No hay universidad sin comunidad crítica

Fernando Balseca es literato y profesor universitario, su vida gira en torno a las ideas y el debate. En esta coyuntura difícil para la institución para la que trabaja, habla de la universidad como concepto.



iguzman@elcomercio.com   Ivonne Guzmán. Editora (O) 23 Enero 2016

Fernando Balseca está convencido de que las cosas más importantes para la vida no se aprenden en una universidad. También dice que la educación superior es solo una de las muchas opciones de realización  personal. Pero Fernando Balseca es un profesor universitario en toda regla, un hombre cuyo torrente sanguíneo debe estar lleno de letras e ideas, hilándose permanente las unas con las otras.

En su oficina de profesor, atestada por cada costado y de piso a techo de libros, se sienta  a hablar de la universidad, un concepto idealizado que cuando aterriza en la realidad puede ser bastante más pedestre de como nos lo describen tratados, diccionarios y expertos en educación.

¿Qué no le puede faltar nunca a una universidad?

Me parece que el elemento vital de una universidad es una comunidad con un espíritu crítico. Esta comunidad es de estudiantes y profesores que tienen la misión fundamental de interpretar la realidad en que viven y proponer nuevas formas de conocimiento, a partir de un espíritu eminentemente crítico.

¿O sea que la crítica es la base de la universidad?

El pensamiento crítico es la base del trabajo universitario, porque es el que permite hacer propuestas concretas, no solamente de interpretación de la realidad sino de intervención; aportar elementos para construir nuevas realidades.

¿En qué se ha ido convirtiendo la universidad, para bien y para mal, en las últimas décadas?

Me parece que la universidad ecuatoriana ha ido respondiendo de modo demasiado reactivo a las coyunturas que se viven en la sociedad.

¿Ha cambiado para bien?

Para bien ha ido eliminando la presencia política partidista que en los 70 y 80 creo que la llevaron a su peor crisis; ese fue un momento de caída, que ha costado años de recuperación.

¿Y para mal?

Creo que hay elementos problemáticos, como por ejemplo la aparición en años recientes de universidades que todavía no alcanzan su máxima dimensión. Se ha confundido la universidad pública con una universidad gubernamental; me refiero a los cuatro proyectos de universidad que el Gobierno ha creado: Yachay, la Universidad de las Artes, la Universidad Amazónica y la Universidad de Educación, que aunque aparecen como un aporte, por hallarse desvinculadas del sistema universitario me parece que  son una deformación, un retroceso.

Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO
Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO
Fernando Balseca es adicto a los libros; no es una impresión, él mismo lo admite

¿Podemos seguir pensando la universidad como sinónimo de universalidad?

Ese es el ideal. No ha perdido vigencia esta idea de la totalidad; del universitas, que puede ser entendido como un espacio para todos y para pensarlo todo, para cuestionarlo todo, para tratar de remediarlo todo.

¿Puedes imaginar una sociedad sin universidad?

Es un buen escenario para un cuento de ficción científica.

¿Distópico?

Sí, es un estupendo escenario, porque creo que las sociedades se darían modos de encargarle a una corporación o sector la misión de comentar con cierta distancia los hechos de la realidad. Tal vez en esa sociedad no existiría la universidad, pero este impulso natural de cuestionamiento permanecerá por siempre.  

¿Por qué el poder, y no solo el gubernamental, sueña con poseer la universidad?

Porque la institución trata de interpretar, analizar, describir toda manifestación de poder, y, en ese sentido, eso la pone en un lugar delicado. El poder de la universidad no es más que el de la razón. Entonces se constituye en un espacio de deseo del poder, porque me parece que al ser el espacio en donde se analiza y se cuestiona la realidad, el poder intentaría silenciar esa capacidad crítica.

¿Tendrá que ver con la idea de que desde la universidad puede construir su propio relato?

Creo que todas las corporaciones necesitan construir sus relatos, discursos que legitimen y sustenten su capacidad de interactuar en la sociedad y sin duda alguna la universidad podría aparecer en algún momento como un lugar desde el cual se desmontan ese tipo de historias que los poderes se hacen para sostener sus proyectos de dominación.

¿Es posible que haya universidad sin libertad?

Es imposible, porque desde su origen medieval la universidad aparece como un lugar que de alguna manera cuestiona el orden establecido.

¿Y qué son esas instituciones de educación superior que funcionan en regímenes autoritarios, donde no hay libertad de expresión ni de cátedra?

Podríamos decir que son universidades incompletas. Por ejemplo, las universidades que existieron en la Unión Soviética sin duda alcanzaron altos estándares en el cumplimiento de sus misiones: proveyeron al Estado de investigación tecnológica, de profesionales competentes... No sé cómo llamarlas.

¿Qué papel juega la universidad en esta obsesión academicista, por los títulos, que vive el país?

Los títulos son necesarios porque certifican que alguien está capacitado para ejercer una tarea o para dar una opinión y eso es importante. Pero hay una postura que entiende mal la inserción de la universidad ecuatoriana en el contexto mundial. Y eso es una fantasía que va acompañada de esta obsesión por los títulos. Los títulos no son malos; hacer de los títulos un lugar único desde el cual actuar es lo equivocado.

¿Hay algo que el Ecuador necesite con más urgencia que universidades?

Bueno, creo que una cuestión urgente sería ir recortando de manera drástica la brecha social.

Fernando Balseca

Nació en Guayaquil en 1959. Vive en Quito desde 1992, año en que vino para ser profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar, donde hasta ahora sigue dando clases. Tiene una maestría en Literatura comparada por la Universidad de Emory y un doctorado en Literaturas Hispánicas por la Universidad del Estado de Nueva York, en Stony Brook.

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