La vergüenza es una forma del desprecio

Javier Cevallos Perugachi es, por sobre todo, actor; amante del teatro colonial. Después de haberla padecido por años, sabe de lo que habla cuando habla de la vergüenza.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 21 Febrero 2016

En La Ronda el cielo amenaza con llover, de hecho ya chispea, y Javier  Cevallos Perugachi llega con las justas, aún ataviado de danzante; uno de los personajes que interpreta en Quito Eterno, mientras va contando historias de la ciudad. Javier es alegre, vital y, de no ser porque él lo cuenta, nada deja adivinar que vivió muchos años como con freno de mano, porque no podía evitar sentir vergüenza de quién era. Pero eso es el pasado, y ahora le cuenta a todo quien quiera escucharlo que la vergüenza es inútil, además de injusta... Exactamente para hablar de eso hicimos esta cita.


¿Cuándo tuviste conciencia por primera vez de lo que es sentir vergüenza?
Creo que desde muy chiquitos. Hay ciertas anécdotas muy relacionadas con mi segundo apellido: Perugachi. O sea, yo viví ocultando ese apellido hasta que comencé a hacer teatro y más bien ahora es  al revés. Siempre trato de que mis dos apellidos estén. Yo estudiaba en la clásica escuela tradicional grandota, 60 estudiantes por aula, y me acuerdo que sufría pensando que ojalá el profesor no sea de esos que toma lista con los dos apellidos, porque decían: Cevallos Perugachi y eso ya era garantía de burla.


¿Qué te hacían?
Me ponían apodos: cerugachi, lechuga, remolacha, pero sobre todo me hacían sentir  que eso es de indígenas. Entonces alguna vez me acuerdo yo muy chiquito, llorando, pidiéndole a mi mamá que me cambie el apellido; y eso debe haber sido tenaz para ella. 


¿Qué vergüenza no superamos los ecuatorianos?
El mestizaje. El mestizo es la construcción de la negación. Solo puedes definirlo en negativo: mestizo es el que no es ni europeo pero tampoco es indio. Claro que como lo usamos aquí, mestizo es más una forma de decir: no soy indígena.


¿De qué no deberíamos avergonzarnos nunca?
Jamás de nuestra historia. Es decir, es evidente que no toda nuestra historia personal, familiar es buena. Cuando raspas un poquito hacia atrás en la historia de las familias, ves que todos venimos de matrimonios fracasados, de familias escondidas, de traiciones, de hijos abandonados. Pero de eso no deberíamos avergonzarnos sino enfrentarlo, hay que entenderlo como parte de lo que somos ahora.


¿Y de qué sí deberíamos sentir vergüenza?
Chuta, creo que la vergüenza mayor debería ser el negarnos. Y como nación deberíamos avergonzarnos de no asumir los destinos de este país, que ha sido la base del caudillismo. Le sacamos el cuerpo a lo que tiene que ver con la comunidad.


Si la vergüenza tendría características humanas, ¿cómo sería?
Para mí está muy claro, sería la abuelita indígena que todos tenemos, a la que cuando vamos a la ciudad y ya nos casamos con un mestizo le pedimos que por favor no venga vestida como se viste allá.


¿La vergüenza es una forma del desprecio?
Totalmente. La vergüenza deshumaniza al otro, porque  si le haces sentir que es menos, lo puedes dominar.


Generalmente sentimos vergüenza como un castigo impuesto desde afuera, por los otros. ¿Qué es peor, esa vergüenza impuesta o la autoinfligida?
La interna, porque es secreta. Contra la otra puedes pelear,  pero la propia está hecha de tus secretos y tal vez eso implique que nunca la vas a poder trabajar.


¿Cómo se combate esta especie de corrosivo emocional que es la vergüenza?
Yo creo que a ratos la vergüenza es el resultado de las cosas no dichas, ocultadas.


¿Qué detonó que te aceptaras sin vergüenza?
Fueron algunas cosas, pero creo que sobre todo la muerte de mis abuelos Perugachis.


¿Cuáles son las salidas más comunes y también más equivocadas que le solemos dar a la vergüenza?
Creo que la más equivocada de todas es tratar de ocultarla a como dé lugar. Para mí, dentro de esos errores está eso de “longueo para que no me longueen”. En el teatro hay una regla de oro que es que si te equivocas lo mejor es asumir el error y reírte de él, porque si tratas de ocultarlo se nota más.


¿Sentir vergüenza ajena es de alguna manera sentirse superior?
Completamente. Para mí es super simbólico algo que aprendí en la universidad cuando estudiaba quichua. El quichua tiene dos nosotros, uno inclusivo y uno exclusivo. O sea, es un nosotros que somos nosotros y un nosotros que somos ustedes y no yo, pero somos nosotros.


Ya no estoy entendiendo.
Decimos: “Es que nosotros los ecuatorianos somos bien corruptos”. Y no estás diciendo nosotros, lo que estás diciendo es “ustedes, no yo, son corruptos”, pero por pudor y por no parecer superior dices nosotros y te incluyes. Hay un tufo de superioridad moral ahí.


Ahora mismo, ¿sientes vergüenza ajena de algo?
(risas) ¡De muchas cosas! A ver... cuando veo ciertos videos musicales me da vergüenza ajena. Pero luego veo los de los peruanos y digo: Bueno, estamos conectados.


¿De la política no te da vergüenza ajena?
Totalmente. Iba justo para allá. A ratos veo esos enormes letreros sobre la paz y la violencia (se refiere a las telas que cuelgan de edificios como el de la CFN) en los que los policías son la paz y los estudiantes son la violencia y pienso: Por Dios, esto no puede estar pasando.


¿Y sientes vergüenza propia de algo o ya de nada?
Sí, siento vergüenza. Es tenaz, desde que nació mi hija (Violeta, de casi un año) he repensado mucho las relaciones de género y a veces te da vergüenza ser hombre.

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