Cambia, todo cambia, menos la censura...

Aunque muchos crean que la censura es algo del pasado o asunto de gobiernos autoritarios, las empresas ‘avant garde’ también la aplican.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora 21 Marzo 2015

¿Qué pasa cuando las leyes y la moralidad de un país (o una empresa) empiezan a regir planetariamente? Pasa que un profesor de arte no puede compartir con sus estudiantes la foto de una obra en su muro de Facebook; y también que la imagen de una madre dando de lactar a su hijo (a pecho descubierto) sea impublicable en ese mismo lugar. O que mientras una organización que promueve educación sexual tiene que sortear en Twitter más obstáculos que en una carrera de ‘hare scramble’ para difundir su material, una estrella porno pueda postear sin ningún problema sus fotos y videos pornográficos en esa misma red. Eso ¿es bueno, es malo? Difícil de responder, lo cierto es que es, aunque resulte incomprensible. Y lo paradójico es que todos los que reclaman porque hechos de este tipo estén ocurriendo, han dado su consentimiento –explícito– para que así sea.

Por alguna razón, el auge de las redes sociales ha generado la ilusión colectiva de que la censura ya no es un asunto que competa (o deba preocupar) a la sociedad contemporánea. Error. Si hace algunas décadas los ojos de quienes querían ver y escuchar lo que decidieran estaban puestos, por ejemplo, en la figura del censor de películas de cine, hoy esos mismos ojos deben mirar hacia los censores de las redes sociales. Ese ramo destina importantes recursos a esta área que determina qué contenidos pueden circular o no por sus plataformas.

Hace cinco años, la entonces presidenta de YouTube, Susan Wojcicki, comentaba en un aula de la Universidad de Stanford, dentro del programa Liberation Technology, cómo operaba la selección entre material publicable y no publicable en su compañía: un ejército de jóvenes revisando cada video y decidiendo según su buen (o mal) criterio, qué pasa y qué no; según las cantidades de violencia y de desnudos que su umbral de tolerancia subjetivo soporte.

Pero no es solo YouTube. Recientemente, en Facebook el umbral de tolerancia de los censores no permitió que la imagen del cuadro ‘El origen del mundo’, del francés Gustave Courbet, fuera parte de su contenido. ¿Desde cuándo una obra maestra del realismo francés (que muestra la vagina de una mujer) es material pornográfico? Al parecer desde que las normas puritanas –e inexplicables– que rigen Facebook así lo disponen. Y el mundo tiene que acatar callado. ¿O no?

El profesor de arte, cuya cuenta de Facebook fue incluso cerrada por haber posteado la imagen, ya inició en Francia (país donde reside) un juicio en contra de estas normas que para él atentan contra la libertad de expresión; alguien más podría decir: contra el sentido común. Si conviene o no esta acción es materia de otra reflexión (hay quienes sostienen que es preferible soportar la ‘inocua’ censura impuesta por las redes sociales a instaurar un régimen en el cual los Estados puedan ordenar qué sí y qué no publicar a esas mismas redes sociales). Pero ¿hay esperanza en cuanto a mejorar estas políticas de los gigantes tecnológicos que, sumados, tienen muchísima presencia y poder en la cotidianidad de gran parte del planeta?

Antes de responder, es importante tener en mente que las nuevas compañías tecnológicas no llegaron de Marte ni pueden ser ajenas al modus operandi que se viene arrastrando por siglos: el empresarial. Es cierto que apuntan a nuevos productos o modelos de desarrollo, que son informales en varios aspectos, o que en algunos casos ni siquiera tienen como prioridad el dinero, pero aún no han logrado salirse por completo de la lógica del empresario. Y el empresario por sobre cualquier otro interés vela por el de su empresa, que en este caso puede ser lograr la aprobación de la mayoría (más conservadora) de sus usuarios.

Eso explica decisiones que no soportan el más elemental análisis, como lo ocurrido hace no mucho entre Twitter y Bedsider, una red de apoyo para el control natal, según un reportaje publicado en The Atlantic. En resumen, Bedsider puede tener una cuenta de Twitter para promover prácticas sexuales seguras, siempre y cuando el contenido de los tweets no sea sexual ni esté ligado a contenido sexual. O sea: hablar de sexo sin hablar de sexo. Es algo que solo los estrategas/censores de esa red social comprenden cómo funciona. Aquí va un tweet considerado inapropiado: “Si piensas que los condones no son para ti, es que todavía no has encontrado el condón correcto. Prueba lo bueno que puede ser el sexo seguro”. Y aquí, uno que sí calza en la política de Twitter: “Usa condón”.

Es decir, los tweets de Bedsider deben ser tan divertidos como chupar un clavo para encajar en la categoría de contenido apropiado de Twitter y, en consecuencia, perder la oportunidad de llegar a más jóvenes que necesitan de urgencia información sobre sexo seguro. Por otro lado, y esto es lo incomprensible, estrellas porno como Bonnie Rotten pueden publicar sin ningún problema sus fotos y videos teniendo sexo o haciendo demostraciones de ‘squirting’ (eyaculación femenina), sin objeción alguna  de parte de esa red social. Y está bien; es la otra prohibición la que no se comprende. Ni Twitter ha dado una explicación.

¿Qué piensan los administradores de Facebook o Twitter cuando censuran o permiten que algo se publique? Especular por fuera de sus propias declaraciones (que son muchas y en diferentes contextos) será siempre un tiro al aire. Sin embargo, no está demás hacernos esta pregunta y, de paso, también estar conscientes de que si bien protestamos porque nos censuran, también aceptamos sus términos de uso (cuando marcamos: ‘I agree’). Es la historia de toda la vida: renuncias a cambio de ¿beneficios?

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