Umberto Eco, el intelecto entre la cultura de masas

El escritor italiano, fallecido a los 84 años, encubrió de intriga sus ideas, para que los lectores nos dejasen de cuestionar al mundo y sus representaciones



paredesf@elcomercio.com (O)   Flavio Paredes Cruz. Editor 21 Febrero 2016

Lector de los discursos cotidianos... de aquellas construcciones mediáticas y sociales que bombardean con sed de confusión. Escritor inmerso en el medioevo y en los misterios del signo. Pensador de la cultura popular y de los giros del lenguaje. Prolífico en los campos del ensayo y acucioso en la ficción, aunque siempre la relegó a un segundo plano. Con el mundo (esa relación entre universo, hombre e idea) en su mente, Umberto Eco -piamontés, de 1932- falleció el viernes, a las 21:30, en su propia  habitación. Cáncer. 


Sin afán de pretensión, recorrer la vida y carrera de Eco es caminar -certero- sobre la historia cultural, para comprender esos procesos como procesos de comunicación.Semiótica, estética medieval, lingüística y filosofía confluyeron en sus novelas, ensayos y tratados. Fabulista y crítico; intelectual humanista y global, evitó ser el autor que escribe para sí mismo, a sabiendas que de frente a la industria cultural, la acción del pensador se define mediante la defensa de las personas, desconcertadas por un aluvión de mensajes.


Solamente así, su obra escrita pasó por las lecturas del erudito y, también, caló en las masas llevadas por la intriga; su letra era objeto para investigadores y curiosos. Constructor de una sistematización teórica, tampoco se alejó de las referencias del viandante y de cómo sobre este se arremolinaban ideologías e ilusiones, la Historia y el entretenimiento, la TV y las redes sociales. 


En su imaginario navegaban la filosofía universal y la teología, el Santo Tomás de Aquino -de quien escribió en su tesis de licenciatura-, las leyendas de templarios y las conspiraciones, la producción de los signos y su fascinación por los cómics (de Supermán y de esas ‘fortalezas de la soledad’ que se simulan alrededor nuestro).


Tahúr de las estrategias de la ilusión y del encubrimiento del sentido en discursos más plausibles, Eco consiguió que una historia de crímenes reconstruyera el problema teológico y filosófico de la Edad Media; consiguió que una novela en clave policiaca tratase la ‘Comedia’ de Aristóteles, a pesar de que el texto en sí estuviese perdido. ‘El nombre de la rosa’ (1980).


Su narrativa fue pretexto para desovillar ideas y las pasiones que encendían su inventiva: Semiótica e Historia. La ficción de Eco transitaba, descifraba, reflexionaba sobre el esoterismo y la irracionalidad, la incertidumbre y el tiempo, la memoria y el viaje, el periodismo y su crisis. Entre sus personajes se comprendía la distinción -por el grado de insidia o bondad- entre héroes, cretinos, imbéciles,  estúpidos y locos. ‘El péndulo de Foucault’, ‘La isla del día antes’, ‘Baudolino’, ‘La misteriosa llama de la Reina Loana’, ‘El cementerio de Praga’, ‘Número Cero’.


Claro, ameno, sistemático, ilustrativo... Umberto Eco era el profesor ávido de que sus lectores (modélicos y no) dudasen de las representaciones del mundo, se cuestionasen sobre los discursos sobre ellos impuestos y no fuesen -ovejas al matadero- mudos de confusión hasta donde el poder vestido de espectáculo los llevase. Para ello adaptó su prosa con apocalipsis e integraciones, revisó la estética desde polos opuestos, anduvo a paso de cangrejo o construyendo enemigos.


Su incidencia en el pensamiento contemporáneo no solo se debe a las materias que ensayó, de las que escribió y dicto cátedra, sino a su insistencia para comprender la cultura de masas; para definir que la cultura pop es algo más que una simple discusión sobre el entretenimiento y el ocio; y para abrirse a ideas que expliquen las nuevas formas de ser humano, con la comunicación como el problema central. Esa insistencia lo sobrevive, para que no sea el tonto del pueblo quien se erija en portador de la verdad, cuando sobrevengan los apocalipsis.

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