El vanguardismo de Pierre Boulez

Enclaustrado entre dos siglos, entre dos mundos distintos, el compositor francés sentó las bases de una nueva forma de entender la música académica



ortizd@elcomercio.com   Diego Ortiz. Redactor (O) 23 Enero 2016

Poco después de cumplir 83 años, Pierre Boulez dio una entrevista a The Guardian en la que enfáticamente decía: “Si eres tímido y poco aventurero, no importa cuán buenas fueran tus ideas porque nada sucederá. No soy un hombre tímido”.  Palabras en las que resumía prácticamente lo que fue su carrera como compositor, una aventura en la que él fue contracorriente, rompiendo fronteras dentro de un mundo de partituras y músicos que se anquilosaba en esquemas que no respondían a una sociedad que intentaba superar su pasado.

El legendario compositor francés, uno de los cimientos de lo que sería la música académica de la segunda mitad del siglo XX, murió a inicios de este mes tras batallar contra una enfermedad que lo llevó a refugiarse en Alemania. Casi sordo por su vejez, su imagen se ha convertido en el símbolo de lo que reclama la música universal: innovación, pasión y, sobre todo, disciplina.

Hasta el final de sus días, Pierre Boulez asomaría en las salas de concierto y frente a los músicos con el talante del hombre que ha tenido que superar los obstáculos del tiempo. Retos que empezaron en la misma época de su formación como músico, cuando el monstruo de la II Guerra Mundial se desvanecía de Europa, pero se inmortalizaba en la mente de quienes sobrevivieron a la catástrofe. Él sería uno de estos últimos, una condición que se acentuó luego de conocer a su primer gran maestro, Olivier Messiaen, uno de los sobrevivientes del campo de concentración en Silesia (actual Polonia).

De Messiaen aprendería cómo se construyó aquella música que criticaría décadas después por medio de una nueva forma de composición: el serialismo integral. Una manera de componer que se adaptó a su destreza con la matemática y a sus intereses con las nuevas herramientas con las que iban experimentando los músicos de la era tecnológica.

Una partitura de Pierre Boulez
Una partitura de Pierre Boulez
escrita de su puño y letra y guardada en el archivo personal de su familia

Pues sí. A diferencia de sus predecesores, Boulez no rechazó la idea de acercarse a la música hecha por computadora. Sonidos que le permitirían descubrir colores  nunca antes escuchados, pero que bien se incorporaban a su necesidad de romper esquemas en una Europa que se reconstruía desde las cenizas.

Al escucharlo en piezas como  Estudios I y II o Poésie pour pouvoir, ambas escritas durante la década de 1950, se entiende cómo fue desarrollando su interés por sonidos que rechazaban parcialmente el serialismo atonal de Schrönberg. Sin embargo, y a pesar de la disputa en la comunidad de compositores franceses que se veían bien acomodados en un romanticismo tardío, él seguiría con una propuesta innovadora que rechazaría los antiguos esquemas. Baden-Baden, en la Alemania de la década de 1960, sería el destino para que su música se desarrollara plenamente.

Esta figura del músico viajero en búsqueda de horizontes compositivos radicalmente opuestos es, de cierto modo, la expresión real (en carne y hueso) de lo que Theodor Adorno entendería como la “nueva música”. Sí, el lector puede reparar aquí que toda la construcción adorniana construyó la base teórica del serialismo dodecafónico; mas ver a Boulez experimentando con computadoras se convierte en la esencia misma de lo que anhelaba el filósofo alemán: músicos que revitalizaran la composición con propuestas integrales; gente que no tuviera miedo a probar lo diferente.

¿Que si logró esta meta? No cabe duda en afirmarlo. ¿Que si hacen falta pruebas? Pues qué más que aquella ocasión en la que dijo a Der Spiegel que las casas de ópera  debían ser dinamitadas (un anatema en los círculos musicales del momento), o los años 70, cuando al frente de la orquesta de la BBC dirigió las piezas más vanguardistas de la época, insertándolas en los hogares de miles de europeos a través de la radio y la televisión.

A pesar de las críticas a su estilo, la gente no dejó de aplaudir su genialidad. Bien recordado es aquel episodio de 1976 cuando dirigió el montaje del Anillo del Nibelungo, en el marco del Festival de Bayreuth. De aquel trabajo, Andreas Mölich-Zebhauser, director artístico del festival, apuntó que fue una de las pocas veces en la que un hombre ofrece algo nuevo para dar a entender lo antiguo.

Precisamente esa la idea que rondaba en la cabeza de Boulez a través de toda su música. Él nunca quiso desechar lo viejo por viejo. Quería romper con la tradición pero respetando  siempre la historia que logró construirla. Algo que recuerda a Adorno en sus años como crítico musical, quien veía que la tradición de la música había heredado formas que iban a mantenerse permanentemente en la composición. Y la cuestión de la nueva música era precisamente entender aquellas formas y transformarlas en algo distinto.

Pierre Boulez alcanzaría el cometido adorniano gracias a la música electrónica. Escribiría en un discurso: “No pienso que la electrónica cambie la manera en la que uno percibe la música. Esta expande la percepción”. Con ello abrió el camino a la generación de músicos que encontraron en los circuitos una vía para combinar lo clásico y lo contemporáneo. Formas de acercarse a una partitura en la que se siente cómo el pasado y el presente musicales no se rechazan sino se complementan.

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