximo proyecto?

El autor tiene suficientes demonios durante el proceso de creación artística como para que un premio signifique uno más. El trabajo de un autor es para sí mismo, no para el público, no se trata de eso; el fin último es la exhibición, pero la concepción de la pieza, si la haces pensando en a quién va a llegar, cómo va a llegar, qué quieres decirle a quien la vea,  estás equivocado. La conexión de un autor con el público es a través de la obra, pero que tu obsesión inicial sea pensar en una masa de espectadores es imposible. Ojo, para el entretenimiento es otra cosa.


El cine también tiene rollo de show, ¿qué opinas sobre la temporada de premios?

Es frívolo, pero es un juego, al que si quieres entrar, entras. Es un plan divertido… Yo no entro en ese juego de ponerte en posiciones políticas antiyankees imperialistas. Si no entiendes cómo funciona el mercado vas mal. La estructura de tu discurso debe estar en otro lado, no en rechazar las reglas del mercado: lo que es farándula, frivolidad, diversión, entretenimiento lo  es. No puedes desoír las leyes; las oyes, las sabes y tú decides dónde se enmarca tu obra en esa maraña enorme.

¿El premio funciona como herramienta de promoción más que de mérito?

Hoy en día es una herramienta de marketing al 100%. En los libros y el cine, en las artes con el mercado del ‘best-seller’, el blockbuster, el espectáculo y la taquilla, el premio es otro eslabón más en la cadena.

¿El sistema de premios es parte de la sociedad de mercado y del espectáculo?

Indiscutiblemente. Cannes, Berlín, el Oscar no existen para dar un premio, es una manera de garantizar la amplificación de ciertas noticias, cinematografías y películas, pero todo eso existe porque detrás se están cerrando grandes contratos. No existe un gran festival sin un mercado al lado, allá se cierran los contratos o se firman distribuciones y la manera de mostrarlo es con una premiación.

¿Por qué optamos, desde que somos pequeños, por el premio o el castigo?

No sé, pregúntale a Pavlov (carcajada). Siempre hay un sentido instintivo de la recompensa. Si trabajo duro, al final del día necesito un tabaco, es mi recompensa, también una frivolidad, pero es así. 

¿Por qué un premio puede unir a una sociedad y representar a un país?

Por la necesidad de reconocernos en un líder, en alguien que represente nuestros valores escondidos o aquel colectivo  imaginario. Las masas necesitan sus representantes y si la conexión con él es a través de valores positivos -deporte, arte, ciencia, intelecto- tú sientes que tus virtudes son exponenciales  en ese acto reflejo.

¿El ecuatoriano necesita de premios, de premiados?

Puede ser pernicioso, porque si no has estructurado bien tu personalidad como sociedad -y creo que la ecuatoriana no está estructurada, es adolescente- y le das demasiadas recompensas, puede ser dañino, puede perder el camino. Hay que darle las justas, como para que haya sentido de identificación y que active al motor de la sociedad.

¿Un premio puede convertirte en un ser conforme?

Depende de lo creído o no que estés sobre tu trabajo. Puede ser muy deformante encontrar en ese reconocimiento la valía de tu trabajo. 

Cuando hablamos de premios, hay ganadores y perdedores, ¿de quiénes son las mejores historias? 

De los perdedores, hay que asociarse con el ‘loser’, hay más de dónde tirar: sentimientos encontrados, máscaras que se caen; el ganador es muy tópico, ya llegó a un punto y es muy difícil que encuentre otros matices.

 

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