Enredados en una radicalización ‘online’

Tras las explosiones y tiroteos en París, los usuarios de redes actuaron con solidaridad y con hambre de criticar



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor (O) 21 Noviembre 2015

El de París fue el primer gran atentado terrorista en tiempos robustos para redes sociales. Si la caída del World Trade Center se vio en TV y lo de Madrid y Londres se movió como fotos vía SMS; lo sucedido el viernes 13 de noviembre del 2015 se transmitió -en tiempo real- por la Web y sus estructuras: las historias de las víctimas, el testimonio mediático y las reacciones de los usuarios-espectadores. El ataque no solo fue explícito, sino conmovedor; de ahí la rabia y la solidaridad espontáneas y en partes iguales.

Sin embargo, el fenómeno relegó la búsqueda de información y priorizó el qué publicar y el cómo criticar. En seguida hubo competencia y relación de poder; el hombre que no deja de ser el lobo del hombre, ni cuando la vida humana ha sido arrasada. Una presumida superioridad moral o intelectual advirtió una supuesta inferioridad en el criterio del otro para expresarse virtualmente según le dicten sus valores, pensamientos, caprichos, libertades... Además de revelar la hipocresía democrática en unas redes ‘amigables’ y ‘libres’, los comentarios y discusiones mostraron una radicalización ‘online’, entre las dos caras de una misma moneda: liberales nimios y fundamentalistas cegados.

Es entonces -con estos dimes y diretes- que las redes sociales, como contextos de gran desinhibición, son plataformas para ejercer un activismo inorgánico, de voces sueltas, de impulsos emocionales, de opiniones personalísimas apuntillando la esfera pública. Las redes sociales no están para el concierto de las gentes sino para que todos -genios y bobos- aprovechemos la voz que por ellas nos ha sido dada, cada día. Esa voz, de la que se exprimen todos los beneficios posibles, convierte al común de los usuarios en una especie de politólogo, filósofo, sociólogo, docto en la materia.

“El tonto del pueblo como portador de la verdad”. Umberto Eco lo dejó muy claro, en entrevista con La Stampa: “Las redes sociales dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”.

Curiosamente, tras lo de París, las redes reprodujeron -junto a las iconografías con condolencias- imágenes de la Ciudad Luz en su esplendor, la Torre Eiffel señoreando el horizonte y el recuerdo o la añoranza del usuario; y, tras los consiguientes bombardeos en Siria se reprodujeron, en cambio, fotos de tragedia, de niños muertos, de concreto reventado, de guerra. En esa enunciación también hay perspectivas en conflicto, empatías que necesitan una crítica de los lugares comunes.

Pero no todo tira para abajo, cuando la inteligencia manda más que el ansia de celebridad virtual, entre la paja se halla el trigo. A las explosiones y tiroteos en París siguieron cuotas de pensamiento crítico que anhelaban más que la superficialidad y más que la reacción de vísceras; fueron intentos de repensar la incidencia de la geopolítica actual en tales hechos, de remitirse a la historia, de discernir entre fanatismo y fe, de pensar la otredad antes de abogar por una ‘tolerancia’ cansina de corrección política.

Así, a pesar de que el diálogo con los movimientos terroristas, totalitarios y excluyentes resulta imposible, la circulación de ideas no pareciera tan inverosímil en esta era, donde la revolución tecnológica ha cambiado los usos y las costumbres de las personas. Ahora bien, si en las redes hay solidaridad, es el simulacro de la solidaridad. Si hay participación política, es el simulacro de la participación política. Si hay cultura o filosofía, son sus simulacros los que se generan en los comentarios y se validan con pulgares arriba y corazones.

Mas, como simulacros, también pueden movilizar, y allí está el asunto: el momento cuando esa expresión trasciende el mando a distancia. En esa línea, no todo se vuelca a lo banal, en el universo digital hay plataformas más activas y propositivas. Tal es el caso de Peer 2 Peer, un programa que impulsa ideas, soluciones y medidas para enfrentar al terrorismo, mediante el trabajo en equipo, vía Internet. 45 universidades a escala mundial se han unido a la iniciativa que busca, sobre todo, contrarrestar el reclutamiento.

A los hechos en la capital francesa también se respondió con acciones más directas de las redes sobre la realidad: la alerta de Facebook para notificar el estado del usuario tras el atentado fue mucho más útil que el filtro ‘bleue, blanc et rouge’. De frente a los ‘hashtags’ #TodosSomosParis o #Pray­forParis, los de #PorteOuverte (para avisar a los ciudadanos dónde tendrían refugio) y #RechercheParis (para ayudar a las personas a encontrarse) resultaron más funcionales.

Asimismo, la ONU ha instado a usar las redes sociales contra el terrorismo yihadista. Su intención busca una contranarrativa a la propaganda, involucrando a la sociedad civil en una estrategia de respeto a los derechos humanos. En el otro frente de esa postura están las redes como lugar de presencia en línea de grupos terroristas para reclutamiento, propaganda, captación de fondos y entrenamiento. A través de esas plataformas -Facebook, Twitter, Instagram, YouTube- se continúa su estrategia de terror: crear el mayor daño posible y atraer la atención pública. Un estudio de la Universidad de Haifa calcula que unos 10 000 sitios web están vinculados con el terrorismo, con un papel activo o como medio de posicionamiento de sus héroes.

Una imagen del atentado en París
Una imagen del atentado en París
El emoticón irrumpe en la realidad, como muestra esta foto captada en el restaurante Belle Equipe.
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