Cortázar es más que un iniciador de lectores

A 100 años del ­nacimiento de Julio Cortázar, voces lo postulan como autor para adolescentes... Lo es , tanto como un genio de las letras.



paredesf@elcomercio.com   Flavio Paredes Cruz. Editor 23 Agosto 2014

Que se lo lee en buses y pupitres. Que el mercado ha absorbido su nombre para multiplicar ganancias. Que a un siglo de su nacimiento y 30 de su muerte ha llegado la hora de golpear la piedra de Montparnasse, para saber si sigue igual de grande, igual de bueno, igual de genio, o si ha cedido al desgaste producido por los años y los vivos. Julio Cortázar... Volvemos a su nombre y a su letra, por efeméride, por quienes se declaran sus detractores y por su prosa.

Recientemente se ha propuesto a ‘Rayuela’ como novela a transitar en algún momento de la adolescencia, y a su autor como escritor para la infancia y juventud, como un entrenamiento para la vida de lector adulto. César Aira, enciclopedista de los autores latinoamericanos, declaró que: “El de los cuentos es el mejor Cortázar. O sea, un mal Borges. Luego, el resto de la carrera literaria de Cortázar es auténticamente deplorable”. Cuentos de artesanías, increíblemente malos, ridícu­los, decía también el argentino Aira. Mientras que para Fernando Vallejo, polemista en cuanto escritor, Cortázar no sabía escribir.

Ya sea por posturas reaccionarias o por el afán de reducir a cenizas lo adoptado por el canon, los detractores de Cortázar -avalándose como nueva generación- obedecen a una búsqueda implacable de distanciamiento... Sucede con Cortázar en Argentina, pasa con García Márquez en Colombia, se repite en todo intento parricida.

Asimismo, ubicarlo como literatura de iniciación, encasillarlo en esa categoría reduccionista, se debe a la insistencia en recitar -hasta el agotamiento- el capítulo siete de ‘Rayuela’. Se debe a la fijación bohemia por su gusto por el jazz, a la perspectiva ‘hipsteriana’ en su fascinación por los gatos. O se debe también a los miramientos sobre su postura política, que más bien fue consecuente y no de ideologías, término que Cortázar esquivaba con solvencia. Se debe a lo común y a lo de fácil acceso.

Contra ello y contra el lodo, hace falta entrar en su ficción. Puede ser iniciación en la literatura -tampoco hay como sustraerse de esta certeza-; pero también es más. Es mantenerse sobre su montura hasta encontrar la riqueza inventora de Cortázar, la re­ferencia de lo clásico o lo trivial que deviene en espanto.

Paul Alexander Georgescu, para quien Cortázar está obsesionado por la asfixia de la costumbre, postula que el autor contestaba con violencia a un mundo ordenado de manera mezquina; que pasó de lo real a lo fantástico, de lo cotidiano a lo insólito; que sus personajes recurren a ‘inconductas’ para desafiar por extravagancia a los esclavos de la rutina. El hombre, en su obra, -descifra el rumano- ocupa una posición marginal, no busca, es buscado y hallado trágicamente por el misterio, es objeto de invasión.

De allí que sus personajes sean figuras evasivas, misteriosas, inacabadas, en génesis o metamorfosis (Carlos Fuentes dixi). El mexicano, compañero del ‘boom’, retrata a los personajes de Julio Cortázar como posibilidades extremas, no realizadas en el mundo humano, de quienes no importa el pasado, el aspecto físico, las motivaciones psicológicas. Son seres entre conejitos blancos vomitados, ajolotes con nuestro rostro, suéteres que aprisionan, casas tomadas, gente que olvida su destino al comprar un boleto, aquel accidentado que despierta en una mesa de operaciones o una piedra de sacrificios...

Pero la genialidad cortazariana no reposa solamente en el placer de la invención -tan mal visto por Aira-, sino en otros aspectos. En la transtextualidad que ubica al mito como suelo antropológico y literario de sus relatos, como orden de discurso, como temas que revelan una realidad distinta... Son cuentos articulados sobre el animismo, el eterno retorno, la metamorfosis; Circes y ménades modernas, en un juego de utopías entre Europa y América.

También reposa en el lenguaje. Para Tomás Eloy Martínez, Julio Cortázar enseñó a trastocar todos los órdenes del lenguaje y a recuperar el desdeñado acento latinoamericano. El maestro del periodismo recapitulaba el crecimiento de su paisano: pasó de ‘Los reyes’, poema dramático muy torre de marfil y muy laberinto griego, a poco a poco perderle respeto a la literatura, a entrar en confianza y a terminar burlándose de ella.

La genialidad reposa en la necesidad de arrancarle la palabra al poder, de dar nombre a las cosas (Fuentes). Reposa en un lunfardo que proviene de las vagancias juveniles del autor por Buenos Aires, de su memoria sensual, de colores, olores y formas. Es un lenguaje -o contralenguaje- de ritmos, onomatopeyas, retruécanos, neologismos y heteroglosia; donde lo emotivo prevalece en el sarcasmo, la ironía, la vehemencia, la desesperación; un lenguaje que -según Georgescu- multiplica las perspectivas, aumenta la sutileza intelectual, favorece la erupción simbólica, lo ­inquietante, la dislocación.

Wilfrido H. Corral propone que Cortázar “apenas establece la ley, constituye la trampa”, de ahí que la escritura que plantea se comprenda como necesariamente experimental. Además, considerando el contexto occidental, para el crítico ecuatoriano- no sería cliché o afirmación exagerada proponer que nunca habrá otro prosista hispanoamericano como él, con una obra tan vasta y tan comprometida con la literatura.
Tampoco resulta cierto eso de que Cortázar fue un autor anclado en la mitad del siglo XX. Su creación ni se difumina ni es marmórea... Es presencia; quizá, por la feliz recepción de su obra, ahora reforzada por la publicación, en inglés, francés y castellano, de un extenso corpus de trabajos póstumos, como apunta Corral. Ediciones que lo proponen hoy y que siguen a una demanda constante y a una popularidad no efímera.

“Los jóvenes son mis mejores lectores”, reconoció el Cronopio Mayor. Ellos, siempre jóvenes entonces, hallaron en Cortázar la iniciación y descubrieron el misterio para permanecer en él. Su ficción se presta para ello. Si Cortázar fuera solamente lectura para adolescentes, lo sería si quien se acerca a su obra adoleciese de comprensión lectora.

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