La doctrina no consuela a los divorciados

El Sínodo sobre la familia terminó en Roma. La decisión de permitir la comunión de aquellos que se han vuelto a casar es todavía un tema pendiente.



Santiago Estrella G. Editor (O) 24 Octubre 2015

Aquellos que algo han podido observar del Sínodo de la Familia cuentan que el rostro del papa Francisco se ha mantenido impasible. De ser así, sería algo distinto a la imagen que se tiene de él cuando está en público.

Ahora mismo está circulando por las redes sociales una fotografía de un diario italiano que ha conmovido a no pocos: su frente apoyada sobre la de una mujer que llora.

No se trata de una mujer anónima. Es una reconocida actriz argentina y coconductora del programa ‘Pura Química’, que se transmite en una cadena internacional deportiva. Es una imagen mediática. El Papa es mediático. Pero, ¿difiere en algo el Papa del Sínodo del Papa que aparece ante el público?

Cuando se relataban historias que arrancaban aplausos, como la del niño que tomó dos pedacitos de su hostia de la Primera Comunión para dárselo a sus padres divorciados y vueltos a casar, Francisco no se inmutaba, según relatan.

La Iglesia está llena de historias parecidas. En Brasil, cuenta Leonardo Boff, un indigente comulgó sin haberse confesado. Lo hizo para llevar algo al estómago. Y eso, en la liturgia, es un pecado serio.

¿Puede pecar el hambriento por querer pan y vino, que en realidad es el cuerpo y sangre de Cristo? Y, análogamente: ¿pueden pecar hombre y mujer que han dejado de amarse y que han vuelto a amar? “Decir que no a una propuesta de amor es decir que no al mismísimo Dios, y yo soy una mujer respetuosa del Señor”, decía la abuela de Facundo Cabral, según una de sus ironías.

Volviendo a lo serio, este Sínodo trató sobre la familia. Su defensa apasionada ha sido uno de los fundamentos de la Iglesia. Es un asunto doctrinario. Viene de la Palabra de Dios. Jesús tocó el tema de los divorciados. En el Evangelio de San Marcos no hay escapatoria posible: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”, dijo Jesús. Lo repiten los sacerdotes en la celebración del casamiento. Pero hay algo más. Jesús dice que el hombre que “repudia” a su mujer o la mujer que “repudie” a su marido y se unan a otra u otro cometen adulterio.

El Papa busca
El Papa busca
modernizar la Iglesia, pero hay temas doctrinarios intocables.

La palabra repudiar en tiempos bíblicos no tiene el mismo significado de hoy. Quiere decir separar, dejar suelto, dejar libre. Pero el adulterio es permanente.

“El sínodo no tocará la doctrina”, dijo el cardenal Oswald Gracias, de Bombay. Es, de por sí, una señal desalentadora. “Pero tampoco repetirá la ‘Familiaris Consortio’, de Juan Pablo II”, dijo después. Esto seguramente animará a los muchos que creen en esta religión pero que no dejan de tener sus cuestionamientos y sus propias necesidades vitales.

Juan Pablo II pertenecía al conservadurismo eclesial.  Pero las palabras de Francisco permiten un atisbo de cambios: “El sentido de la fe impide separar rígidamente entre la Iglesia que enseña y la Iglesia que aprende, ya que también la grey tiene su olfato para discernir los nuevos caminos que el Señor le abre a la Iglesia”.

Será Francisco quien tendrá la última palabra. Pero llegar a esa unión entre la Iglesia que enseña y la que aprende es complejo. La necesidad de la adaptación eclesial a lo contemporáneo es una tarea ardua y permanente, pero siempre llega tarde -demasiado tarde-, porque es una religión doctrinaria, que tiene dogmas, y la palabra del Pontífice es infalible.

Hay una posibilidad de que se permita la comunión a los divorciados vueltos a casar. De darse, se puede decir que es un gran paso y un motivo de celebración para los fieles que, bajo la óptica de estos tiempos, viven una discriminación y una exclusión para participar del rito esencial del católico: recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, el Dios en el que creen. De hecho, los divorciados forman parte de ese grupo de “heridos” a quienes la Iglesia debe salir a curar por fracasar en sus matrimonios. Pero si son vueltos a casar,  son heridos en estado continuo. Además, es ser un herido en la gracia del amor. Pero es un amor condenado. He ahí el sentido del chiste de Cabral.

Quizá sea muy poco progreso. Pero tal como se ha movido la Iglesia, hay otros temas pendientes: la castidad sacerdotal, el sacerdocio femenino. Y en cuanto a la familia, la posibilidad de por lo menos mirar con ojos caritativos el matrimonio entre personas del mismo sexo es algo más que una utopía.

¿Qué pensará Francisco?  En el 2013, a bordo del avión que lo llevaba a Brasil, dijo que si “una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”.  Parecía una buena señal.  Sobre todo porque cuando aún era el cardenal Jorge Bergoglio combatió el matrimonio igualitario que se aprobó en el 2010. Es­cribió en una carta que no es posible ser “ingenuos: no se trata de una simple lucha polí­tica; es la pretensión destruc­tiva al plan de Dios”.

Daba para pensar, como el filósofo argentino José Pablo Feinmann:  “¿Quién iba a esperar que de Bergoglio iba a salir Francisco? El lugar que ocupas te transforma. O tienes la suficiente inteligencia como para decir: no, si estoy acá no puedo hacer lo que hacía antes”.

Pero una cosa es no condenar a los homosexuales y otra distinta aceptar su casamiento. Y en enero de este año, en su viaje a Filipinas, dejó clara su posición. “La familia está amenazada por los esfuerzos crecientes de algunos por definir la institución del matrimonio”.

¿Es Bergoglio o Francisco el que habla? No importa. Es la doctrina, algo inmodificable.

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